miércoles, marzo 21, 2018

opinión de poeta


Navego un rato por Vallejo & Company, avisado a razón de un artículo. Más allá de si me gusta o no el inicio del mismo (impostada bacanería), queda claro que el micro debate de poesía de estas últimas semanas solo tiene razón de ser en circuitos tan pueblerinos como el nuestro. Entre varias hierbas del mal gusto en este cruce de "conceptos", escojo esta: las influencias del poeta como signo de diferencia y calidad en comparación a las “viejas escuelas”. Lo concomitante como mérito y medio de contrabando para la argolla grupal, hasta las huevas.
Creo entender el ánimo del joven poeta peruano promedio. No hay quien se considere voz en proceso de aprendizaje, todos se consideran algo, desde el que tiene talento y es dueño de una honesta comunión con la palabra, hasta aquel que fragua referencia mediante la imagen de vate. La situación con el poeta es mucho más complicada que la del narrador. El poeta local siente que es parte de un imaginario mucho más rico y perenne, observación nada jalada de los cabellos, porque en la tradición poética peruana hallamos grandes nombres, como Vallejo, Adán, Eguren, Westphalen e Hinostroza. Hablamos de grandes poetas canónicos, pero también de imprescindibles nombres en las divisiones menores, entonces el poeta quiere ser parte de alguna de estas parcelas y en ese afán se la juega por la presencia alocada y en esa actitud la paciencia opinativa no es vista como virtud en nuestros buscadores de la experiencia
Deben imponerse la calma y la genuina búsqueda verbal en la obtención de la legitimidad. Dinamitar el ego y evitar la pose cojuda, de lo contrario, vemos lo que vemos: el inmisericorde apanado virtual al emisor que se pinta de polémico.

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