lunes, noviembre 20, 2017

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En la última edición de la revista Domingo de LR, encontré una entrevista de Gabriela Wiener a la narradora y traductora Teresa Ruiz Rosas, cosa que me alegró porque si hay una autora peruana que merece toda la visibilidad posible, esa es precisamente Ruiz Rosas (RR), de quien puedo sugerir, entre varios títulos, la lectura de tres novelas suyas: El copista, La mujer cambiada y Nada que declarar.
Cosa curiosa, la entrevista se publica días después de que me preguntaran por una narradora peruana en actividad que considerara mayor. Al respecto, no lo pensé mucho, puesto que la poética de RR siempre me ha parecido coherente en cuanto a su interno diálogo temático, además, lo suyo, aparte del evidente vuelo de su escritura, siempre ha sido narrar, característica que podría parecer extraña al ocasional lector del blog a cuenta de su obviedad, pero lo digo incidiendo en su cualidad de cazadora de historias. En cada novela, RR ha sabido hallar el tono narrativo adecuado para el asunto asumido, que encierra también un compromiso ético, como lo podemos ver en Nada que declarar. No siempre nos hallamos ante la confluencia de la buena prosa y el tema que prevalece por su fuerte carga moral, para nuestra suerte, eso sí lo podemos ver en la poética de nuestra autora.
Ahora, me gustaría centrarme en un aspecto de la entrevista de GW a RR: el desdén/ninguneo a la obra de RR, sea por parte de la crítica y los gamonales en medios, detalle tan maravilloso, digno de esta provincia literaria en la que reina la mezquindad y el loco afán de nuestros autores y autoras por un metro cuadrado de posicionamiento.
Como señala la GW, “deberíamos saber más” de esta escritora cuyos libros han merecido saludos de la crítica en el extranjero y el genuino reconocimiento de los lectores. Por ello, la pregunta/inquietud se impone en su propio peso: ¿a qué se debe esta situación?
En más de una ocasión he señalado que en este país una mujer que escribe la tiene mucho más difícil en comparación a un hombre que escribe, peor  cuando la mujer que escribe no solo exhibe fuerza narrativa y discurso. Entonces, sí se justifica el eco que vemos en las redes contra esa extraña manera de arrinconar voces de valía, entendiendo de antemano que la calidad literaria va más allá si quien la escribe es mujer u hombre. Al respecto, pensemos en la escasa atención que sigue recibiendo la publicación de los cuentos completos de Pilar Dughi.
Uno podría pensar muchas cosas que traten explicar lo que ocurre, pero hacerlo no es más que un acto de mero buenagentismo, porque se impone su cruda verdad: hay pues un atroz silenciamiento hacia autoras peruanas que merecen ser leídas, dueñas de una obra edificada en la más absoluta seriedad. Lo de RR es un caso que nos podría ayudar a entender esta tara, que aparte de combatirse desde el justificado reclamo, también habría que hacerlo desde la sana recomendación de sus libros. 
Tal y como dije líneas atrás, para mí Teresa Ruiz Rosas es nuestra narradora mayor en actividad. Sé que esta afirmación incomodará en nuestro pueblerino circuito literario, pero no hay mejor manera que refrendar lo dicho, o cuestionarlo, que conociendo esta poética que desde hace muchos años viene construyendo su legitimidad.

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