domingo, junio 18, 2017

menos libreros

En estas últimas semanas hemos sido testigos de un hecho atroz contra una iniciativa cultural que partía de la buena voluntad, porque hay que tenerla para idear y desarrollar un concepto de librería que no solo se justifique en el fin comercial.
Por ello, lamentamos lo ocurrido con la librería La libre de Barranco y  también lamentamos que este cierre –toda una metáfora de la situación de la cultura en este país— nos signifique la ausencia de auténticos libreros, en la única dimensión aceptada cuando hablamos precisamente de tales.
No es lo mismo ser vendedor de libros que librero. En este sentido, Ana Bustinduy y Carlos Lorenzo supieron dotar de personalidad a La Libre y en esta intención cabían todas las actitudes, menos la anuencia en la opinión, que para más señas, es una  triste característica de nuestro circuito cultural.
Suicidas para algunos, valientes para otros. En sus dos vertientes, el discurso edificado por esta pareja española fue lo que dio proyección a su librería. Tal y como lo indica Jorge Carrión en el imprescindible ensayo Librerías: las librerías son sus libreros.
Pero qué entendemos de librerías cuando hablamos de librerías. Se deduce que no nos estamos refiriendo a las cadenas de librerías, sino a las librerías que forjan una tradición y una identidad, que dan como resultado un prestigio reconocido por los lectores. La construcción de una tradición librera es mucho más difícil de conseguir que el éxito comercial. Y librerías como La Libre, digámoslo bien, faltan en Perú, porque forman comunidades de lectores, que no asumen el espacio de las librerías como si fueran tiendas al paso, sino como destinos de encuentro, diálogo y discusión.
Gracias al discurso cuestionador, que obedecía a la coherencia de su postura ideológica, Bustinduy y Lorenzo hicieron que La Libre tuviera una legítima prensa: la recomendación de los lectores, que indicaban que en la primera cuadra de San Martín había una librería con libreros que leen y que apostaban por todas las manifestaciones artísticas y culturales, las que realizaban sin depender de viabilidad comercial alguna. He allí una de las razones del crecimiento de La Libre como negocio, que consiguió sin traicionar principios e ideales culturales. Y he allí también el innegable prestigio de Bustinduy y Lorenzo como libreros.
Obviamente, no siempre estuve de acuerdo con su discurso, tan activo, y no menos polémico, en las redes sociales, pero en ese desencuentro de pareceres se nos presentaba el testimonio de una actitud que jamás hemos dejado de reconocer y que, sin duda alguna, ahora vamos a echar de menos.

… 

En SB

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