viernes, junio 16, 2017

morir de pie

Imaginemos la siguiente situación: seis de la tarde en una de las avenidas más transitadas de la ciudad de Lima. Autos, camiones y buses pugnan por ingresar al único carril que les permita salir libres de la pesadilla de la hora punta.
Una imagen como esta es la brutal radiografía de la narrativa peruana del presente siglo. A la fecha, tenemos muchísimos autores, cada cual con la comprensible ambición de lograr el reconocimiento, fin que me parece lícito, siempre y cuando la aspiración descanse en una propuesta al menos interesante. En tal sentido, percibo mucha confusión entre las mujeres y los hombres que escriben y publican en nuestro medio y considero que ya es hora que se hagan una pregunta imprescindible: ¿busco ser un buen escritor o busco ser un escritor famoso?
Ante esta situación, Jack Martínez se diferencia de la hora punta. No me sorprende, Martínez viene desarrollando una obra coherente en cuanto a tema, iniciada con Bajo la sombra (Animal de Invierno, 2014), y que ahora vemos definida en Sustitución (Emecé del Sur, 2017).
Sin duda, estamos ante el libro más discutido y comentado en lo que va del año, lo que nos brinda una grata impresión inicial, puesto que no hay peor destino para libro alguno que el saludo unánime. Libro que no enciende opiniones encontradas, sencillamente no sirve y envejece pronto. Sustitución ha venido generando reseñas positivas, ambivalentes y negativas. Y en honor a la verdad, las negativas iluminan más.
En esta novela breve el autor nos presenta a Jessé, su narrador protagonista. Jessé es un joven norteamericano, hijo de un peruano que sirvió en la armada de Estados Unidos. Jessé enfrenta el suicidio de su padre, acontecimiento que lo lleva a exponerse en su tragedia. Jessé es ingeniero biomédico y conoce a Laura, una guapa antropóloga de ascendencia puertorriqueña, a la que miente sistemáticamente cuando le tiene que hablar de sus orígenes. Por medio de Jessé y gracias a la aparición de Laura accedemos a los dos temas medulares de la novela: el padre y la mentira.
Martínez no duda en hacer uso de sus recursos narrativos y esta actitud se testimonia en la contundencia de las primeras páginas de Sustitución. A ello sumemos la voz quebrada de Jessé, que vigoriza la economía del lenguaje que conduce la narración. Hasta aquí, Martínez nos ofrecía una novela que lo posicionaba como una de las voces más atendibles, y no solo de la narrativa de nuestros predios.
Sin embargo, algo pasa en el segundo respiro de la novela, en especial cuando el sentido común nos indicaba que Jessé debía seguir reflexionando sobre su padre, detallándonos de su vida en Chulec y de cómo perdió la pierna en la guerra que participó con el ejército estadounidense. Y claro, la historia nos prometía la explosión que tarde o temprano generaría la mentira que Jessé venía relatándole a Laura.
Aunque suene a lugar común, se hace necesario consignar lo que Milan Kundera sentencia en El arte de novela: “la novela es el género literario más libre que existe.” Es decir, mediante la novela se puede apostar por la linealidad y la experimentación formal, como también tensar el lenguaje u optar por la funcionalidad de la linealidad. La novela es como un Salón de Pasos Perdidos en el que puedes encontrar puertas a pequeños espacios de los que puedes salir cuando gustes. Sin embargo, hay una puerta que nos lleva a un espacio tramposo, al que se ingresa confiado pero del que ya no puedes salir. Este espacio tramposo también te brinda libertad, siempre y cuando te ajustes a sus leyes draconianas. Me refiero, pues, a la parcela de la novela breve.
Por ello, Martínez fracasa en el nuevo tramo de la novela. Como autor es presa de una ambición temática en un formato que no se adecua a su intención narrativa inicial. Veamos: Jessé eclosiona en tópicos, lo que diluye el nervio discursivo que venía mostrándonos. La economía del lenguaje que exponía con firmeza termina en los terrenos de la mera redacción, pensemos en los personajes que traen a colación Jessé y Laura, teñidos de una plástica configuración moral… En otras palabras, Martínez se saboteó a sí mismo.
Suponemos que este no era el propósito del autor al escribir Sustitución. Si prestamos atención a su argumento, nos encontramos ante un proyecto por demás atractivo, con un personaje destrozado y en permanente cuestionamiento de su identidad, y con cuatro tópicos, aparte de los dos principales que indicamos líneas atrás, que llamarían la atención de cualquier lector, es decir, no necesariamente el de un lector cuajado y exigente. Un lector, a secas, que solo anhela leer una novela mientras ve pasar la vida.
Subrayemos también que este proyecto mereció más páginas de las entregadas, solo de esta manera podía salvarse del castramiento a cuenta de sus tópicos secundarios. O, en todo caso, debió beneficiarse con una poda inclemente, y a partir de esta apostar al todo o nada hacia una arriesgada extensión del recorrido de sus primeras setenta páginas.
Más allá de estos reparos, destaquemos el mayor triunfo de Sustitución. Me refiero a la luz, a la voz que Martínez consigue en esta novela, la que lo posiciona como narrador ante sí mismo. Esta voz, que no guarda relación alguna con la trama, ni la estructura, ni el lenguaje, genera una complicidad con el lector de turno, que se muestra fiel a la novela, sea en sus tramos destacables, como también en los senderos que la direccionan al desastre formal. 
Me hubiese gustado celebrar esta novela de Martínez. Pero eso es imposible. Lo que sí celebro de Sustitución es su verdad emocional, la prueba rotunda de que el autor tiene mucho por transmitir. La verdad emocional es la esencia de la experiencia literaria, y bien nos enseña la tradición narrativa que esta verdad no es propiedad de la perfección formal de la novela breve, ni mucho menos de la imperfección formal de la novela de largo aliento.

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Publicado en SB



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