viernes, septiembre 22, 2017

cotidiana libertad

En la madrugada, antes de irme a dormir luego de acabar con algunas notas sobre un libro de ensayos de Jonathan Lethem, libro que he leído dos veces y que en la tercera lectura simplemente no quise terminar, puse en la lectora Vivir su vida de Godard. No sé cuántas veces la he visto, pero de lo que sí estoy seguro es que no la dejaba correr desde hacía más de un año. Hubo un tiempo, en esos años de aprendizaje salvaje y pautado por la impresión primeriza, que veía de dos a tres películas diarias, pero con Godard desarrollé un tipo de dependencia emocional, lo que no quiere decir que me gustaran todas sus películas, solo cuatro o cinco, según recuerdo.
Por ello, el solo hecho de verla, de volver a escenas como la de Anna Karina en la rockola, hizo que rebobinara situaciones, ahora casi borradas, de aquellas noches interminables en ciertos bares del centro hoy extintos. En lo personal, nunca me gustó esa escena de la rockola, pero las imitadoras de Karina sí asumían su rol, creyentes de la epifanía godariana con derecho a copia, prerrogativa permitida, para algunas, antes de los 25 años.
Al respecto, días atrás me encontré con una de las imitadoras de Karina, iba caminando con su novio y me quedé algunos minutos conversando con ellos. Entre la información compartida, me dijo que tenía cinco meses de embarazo, cosa que me alegró. Sin embargo, y en verdad no sé por qué, mencioné esta película de Godard, entonces, ella, en menos de un segundo, zanjó su parecer, diciendo que su gusto por Godard había sido un error de juventud. ¿Error de juventud? Quedé en silencio, pero a cuenta de que lo dicho es una extensión de un discurso que vengo escuchando entre las flacas y patas de mi generación. Pensé en lo que dijo, mientras le hablaba cualquier huevada, y con sumas y restas, siento que no tengo “errores de juventud”, y no porque me sienta orgulloso de lo hecho, sino porque no tengo la costumbre de someterme a recuentos vitales, práctica por demás insustancial. 
Ese encuentro al paso en Magdalena motivó que buscara en mi colección esta película de Godard, que dejé correr mientras acababa lo de Lethem y que volví a ver, sin duda, sorprendido, por sus escenas (incluso las que no me gustan), preso de su aparente sencillez formal y su agria sensibilidad, detalle que, en la mayoría de los casos, definía la esencia de las películas de la Nouvelle Vague. Precisamente, la agria sensibilidad de esta película es lo que aún me genera conexión con ella, haciéndome partícipe del aliento de cotidiana libertad que sigue transmitiendo, libertad que más de uno/una llevó a sus extremos y que, por circunstancias actuales, no quieren volver a recordar.

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