miércoles, julio 19, 2017

acojudamiento

A este paso tendremos que aceptar una catastrófica realidad en el Bicentenario: la llegada de un Fujimori a la presidencia. Motivos no escasean: los colectivos de izquierda y la ciudadanía antifujimorista viene perdiendo el tiempo en auténticas cojudeces mientras que el menor de los Fujimori no deja de ganar adeptos en las calles. Basta caminar y toparse con la gente, escuchar lo que se dice de Kenji y, de esta manera, ser testigo del espanto que produce la ignorancia y la elementalidad de criterio que signa a millones de mujeres y hombres en Perú.
Mientras terminaba de leer una novela que me ha aburrido por mala y fría, pensaba en la abulia que ha contagiado hasta a los más achorados de las protestas, incluyendo a los adalides de la superioridad moral. Trato de entender este acojudamiento colectivo, incluso llegué a pensar que se debía a los bruscos cambios de clima (en este país, todas las especulaciones son permitidas). Pero nada, el espíritu vigilante se está desmoronando y nadie parece hacer algo contra ello, y eso que no pocos hicieron en su momento un buen negocio discursivo con la cantaleta del “espíritu vigilante”, que solo tiene utilidad en las redes sociales, como si su objetivo fuera el Like, ese risible saludo, el mínimo gesto que condecora el esfuerzo del hacedor del post.
Me pongo a pensar en alguna fuente textual que me ayude a entender esta caída libre. Sé que la respuesta la tengo a la mano, y solo debo respirar hondo para hallarla, porque siento que lo he releído días atrás. No pasan muchos segundos para dar con la fuente textual, que descansa debajo de una pequeña torre de libros que sostienen cinco películas en dvd de Kiyoshi Kurosawa. 
El libro en cuestión: Los cojudos de Sofocleto.

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