martes, enero 12, 2016

impresiones literarias - Perú 2015

Abro la librería.
Me sirvo café y prendo el primer cigarrito del día. Me pongo a leer los diarios. También coloco algo de Frank Zappa y me dispongo a entregarme al más absoluto hueveo.
A la media hora, las cosas cambian. Recibo la visita de uno de los lectores más atentos de la literatura peruana actual. Por sus ojos rojos y el aroma a chela, Rayita refulge en ebriedad.
No es la primera que los lectores y lectoras de la librería vienen algo sazonados, la mayoría de las veces con ánimo festivo. Hablamos de los libros que vamos leyendo, como también de política, aunque de política trato de hablar lo menos posible, suelo ser muy ácido con las frágiles posturas de mis patas de izquierda, ahora con mayor razón luego de la chanchada de la tía Susy.
Rayita lleva una mochila muy bien nutrida y no me sorprendería que saque de ella una botellita de ron. Pero no. No saca una botellita de ron, sino quince libros que acaba de comprar, cosa que los reviso para ponerle nota por su compra. La última vez le puse un justo 05, ahora las cosas cambian, Rayita sonríe por su merecido 12.
El silencio de segundos se impone. Rayita no ha venido para que le ponga notas a sus compras. No, su incursión de esta mañana sabatina obedece a motivos más nobles y trascendentales. Mientras esperamos que el silencio se quiebre, sigo leyendo el diario. Por su parte, Rayita tararea extractos de “Bobby Brown” de Zappa. Levanto la mirada y siento su mirada, roja de cólera, como si quisiera decirme algo y no se atreve. ¿Qué pasa, hijo?, estoy a punto de preguntarle.
Sigo leyendo el diario y respondiendo algunos saludos tardíos de año nuevo. Rayita coge una silla y se acomoda, y qué bueno que lo haya hecho porque en cualquier momento se caía de cara ante la sección de poesía internacional. Puedo escuchar su respiración, por demás contenida. Obviamente, me gustaría preguntarle qué le ocurre, pero si Rayita tiene alguna pena de amor o de otra clase, él tendría que ponerlo en agenda.
A los diez minutos, Rayita se pone de pie y me pregunta lo siguiente:
“Gabriel, ¿y tu recuento literario? Todos están haciendo sus recuento y tú naranjas.
Apago el pucho en el cenicero.
Modulo el volumen de la lectora.
Y respondo:
“La verdad, Rayita, no me siento con ánimo de hacer un recuento. No eres el primero que me pregunta al respecto. No es que no quiera, solo que se me han presentado otros textos que debo acabar, es eso.
Rayita se lleva las manos a la cabeza. Quiere gritar, seguramente insultarme. Trato de entenderlo y por lo que hemos hablado, sus lecturas de literatura peruana contemporánea vienen guiadas por mis recuentos.
Rayita se retira de la librería, dejando olvidada su mochila.
Ya volverá, me digo.
A las dos horas regresa. Ensangrentado y amoreteado.
“¿Qué te ha pasado?”, le pregunto.
“Me he mechado con unos manes, necesitaba desatar mi furia”, dice.
“¿Y por qué quieres desatar tu furia?”
“Gabriel, ¿no te has dado cuenta: el pueblo espera tu recuento? No la cagues, pe, no la cagues”.
“Rayita, tienes a la mano otros recuentos”.
“No, carajo, no. Haz tu recuento, o te meto brujería, te meto brujería, en serio, man, te meto brujería”.
Rayita se acomoda la mochila en la espalda.  
Rayita comienza a moverse a un ritmo endemoniado. Extiende los brazos y los dedos de sus manos se mueven como si fueran las garras de un gallinazo. Su boca abierta, de la que huye todo el aroma a trago bebido en la madrugada. Ya me habían hablado de los arranques demoníacos de Rayita, quien se retira de la librería susurrando en una lengua incomprensible
¿En dónde vi esos movimientos?, me pregunto.

*

Vuelvo a lo que estaba haciendo. Prendo otro cigarrito y me sirvo otra taza de café. No pasan muchos minutos para saber la razón de mi desánimo por el recuento. Esta razón obedece a que este 2015 no solo se ha visto privilegiado con muy buenos libros, sino que también hemos sido testigos de la aparición de varios discursos encontrados entre sí, que sazonaron un ambiente literario que se la ha creído, que ahora sí se siente facultado para afirmar que atravesamos un maravilloso momento en narrativa.
Por ello, antes, cuando hacía los recuentos, me concentraba únicamente en los libros que más me habían gustado. Pero ahora no, me resulta imposible pasar por alto lo que acontece más allá de la circulación de un libro, porque lo “externo” al propio tránsito del libro sí ha influido al momento de valorarlo literariamente.
Saco a Frank Zappa de la lectora y pongo el infaltable Street Hassle de Lou Reed, que ayuda para estas cuestiones de ejercicio de memoria, porque eso es un recuento, un ejercicio de memoria en el que muchas veces se te escapa un título que te gustó.
Ya me pasó y me seguirá pasando.

*
Hace un toque dije que los discursos paralelos a las apariciones de los títulos marcaron una pauta en este 2015 que lo tuvo todo y que posiblemente termine en este 2016 con una demanda al narrador Leonardo Aguirre a cuenta de un libro que ni siquiera ha salido y por el que más de uno ha saltado sin tener la más mínima idea de qué va. Quien esto escribe ya leyó Asociación ilícita y puedo decir que es el mejor libro del “Plumífero”, el proyecto que tarde o temprano le asegurará un espacio en la narrativa peruana contemporánea. Si en caso Aguirre acabe encerrado, él seguirá escribiendo, mismo Chester Himes, feliz, comiendo mandarinas y panes con camote, que tanto le gustan.

