martes, mayo 23, 2017

desconectado

Luego de una semana sin celular, vuelvo a conectarme con el mundo. No sé si celebrarlo, pero por más de un momento creí que la caída del celular y la explosión de la pantalla fueron lo mejor que me pudo pasar. Tampoco hay que hacerse dramas, quien quiera comunicarse conmigo sabe que lo puede hacer por otros medios, como el correo electrónico.
Esta desconexión la aproveché en lecturas y relecturas. Veamos: estoy por acabar la excelente novela Mac y su contratiempo de Enrique Vila-Matas, que comentaré en los próximos días. Acabo de empezar la antología Drogadictos, editada por Demipage; del mismo modo la reedición de Los ilegítimos de Hildebrando Pérez Huarancca. Pero ante todo relecturas marcaron la pauta, como De eso se trata de Villoro, El continente vacío de Eduardo Subirats, Bonsái de Zambra y La obra maestra desconocida y El primo Pons de Balzac.  
Mas todo gusto termina, puesto que acabó cuando recibí mi celular arreglado. Cuando lo prendí vi muchísimas llamadas perdidas, no pocos mensajes de textos y la numeración de mensajes de wasap me dejó sorprendido. De estos últimos, solo uno, proveniente de Zúrich, me importó. La cantidad de personas que intentaron comunicarse conmigo, me conmovió, hasta llegué a creer esa mentira de que puedo ser importante para gente que no sean mis padres y mi falso pekinés. A lo mejor estaba siendo presa de una falsa impresión primeriza. Nunca antes se me había malogrado un celular, y más allá del placer que me significó la desconexión, mi lado racional me indicaba que debía estar atento a lo que se me podía estar comunicando por medio de él. Sin embargo, una vez ya conectado y ver lo que me espera en los próximos días, la tentación adquiere intención, el oculto deseo de que se me vuelva a caer el aparato y ver en la pantalla rota una vesánica muestra psicotrópica de colores.

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