jueves, marzo 15, 2018

loayza y la no exhibición


En estos días lamentamos la desaparición de Luis Loayza, prosista de lujo de nuestra tradición literaria que la rompió en narrativa y ensayo. Es precisamente el Loayza ensayista el que me gusta más, por ello, sugiero la (re)lectura de El sol de Lima, Sobre el 900 y Libros extraños. Volver a estas páginas nos hace partícipes de su ánimo: Loayza sabía porque leyó muchísimo, pero en ese conocimiento jamás evidenció soberbia intelectual, sino hechizante naturalidad. He allí el secreto de su radiación con los lectores. En él, lo difícil no se notaba y ese es su magisterio: pensar en el otro cuando se escribe.
Siempre ha llamado mi atención su relación con la literatura. Más de una vez he pensado que algo tuvo que ocurrirle a temprana edad para que haya dinamitado su ego, a saber, no conocemos a la fecha entrevista alguna que se le haya hecho. En cierta ocasión quise entrevistarlo para Buensalvaje y esta fue su respuesta: “Estimado Gabriel, siento decirle que prefiero no dar entrevistas”. Para aquel entonces, Loayza era toda una leyenda, el Salinger peruano aferrado a su ley de no exposición.
De haberlo querido, Loayza pudo gozar de mayor nombradía continental, talento y sapiencia le sobraban, también contactos, como los de su amigo Mario Vargas Llosa, quien le profesa admiración en El pez en el agua. Este es pues el otro legado que nos deja: vivir en literatura, consagrarse a la lectura y no apurarse por publicar. Su vida y su obra son un incuestionable ejemplo de ello, en especial para estos años en los que el escritor peruano vive entregado al reconocimiento plástico de las redes sociales y al lustrabotismo editorial, maravillas del mal gusto que lo hubiesen espantado de haber sido testigo directo. Hagamos el esfuerzo y sigamos su actitud.

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Publicado en Caretas

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