*

Tuvimos más de una intentona de debate que no llegó a nada, revelando, una vez más, que los escritores peruanos son campeones para el achoramiento discursivo y virtual en Facebook, pero carentes de tolerancia cuando se debe intercambiar ideas. Les gana la bacanería a lo bestia y al momento de debatir se cierran como los que son: palomillas de ventana. Pienso en el discurso sobre la Antimemoria impulsado por Francisco Ángeles. Al menos yo sí entendí a qué quería referirse cuando hablaba de la antimemoria, hecho que reforzaba la atención que despertaba la llamada narrativa del yo, que dicho sea, ayudaba al autor a seguir promocionando su novela Austin, Texas 1979.
Si hacemos un breve repaso, y en especial, si llevamos a cabo un elemental ejercicio de objetividad, habría que estar cerrado de miras para no reconocer que la tan mentada, y maltratada por ignorancia, narrativa del yo, es la que ha revitalizado a la narrativa peruana publicada en los últimos años. Cada escritor está en su derecho de forjar los discursos que se ajusten en pos de su proyecto, siempre y cuando los sepa sustentar llegado el momento. Si rastreamos estos aires del yo, aseveraríamos que de nuevo no tienen nada. Este registro estuvo ausente durante muchos años y cobró fuerza gracias a Contarlo todo de Jeremías Gamboa, novela saludada y criticada por igual (solo en la lectura posterior a la algarabía de su propaganda, esta novela ha comenzado a ser apreciada como lo que es, una buena novela), cuya recepción dejó el camino libre a Austin, Texas 1979, cuya primera edición se hizo de elogios y saludos, mas no así la segunda, que recibió críticas, pero estas en lugar de abordar sus deslices literarios, venían con la mira puesta en la persona del autor. No nos hagamos problemas, en ello contribuyó Ángeles, que no pudo con la sobreexposición, de la que fuimos testigos en la última FIL, al punto que se le comenzó a llamar “Perejil” (infaltable en todas las salsas). En paralelo a esta sobreexposición, Ángeles desarrolló un discurso de que le favorecía y que se enriquecía con otros títulos que también abordaban el registro del yo, títulos que venían obteniendo no solo buenas reseñas, sino también el favor de los lectores, como es el caso de Pequeña novela con cenizas de José Carlos Yrigoyen, que recibió favorables críticas como también negativas, detalle que siempre voy a destacar en un libro. Como bien decía el tío “Paciencias”, solo los libros que reciben críticas de ambos lados, son los que van a quedar, desconfía de los libros que generan solamente críticas positivas. Sin presentación del libro, sin tanta exposición, Yrigoyen dejó que su libro siga su curso y al final el lector fue el que decidió agotando su primera edición.
Ni bien comenzó a hablarse de la narrativa del yo, ya sea en medios y entre los lectores, entraron a la cancha las voces que han hecho carrera en base a la violencia política. Y, por supuesto, las otras voces que no soportaban el figuretismo de su hacedor, ni sus bigotes se salvaron del señalamiento.
Se tuvo la oportunidad de confrontar algunas verdades y sacar provecho de ellas, como lo endeble que era la el discurso del yo, que hacía aguas en marca personal, como también esa gran verdad que significaba la narrativa de la violencia política, tópico que ha entregado más de un título importante pero que en los últimos años no ha mostrado un título a la altura de La violencia del tiempo, La hora azul, Rosa Cuchillo y Retablo. Para poner a derecho esta verdad, no hacía falta una marca personal, bastaba un carajazo.
Se produjo un intento de debate que alcanzó cúspides en escenarios olvidables como el bar o la conversa al paso en las previas a una presentación. He sido testigo de la furia que despertó el discurso de la antimemoria, furia que la puedo entender (total, todos tenemos nuestras huevadas, no somos inmunes a los mandatos ventrales del ego), pero no en cuestiones literarias, porque lo cierto, lo que un lector que ame la lectura por sobre todas las cosas no puede negar, es que la narrativa de la violencia política sí está pasando por un entendible bajón en títulos de calidad y esto es algo que no debería atarantar a nadie si es que se tiene elementales nociones de tradición literaria. Lo que jodió, y bastante, es que se haya puesto en entredicho a todo el aparato crítico que ha forjado trayectoria con un tópico por demás sensible para nuestra historia última.
En lugar de que se crucen discursos, o de propiciar un encuentro que nos den brinden más luces sobre una realidad de la narrativa peruana de los últimos años, los frentes se atrincheraron en pequeñas mafias que más parecían departamentos de relaciones públicas, teatralizando la postura en mesas redondas y charlas en las que los autores se olvidaban de abordar con responsabilidad el tópico que los congregaba para dar espacio al intercambio de alabanzas. Fue pues un choque de frivolidades, la frivolidad que figura contra la frivolidad solemne.
¿Qué quedó de todo esto? Pues nada. Solo odio gratuito. El debate sobre la narrativa peruana de los últimos años se perejilizó. Ese sí apuntaba a ser un debate que pudo dejar cosas para pensar y reflexionar, un debate actual superior a ese debate fugaz entre vitalistas y metaliterarios que se dio a mediados de la década pasada. ¿Lo recuerdan?
Pero no todo fue fracaso para la escritura alimentada del tópico de la violencia política. Una novela y un híbrido fueron luces para un tópico que más de uno ha usado como un trampolín a la fama. Por ello, sin ser lo mejor en ficción de Alonso Cueto, La pasajera es una novelita que se deja leer con gusto y placer. Más allá del tema asociado, el apabullante éxito de esta novelita yace en que cumple con las expectativas de todo lector, pasarla bien. Uno puede o no estar de acuerdo con su manera de narrar, pero nadie va a negar que Cueto es un ducho estratega de historias, ello no me libra del señalamiento que en persona le dije al autor hace unos meses en la PUCP: “tienes un problema de oído con tus personajes”. El otro libro, exitoso a nivel de ventas y que ha propiciado más de una discusión, es Los rendidos de José Carlos Agüero. Este, sin duda, es un libro demasiado incómodo, que cuestiona, en el que prevalece honestidad de Agüero. Puedo estar de acuerdo o no en muchos puntos, empero, ello no impide que recomiende su lectura y que su campo de discusión también llegue a los colegios. La lectura de Los rendidos también me ha llevado a reflexionar sobre la necesidad de textos que nos brinden miradas distintas, desde el registro de la no ficción, sobre las secuelas que dejó el conflicto armado interno. La pluralidad de miradas hará que sepamos entender en toda magnitud lo que dejó esa etapa oscura e hiriente. Ahora, quienes me conocen saben que no soy partidario de ningún discurso ideológico, aunque algo de izquierda hay en mí y lo manifestaría si es que la izquierda en Perú fuera normal y coherente. Por ello, deseo que en los próximos años también se editen y publiquen textos similares a los de Agüero, pero desde el punto de vista de los hijos y nietos de los militares (no pienso en los mandamases), aquellos jóvenes que por causa del servicio militar obligatorio fueron mandados a una guerra que no entendían, adoctrinados en base a consignas castrenses, que terminaron asesinados, mutilados y locos, y lamentablemente olvidados por el estado y la sociedad. Solo así completaríamos el círculo temático para entender esos años. Solo así tendríamos un discurso abierto, sin las máculas de los intereses de la izquierda, tal y como lo estamos viendo hoy. Claro, para que eso se dé y no quede en un mero deseo, el discurso antagónico, el de la derecha, tendría que empezar a ilustrarse.

