martes, septiembre 26, 2017

poesía

Mientras tomo un jugo de naranja, ordeno algunos libros, en realidad algunos poemarios recibidos y comprados en estos últimos días. Impone el orden, ahora que pareciera que los libros están a nada de botarme de casa.
De paso, el orden me lleva a la clasificación, práctica que demanda más tiempo del pensado. Llevo años sin clasificar mis libros, las personas que han visto mi biblioteca, saben que esta se distingue por el desorden. Mas esto importa poco, porque yo sé en dónde están los títulos que me interesan, creo. Felizmente, aún no me veo en la desesperación de buscar, creer saber dónde encontrar y no hallar nada en el lugar que creíste que encontrarías el libro. Sé de amigos que la pasaron putas al verse en esa desesperación.
Entonces, decido encarar el desorden, al menos distribuir y clarear un poco el espacio, tener algo de movimiento, que me doy cuenta que no tengo, especie de revelación, muy extraña, que tuve ni bien revisaba los títulos de los poemarios apilados en la mesa del recibidor, como los de la colección PBC Ediciones (block d-001, la psicoputa, calavera no abduce, starfuckers, sueño del no nacido y 26 maneras de decirte lo que falta).
Así es. Hay que ordenar, no importa cómo llegó la revelación. Pero vuelvo a mirar los títulos de PBC, e imposible no pensar en la poesía joven peruana, la constituida por mujeres y hombres nacidos a mediados de los 90.
Al respecto, hubo un tiempo, felizmente fugaz, en que se puso de moda en nuestro circuito la valoración de la poesía a cuenta de la edad del vate de ocasión. Es decir, mientras más joven eras, más probabilidades tenías de ser tomado en cuenta. Sin duda, fue una “valoración” que hizo (mucho) daño, porque muchos poetas aparecieron, como saltamontes en noches moradas. Lugar adonde me dirigía, y eso que salgo muy poco a saraos, me encontraba con jóvenes poetas con libro publicado (ojo, libro), llevando a los extremos la pose del privilegio existencial, que jamás condené, porque ser joven no es un privilegio, sino una oportunidad, pero estos jóvenes poetas asumían mal su oportunidad, confundiendo cojudez escénica con ingenio, alud verbal con talento, discurso contestatario con formación en lecturas, en fin, toda una mazamorra del parecer.
Pero es justo decir que, desde hace un par de años, la poesía peruana ha abandonado la turbulencia. Tengo, pues, esa impresión con la poesía peruana que se viene escribiendo, sin importar la edad y reconocimiento del poeta. Sea como fuere, es una situación que me alegra. Pasamos muchos años en esa turbulencia, en la que cundía el mal gusto y la falta de crítica entre los mismos poetas, aferrados a invitaciones a festivales y congresos, a fallos de concursos. Ahora, el piloto automático no es garantía de nada, salvo contadas excepciones, tenemos paquetes que escriben versos, no poesía. Hay pues que leer lo que en poesía peruana se está escribiendo y publicando en los últimos dos años. No garantizo que encontraran calidad por doquier, pero sí una situación distinta, al menos una práctica poética consciente de su naturaleza. La poesía la encontramos leyendo los poemarios, no en los recitales ni festivales.

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