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En una entrevista que me hicieron algunos meses en Lima Gris, Gabriel Rimachi me preguntó qué opinaba de lo que venía publicándose en los últimos meses. Mi respuesta fue muy clara. Pues bien, ahora sí podemos hablar de un posible buen momento, o en todo caso, en que vamos camino hacia esa realidad. Lo he pensado más de una vez, pero si me dejo guiar por ligerezas conceptuales, no me sorprendería que Nuevos juguetes de la Guerra Fría de Juan Manuel Robles y La distancia que nos separa de Renato Cisneros sean vistos en el gran futuro como goles de otro partido. Ambos títulos animaron la algarabía discursiva de este supuesto gran momento.
Sobre estos dos libros percibo un silente y saludable debate sobre cuál fue el mejor del año. En cuanto a mí, no me hago problemas. No elijo ninguno y me quedo con los dos, por tratarse de proyectos escritos desde el forro y en respeto a una historia que contar. Su éxito (ambos en crítica, pero en lo comercial no puedo decir lo mismo del título de Robles, detalle que ojalá desarrolle en otra oportunidad) no solo se debe a los temas abordados, sino a la compleja sencillez de su escritura. Ambas publicaciones son una patada en los huevos a esa mentira extendida: escribir bien es hacer literatura. Se supone que todo escritor, así sea el más mediocre de todos, está llamado a escribir bien, pero escribir bien no es experiencia literaria, la experiencia literaria es el asombro/conmoción que alimenta un texto en el lector.
La historia hubiera sido muy distinta si no se publicaban este 2015. Muy distinta, la verdad. Estaríamos hablando de una crisis narrativa, que lo leído el año pasado no fue más que una esperanza y que el nuevo narrador peruano promedio aún está lejos de proyectos ambiciosos. Debemos estar agradecidos por su publicación, ambos libros sustentan todo lo que se publicó en narrativa peruana este año, incluyendo el cuento. Por eso dije que son goles de otro partido. Más o menos teníamos una vaga idea de lo que podía leerse, pero nadie esperaba que sean tan buenas y puedo entender el entusiasmo de más de un comentarista, y claro, el apego estratégico de más de un escritor que pretendía sumarse a cualquiera de estas novelas, buscando una forzada sociedad que al final sí le trajo aunque sea un mínimo rédito, que no debe sorprender, porque sumarse a cualquiera de estos libros era apostar a ganador. Lo afirmo, me la juego: Nuevos juguetes de la Guerra Fría y La distancia que nos separa ya son clásicos contemporáneos.
Lo que sí no puedo dejar de consignar, es el temor que siento a lo que después publiquen Robles y Cisneros. Lo que cada uno ha construido es un gran árbol, frondoso y fibroso, o sea, lo que hagan en adelante va a estar a la sombra e inevitable comparación con lo que lograron este 2015. O bien serán escritores que sobrevivan con un título recurrente, algo que no tiene nada de malo, más de uno lo hace, o serán de los que lo superan, que de ser así, estaríamos hablando de auténticos grandes. Solo uno lo logrará.

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Algunas novelas van a sobrevivir a los caprichos del 2015. Pienso en la furia poética de Victoria Guerrero con Un golpe de dados, en Sucedió entre dos párpados de Fernando Ampuero y las novelas cortas en un solo volumen La pasión de Enrique Lynch y Necrofucker de Richard Parra. El paso de Guerrero a la narración lo hizo respetando los tópicos que han caracterizado su poesía, fue honesta y en esa honestidad fue visceral. Ampuero nos entregó una novela distinta a lo que ha venido haciendo en su narrativa. Lo he señalado más de una vez, lo suyo siempre será contar una historia y le haría bien a los nuevos narradores peruanos, como a los aspirantes, a comenzar a seguir el magisterio Ampuero. Sé que esto no gustará a muchos, pero me importa muy poco, porque a la tradición me remito y también a nuestro contexto, que desde hace rato vienen reclamando contadores de historias en lugar de malabaristas verbales. Con una prosa lacónica, Parra se yergue como una de las principales voces de la narrativa latinoamericana actual. En sus dos novelas el tópico de la violencia adquiere un protagonismo que define a sus personajes, la primera canalizada en un plano histórico y la segunda como un testimonio de época, los ochenta.
No negaré que esperaba más de KimoKawaii de Enrique Planas. La novela tenía para muchísimas páginas más. Por cierto, es lo más logrado que ha escrito desde su novela debut Orquídeas del paraíso, que aprovecho en recomendar. Me gustó también CÍA Perú: 1985 de Alejandro Neyra, a quien sugiero una edición aumentada de su librazo Peruanos de ficción. El circuito Under también tuvo lo suyo con el salvaje Miguel Fegale y Los corazones anestesiados.
Un par de novelas que han pasado desapercibidas, imagino porque a sus autores les hace falta un seminario maratónico de autobombismo y relacionismo, porque en realidad, lo que escribieron mereció mayor suerte, una atención más responsable, no solo de la prensa de estafeta, sino también de la crítica. Me refiero a Ríos de ceniza de Félix Terrones y Fraga de Augusto Rubio Acosta. Terrones, nos entrega una novela de aliento que hay que celebrar, aunque esta celebración viene con innecesarias dosis de chancaca. Si algo más puedo decir de Ríos de ceniza, es que su verdadera lectura se dará en los próximos años, puesto que esta novela es para lectores cuajados, los primerizos no la van a entender, menos valorar. Además, la hermano con Casa de Islandia de Luis Hernán Castañeda. Pues bien, si Rubio se moviera en el circuito limeño, su novela no hubiera sido desdeñada. Fraga no es un canto a la excelencia narrativa, pero sí exhibe puntos altos que remecen en su brevedad. El autor acierta al hacer uso del registro del diario y en esa libertad del registro encontró la libertad para contar.
Percibo desde hace algunos años una queja de algunos cultores de la narrativa fantástica y de ciencia ficción. Es cierto que no estamos ante un género nuevo y que viene de a pocos construyendo una tradición. Lo malo es que sus promotores han confundido el discurso de divulgación con uno de enfrentamiento contra la narrativa realista. A estos cultores les sugeriría, en buena onda, que ese no es el camino. La narrativa fantástica viene construyendo su tradición, por medio de grandes rescates como la novela El hijo del doctor Wolffan (un hombre artificial) de Manuel A. Bedoya y la paulatina consolidación de Carlos de la Torre, que este año nos entregó la novela Cuando la sangre importa. Sin duda, no son pocos los títulos ubicados en los cauces de lo fantástico y la ciencia ficción. Pero habría que tener presente que el tema no puede justificar el alcance literario. A este paso, la valoración será la misma que se hace con los libros de ficción insertados en la violencia política: el tema sobre la validez literaria. Por ello, sus promotores críticos deben respirar un poco, autocachetearse a modo de relajación, optar por un clavado en la piscina para refrescar la cabecita, antes de caer en la demagogia valorativa.

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No ha sido  un año generoso en cuentarios. Hemos tenido publicaciones  que bien podemos calificar de interesantes y contadas que podemos tildar de (muy) buenas. No hemos sido testigos del Libro de cuentos, como sí el año pasado con Las siete bestias del Christ Gutiérrez-Rodríguez.
Evolución.
Eso es lo que he visto en Johann Page con Todo termina esta noche y Yeniva Fernández con Siete paseos por la niebla. Si tuviéramos que hablar de voces narrativa con proyección, tranquilamente tendríamos que mencionar a Page y Fernández. Tal y como lo he dicho más de una vez, la literatura es como el fútbol, nada está dicho hasta que te mueras.
No puedo negar que Tres mujeres de Susanne Noltenius me gustó por su primer cuento, “Divorciada”, una novela corta rotulada de cuento. “Divorciada” es un cuentazo, que ratifica a los lectores la excelente contadora de historias que es Noltenius. Nuestra crítica se ha preocupado muy poco en comentar la obra de Noltenius, mas no así los lectores. Tres mujeres está a nada de igualar el éxito de su primer libro, el también cuentario Crisis respiratoria. Estamos pues ante una narradora madura, que bien harían en seguir sus colegas de oficio, tanto hombres y mujeres. Para narrar, hay que hacerlo desde el vientre, con nervio. Sobre El palacio de la felicidad de Dante Trujillo diré mismo que le dije al autor en persona en la última FIL: tanto el primer relato, “Club de invierno” y el último, homónimo que titula la publicación, me gustaron mucho y sostienen todo el libro. Los demás, “creo que los escribiste al vuelo, ya que percibí un apuro por cerrarlos”. Trujillo sabe lo que narra y el mundo que quiere representar, uno que conoce y en base a ese conocimiento encontramos una verdad discursiva. Ahora, lo que sí he notado es que ha habido cierto temor al comentar este libro, he visto reseñas que hacen gala de un sobadismo indignante y otras que solo se han limitado a la descripción. Claro, en ello tiene que ver que Trujillo sea el editor de El Dominical, semanario cultural que ha sido rescatado. Gracias a él, El Dominical ya no parece un boletín de ONG que resguarda el medioambiente. Pero a lo que voy, la crítica debe tratar al Trujillo escritor como lo que es, un escritor. También llamó mi atención Las visitaciones de Pedro Llosa, escritor que sabe de lo que escribe y cuya obra ya está comenzando a ser considerada por los lectores y la crítica. Sin embargo, los que conocemos y gustamos de su poética aún estamos esperando su Cuento, aquel llamado a quedar como la insignia de su sólida obra cuentística.
Una nueva voz: Joe Iljimae con Los Buguis. Sé que esta publicación va a generar anticuerpos, más de un descriptivo ya está sacando la guadaña, afilando el cuchillo. Y me alegra que sea así puesto que promuevo que le saquen la mierda al libro como tal, mas no a la persona. Quien esto escribe es un forzado padre literario de Iljimae, y lo que puedo decir de Los Buguis es que sus cuentos nos regresan a la sustancia de la calle, a la picardía y dolor del sujeto adolescente, a una mirada del mundo que por posería, arribismo o cobardía no es abordado por muchísimos narradores locales. Ñaña, como espacio literario, ingresa en una llanta por el río para tomar posición en el circuito literario limeño. Como toda publicación inicial, Iljimae no es libre de una mirada inocente, inevitable en la concepción de varios de estos cuentos. Y no tan joven como Iljimae, y menos jodido, encuentro la madurez en un narrador al que deberíamos comenzar a seguir la ruta. Más de una vez he pensado escribir un artículo sobre los mecanismos ocultos, el ánimo discreto, de ciertas voces que prefieren no exponerse demasiado o que en todo caso no generan la atención de la lectoría, menos de la crítica. Me refiero a Christian Solano, seguramente el mayor exponente del microrrelato hoy en día en Perú. En el 2014 publicó un libro titulado Almanaque, muy saludado entre los entendidos y el año que pasó Motivos de fuerza mayor, editado en Chile. Solano es un capo. Rehúye del efectismo y ha sabido sacar ventaja de sus defectos (algo que solo pueden hacer los buenos escritores). En voces como Solano el microrrelato en Perú queda en buenas manos. Solano es un narrador serio, tan serio como el esquivo Jorge Cuba Luque que publicó Ladrón de libros. Cuba Luque es cuidadoso al momento de narrar. Los años no pasan en vano para él, su prosa es producto de una dedicación solitaria y silente. Pese a que el conjunto de relatos sea irregular, hagamos hincapié en que el cuento homónimo que titula el libro es no menos que un cuentazo, cuentazo que debe figurar en cualquier antología de narrativa peruana contemporánea. Aunque como van las cosas, se hace necesario que el autor también tome cursos acelerados de autobombo.
Pues bien, emplazo a los llamados comentaristas de libros peruanos a que lo busquen y reseñen. El autor era un pata excesivamente discreto y su obra, breve, ha sido saludada, pero no lo suficientemente difundida. Si hay una poética que debemos rescatar, esa es la de Jorge Ninapayta. La publicación de El arte verdadero y otros cuentos es la confirmación de lo que sabemos los supuestos entendidos. Es hora que Ninapayta pase esa barrera del círculo estrecho de los supuestos entendidos y se instaure en el imaginario de los potenciales lectores, sea en colegios, academias y universidades. También he quedado gratamente sorprendido con La caza espiritual de Miluska Benavides, cuentario que sin duda la romperá en las próximas semanas. La narrativa peruana adolece de voces serias, por ello, hay que saludar y promocionar a Benavides, de quien podríamos decir que no escribe, sino que cincela, además, el efectismo no es lo suyo. A diferencia de sus colegas varones, ella de a pocos destroza al lector.
Me es imposible no manifestar mi decepción de Las aventuras del señor Bauman de Metz y otras historias de Miguel Gutiérrez. Los que siguen mis textos saben mejor que nadie la admiración que me genera la obra de Gutiérrez. Sin embargo, cuando termine de leer este libro, no supe qué explicación abrigar para entender la razón de su publicación. De entre todas las hipótesis, pesa la del nombre y prestigio de Gutiérrez. La editorial que lo publica necesitaba lanzar algún libro de su escritor peruano más importante.

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Acabo de hablar de los cuentos.
Toca hablar de la antologías.
Hay algunas cosas que debemos decir al respecto.
Pues bien.
Por lo mejor. De todas las antologías publicadas este año, me quedo con tres, por su coherencia temática y por la honestidad que se muestra en su elaboración: Al fin de la batalla. Después del conflicto, la violencia y el terror de Ana María Vidal, Cincuenta microrrelatos de la generación del 50 de Óscar Gallegos y Ultraviolentos. Antología del cuento sádico en el Perú de José Donayre.
Las tres antologías se han movido como se mueven los buenos libros en nuestro medio, por medio del boca a boca. Quizá no esté del todo de acuerdo con la intención de Vidal en cuanto al tema que canalizó los textos de sus autoras convocadas, seguramente Donayre pecó de inclusivo a la hora de convocar a tantísimos escritores. Más allá de este posible reparo, este par de antologías nos brindan en especial un fresco de autores a los que debemos seguirles la ruta. Por su parte, Gallegos fue a lo seguro, lo cual es válido.
En este medio publiqué un artículo sobre dos antologías de la narrativa peruana de los últimos quince años. Sé que ese texto provocó un revuelo, que no solo se limitó al círculo limeño, también me siguió hasta Arequipa. En dicho artículo hablaba de las impresiones que me generaron El fin de algo de algo de Víctor Ruiz y Selección peruana 2001 – 2015 de Ricardo Sumalavia. Al respecto, reconozco dos cosas: la primera, que se me pasó la mano con Sumalavia, a quien pedí disculpas en mi blog; y la segunda, pues debí esperar a que salgan los libros para comentarlos y no limitarme a su lista de autores.
No es que me las quiera dar con aires de adivino, pero la lectura de estas antologías confirmó lo que sospechaba. La de Ruiz pudo estar muchísimo mejor y la de Sumalavia se presta a la fórmula autopromocional (“la narrativa peruana pasa por este sello”, sería la idea) que, debemos reconocer, tiene éxito puesto que Lasso, aparte de intocable cabecero, es un excelente lobista, sus tentáculos se meten hasta en el Hay Festival y cuanta feria haya por allí.
Desde que vieron la maravillosa luz, ambas antologías necesitan de un empuje promocional cada cierto tiempo. Aún no se insertan en el imaginario del lector, quedan fuera de la constelación de la genuina propaganda: el boca a boca del lector. Al respecto, colijo el paso en falso de ambas antologías: Ruiz y Sumalavia pecan de pusilánimes en sus prólogos. No apuestan por una postura y se entregan a la mirada descriptiva, se cuidan demasiado y en ese juego a la defensiva que busca el empate, no proponen absolutamente ni mierda. Lo que dicen en sus prólogos se estanca como chela sin gas en medio de la garganta. Y una sugerencia para las próximas antologías: las antologías se leen, comentan y discuten por sus prólogos.

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No ha sido un año generoso para la poesía peruana. En verdad, llevamos años en que no encontramos voces que nos permitan apreciar una continuidad de nuestra tradición poética. A diferencia del narrador y pensador peruano, el poeta de esta hermosa tierra sí tiene sombras con las que tiene que luchar, sombras que minan su intención por hacer algo nuevo, escogiendo entre el ridículo y la imitación, sin garantía alguna de que vaya a salir algo bueno o relativamente decente. La tradición poética peruana es de un peso abismal, abusivo en muchos aspectos. En términos futboleros, sería Brasil o Alemania. Entonces, no es fácil ser poeta en el Perú. En ello ni se salvan los poetas de más experiencia. Uno de los problemas que refuerzan esta realidad es la ausencia de rigor entre los mismos poetas, sumado al afán propagandístico de muchos que pelean a muerte por una invitación a cualquier encuentro de poesía que haya, no importa el lugar, hacia el más allá se dirige el poeta peruano promedio con tal de que se hable de él.
A pesar de esta realidad, este año se han publicado poemarios que nos pueden no brindar una esperanza, pero sí una posibilidad que nos encauce a la tradición a la que pertenecemos. Se hace necesario que el poeta peruano, joven y de experiencia, asuma el ejercicio de la poesía como si fuera un primerizo, dispuesto al asombro y al trabajo con el lenguaje que deje de lado la mera inspiración. Como lector de poesía peruana, me da lo mismo quién sea el que escriba. A todos los asumo como primerizos, como poetas en ciernes. Solo bajo esta estrategia he encontrado poemarios que me han gustado y que reflejan una proyección de sus autores, he hallado poetas de verdad en lugar de toparme con patas y flacas que quieren parecer poetas. Además, justo es señalarlo, si estos poemarios que me gustaron pertenecieran a otra tradición, a cualquiera de Latinoamérica, no lo pienso mucho: la romperían, o en todo caso, resistirían el fugaz olvido.
Sin orden de preferencia: Siete días para la eternidad de Eduardo Chirinos, Cuaderno extranjero de Enrique Sánchez Hernani, Un incesante vacío de Wilfredo Lévano, Leche derramada de July Solís, Construcción civil de Willy Gómez, Izquierda unida de Álvaro Lasso, Rock and Roll de James Quiroz, Póstuma(mente) de Eduardo Cabezudo, Sobrevivir es un acto de invierno de Ana María Falconí, El aleteo azul de la mariposa de Pedro Novoa, Lección de las aves de Eduardo Reyme, Autorretrato del piloto de Paul Forsyth, Ciudad ajena de Patricia Colchado, Discursos interiores de Ana Mónica Vílchez, Atado en oréganos de Paul Condorena, Diseño de interiores de Jossimar Cavalier, La máquina de matar fascistas de Fernando Pomareda, La destrucción es blanca de Myra Jara y paramos de contar.
Ahora, lo mejor que en materia poética nos dejó el 2015 vino por cuenta de los pilares y referentes de nuestra tradición poética. Estos pilares llegaron a los lectores por medio de compilaciones, reediciones y obras completas.
No soy fan de Luis Hernández, pero vaya que este poeta tiene hinchas. Hernández nunca ha tenido lectores, eso lo tengo muy claro. Que no nos extrañe el éxito arrollador de la poesía publicada en vida del vate, Las islas aladas. Celebremos el rescate de Symbol, mítico poemario de lisergia verbal de Roger Santiváñez. Lo leí con fruición, una y otra vez. Este es el Santiváñez que va a quedar.
Uno de los poemarios de José Watanabe que no se podían encontrar y que ahora tenemos en una edición pulcra y bien cuidada, El huso de la palabra. Para muchos, se trataría del rescate editorial del año. Obviamente, imposible pasar por alto la publicación de Poeta en Lima y Poeta en Roma, los dos primeros volúmenes de cinco, de la obra completa de Jorge Eduardo Eielson. No exageramos, estos dos libros significaron todo un acontecimiento y son pruebas fehacientes de la vigencia de Eielson entre los lectores de poesía peruana. Este artista integral no solo es una voz para los lectores en ciernes, su epifanía no conoce de generaciones y haríamos bien en sindicarlo como el poeta peruano más influyente de los últimos treinta años. Eielson se ha convertido a la fecha en un sentimiento, se ha convertido en un hacedor de fetichistas. Todo lo relacionado a Eielson genera un rotundo interés. Hasta los polos y llaveros de Eielson se acaban.
Soy testigo del ánimo devorador de los lectores por César Moro. Es cierto que estamos hablando de una voz canónica de nuestra tradición, pero el acceso a su poética era no menos que limitado, además, se había convertido en una leyenda a cuenta de las anécdotas que se contaban de él, como la que hizo Vargas Llosa en su momento. Felizmente, y para bien de los lectores de poesía no solo peruana, la publicación de la obra poética completa del vate debe ser celebrada por todo lo alto, mas no se trata de un logro aislado, porque si hoy en día Moro se ubica en el lugar que merece, es gracias a la labor de rescate que se hizo desde mediados de los noventa. El rescate no vino por cuenta de los celadores de la academia, sino por voluntad de estudiantes de literatura de San Marcos y la PUCP, que empezaron a transcribir los poemas de Moro y a escribir sobre él, proyectando un interés que volvió con fuerza a las cátedras después de años de inexplicable ninguneo. El esfuerzo valió la pena y su legitimidad es saludada hoy en día por lectores y especialistas. Además, su poética no se alimenta únicamente de la poesía, también de las artes plásticas. Moro inagotable, pues.

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Ha sido un año curioso.
Muy curioso en reediciones, si gustas, también las puedes llamar reimpresiones, segundas ediciones…
El problema pasa cuando se quiere vender una segunda edición y reedición como si fuera una prueba de legitimidad literaria.
Comienzo por lo que vale, por lo que hay que saludar y destacar: Por qué hacen tanto ruido de Carmen Ollé, Salón de belleza de Mario Bellatin, Babel, el paraíso de Miguel Gutiérrez, Escuchando tras la puerta de Harry Belevan, El cazador ausente de Alfredo Pita y Generación Cochebomba de Martín Roldán Ruiz. En distinta medida, hablamos de clásicos contemporáneos de la narrativa peruana. Cada uno de estos títulos ha tenido un viaje peculiar a lo largo de los años. A la fecha nadie puede discutir lo canónico que es el libro de Bellatin, no solo para la narrativa peruana, sino para la escrita en español. La novela de Ollé ahora será leída y no únicamente citada, siendo pues un título bisagra en la poéstica de la autora. Y la tribuna ya debe estar celebrando la reedición de Babel…, la estupenda novela del autor piurano. Para muchos estudiosos de la obra del escritor, esta novela es la que refleja la maestría narrativa de Gutiérrez, la dosis exacta de su magisterio. Belevan regresa con su clásico cuentario, la relectura del mismo ha corroborado mis sospechas, puesto que su libro no ha envejecido nada y debe leerse por su calidad literaria más allá del registro al que pertenece. El mismo ánimo celebratorio habría que proyectar con la mejor novela de Pita. En el caso de Generación Cochebomba he sido testigo del público cautivo que ha ido formando el autor. Esta cuarta edición conoció el éxito de las anteriores. Una de ellas, la segunda si no me equivoco, estuvo plagada de errores, que felizmente no atentaban la fuerza y nervio de la narración, errores que no se cometieron en las dos ediciones posteriores, porque los editores de Colmena cambiaron de oficina, abandonaron las mesas del bar Don Lucho por un ambiente ajeno a las distracciones. No pasemos por alto la edición española de GC, por cuenta de Pepitas de calabaza.
Bajo la estrategia del susurro han aparecido otras reediciones y segundas ediciones. Hablamos de estrategias mal hechas, que no cumplen su fin, que no es el literario, sino uno vacío y plástico, que es convertir a su autor en una voz importante. No es poca cosa una segunda/tercera edición, que bien llevada, es un paso firme en la trayectoria del autor, una constatación del interés del lector. Al respecto, pienso en Austin, Texas 1979 de Francisco Ángeles y La ciudad más triste de Jerónimo Pimentel. Pueden gustar o no, pero es evidente que siguen generando interés, por algo vuelven al mercado. Hasta aquí, todo bien. Pero qué pensar cuando libros mediocres y encima aburridos, a lo mejor bien escritos pero que no transmiten nada, se lanzan con una segunda edición sin tener justificación literaria ni comercial, veamos el caso de La felicidad es un arma caliente de Víctor Ruiz. Tenemos dos opciones para intentar comprender este fenómeno literario o pendejada travestida de legitimidad: o bien Ruiz tarjeteó la primera edición (a saber, yo recibí tres ejemplares del libro, claro, no me los dio Ruiz, los recibí en sobres manila a mi nombre, uno cada dos meses; o sea, si yo, que he dicho lo que he dicho de Ruiz, recibía un libro suyo, fácil ha recibido su ejemplar hasta el tío “Cienfuegos” del bar Monarca) o como señala la leyenda urbana: que Ruiz embaló tres cajas gigantes de leche Gloria, en las que se encuentran 400 ejemplares de la primera edición, cajas muy bien escondidas debajo de su cama.
Pues bien, yendo a lo serio: la reedición excluyente de este 2015 es la publicación en un solo volumen de los dos primeros libros de Marco García Falcón, el cuentario París personal y la novela El cielo de Capri. Esta clase de publicaciones las he visto muy pocas veces en la narrativa peruana. Trato de hacer memoria y lo cierto es que no encuentro un antecedente. Celebremos este libro que nos pone en primer plano a un narrador serio y con oficio, que ha ganado un lugar de importancia en la narrativa peruana contemporánea si caer en el lustrabotismo y el relacionismo. García Falcón es La prosa más sólida de la narrativa peruana de este siglo.

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Llevo años prefiriendo la no ficción, ese gusto se ha reforzado también en cuanto a las publicaciones peruanas. Cuando se habla de no ficción se usan muchas definiciones, cada una de las cuales con la clara intención de defender un registro en específico. Como lector no me hago problemas al respecto, pues siento que pierdo mi tiempo. El placer de la lectura es uno y hacia ese placer debe entregarse el lector. Lo otro, la definición que nos lleve a la esencia de su bastardía, se la dejo a los autorizados.
Como dije, yo prefiero el placer el texto.
A diferencia del anteaño pasado, en el 2015 no he leído un libro que me haya dejado totalmente satisfecho. No obstante, varios títulos me gustaron, aquí van: La poética nodal de Alex Morillo, trabajo sobre Eielson, en donde constatamos la intención del autor de escribir no solo para los entendidos, sino también para el lector de a pie. Al respecto, debería propiciarse más la publicación de libros de divulgación, que no carguen el lastre de la jerigonza académica entendida a lo mucho por diez gatos. Julio Ramón Ribeyro. Las respuestas del mudo de Jorge Coaguila, que en esta cuarta edición aumentada se corrobora una vez más el creciente interés que no solo yace en la obra del escritor, sino en los títulos que abordan su figura y poética. Ribeyro se ha convertido en un imán, algo que no debe sorprender ya que Ribeyro tiene lectores con tendencia al fetichismo. Esta publicación nos sumerge en el mundo íntimo del escritor por medio de las entrevistas que más han hurgado en su manera de ver la vida y en su método de escritura, encontrando un rasgo recurrente, solo entre los grandes: hacer sencillo lo que se pinta de difícil. Sumemos también Autobiografía del Perú Republicano. Ensayos sobre historia y narrativa del yo de Marcel Velásquez y Ulrich Mucke, 1945. Jorge Eduardo Eielson. Vida y canción en Lima de Paulo César Peña, Incendiar la pradera de José Luis Rénique, El cine peruano en tiempos digitales de Ricardo Bedoya, El mundo al revés de Julio León, Saña. Apogeo y destrucción (1563 – 1720) de Jorge Zevallos Quiñones, La rebelión de Túpac Amaru de Charles Walker, Confesiones de un lector de Alonso Cueto, Tránsitos de Alfredo Dammert, Marginalia de Carlos Yushimito y Puente aéreo de Gustavo Faverón.
Un comentario aparte merece Mitad monjes, mitad soldados, sólida investigación periodística de Pedro Salinas y Paola Ugaz. Si la memoria no me falla, es la primera vez que un libro peruano genera un remezón más allá de su lectura, completando de esa manera la intención de su publicación. Si el libro pasaba como una “sólida investigación”, su vida no iba a durar más de lo que la publicidad le pudiera ayudar, mas esta vida se anuncia como larga y esperamos que pueda cerrar su círculo: llevando a la cárcel a aquellos que arruinaron las vidas de decenas de jóvenes.
Seguramente, lo que vaya a decir generará alguna molestia, pero no puedo dejar de recomendar César Vallejo. Una biografía literaria de Stephan Hart. Libro publicado en el 2014, pero que no tuvo la resonancia que merecía, en parte por dejadez de los medios como también por la pobre logística en su distribución. Más de un lector se preguntaba por qué nuestro poeta más grande, voz esencial de la poesía mundial del Siglo XX, no tenía una biografía que por lo menos intente dar cuenta de su legado que sigue generando incontables interpretaciones. Las biografías locales que aparecían sobre Vallejo no eran más que flojos resúmenes de los lugares comunes que ya conocíamos. En el ensayo y la crítica Vallejo sí ha inspirado buenos trabajos, pero se reclamaba una biografía y esta vino por cuenta de un crítico literario inglés, es decir, de una pluma que pertenece a una tradición en la que sí hay biógrafos, en la que se considera a la biografía como un género literario al nivel de la narrativa y la poesía. A lo mejor esta biografía no sea del todo perfecta, puede perfeccionarse en futuras reimpresiones. La literatura peruana tiene el lujo inmerecido de abrigar a una apreciable cantidad de voces de primer orden en el imaginario hispanoamericano, que por más que uno se pregunte, no entiende cómo es posible que no hayamos germinado una tradición inscrita en la biografía. Nuestros grandes escritores merecen biografías que les hagan justicia.

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¿Qué podemos decir de la tibieza promocional que ha obtenido Morar en la superficie de Carlos Germán Belli? ¿A quién responsabilizar por tamaña dejadez hacia el último título de nuestro mayor poeta vivo? ¿Seguramente los responsables son los llamados críticos literarios que no salen a buscar libros y que solo se conforman con lo que les mandan las editoriales? ¿Culpa de los tan llamados lectores de poesía que piden justicia literaria para sus poetas preferidos, entre los que se encuentra Belli? ¿Acaso es culpa de la prensa cultural en medios, cuyos integrantes en vez de portarse como periodistas se portan como aguiluchos hambrientos a la caza del primer sanguchito triple en los saraos literarios? ¿A lo mejor la culpa la tiene Manuel Burga y no nos hemos dado cuenta?
Morar en la superficie es uno de los libros más bellos que haya podido leer en años. No solo Belli hace gala de una prosa inteligente, sino que a esta se agrega un componente que solo encontramos en la esencia de los libros clásicos, en esos libros llamados a acompañarnos toda una vida, es decir, una sabiduría que te hace una mejor persona. Y no, no te confundas, con esto de mejor persona no me refiero a la autoayuda al revés, sino a la sabiduría que encuentras en la confrontación que te depara la experiencia de la palabra. Belli escribe estas prosas desde la sencillez del que se asume como grande.

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Meses atrás un artículo de Fernando Ampuero, “La generacións post”, despertó una encendida polémica entre los escritores peruanos. En ese texto el autor daba cuenta de las señas y cotos que definen a los escritores peruanos que han aparecido desde el 2000. Para variar, esa encendida polémica tuvo lugar en el terreno en donde el escritor peruano último se yergue como el bacán del barrio, el man del bar, el chucha de la cuadra, el faite de la avenida, el vivazo de la carretera, es decir, en la valentía que encuentra en la privacidad del Inbox del face. Quien esto escribe se topó con más de un escritor que vino a llorarme a la librería porque su visibilidad como narrador se había puesto en entredicho ante el ninguneo del autor, algunas escritoras, un poco más radicales, decidieron quemar los libros que Ampuero les había firmado y en un acto extremo, de radicalismo consecuente contra el ninguneo, decidieron retirar los Likes de las fotos en donde aparecía el autor de Malos modales. Ese artículo jodió a muchísima gente, incluso a los que fueron mencionados en él, que no estuvieron del todo de acuerdo con el planteamiento del texto y las líneas argumentales en las que se sustentó el mismo.
Lo lógico hubiera sido que un panorama sobre la nueva narrativa peruana, o sobre aquellos gestos y pequeñeces que identifican al nuevo narrador peruano, sea abordado por un crítico literario de oficio, que tanto vienen reclamando algunos, cuando lo cierto es que estos están desconectados de la producción literaria peruana de los últimos años. En lo personal, más de una vez he tenido que escuelear a más de un literato de oficio que no tenía idea, a saber, de un novelón como Sueños bárbaros de Rodrigo Núñez Carvallo, que no sabían cómo calificar Bombardero de Czar Gutiérrez y en el colmo de los casos, que no pasaban de Los extramuros del mundo de Verástegui. Mas ese no es el problema con los críticos de oficio, porque ese escollo se arregla leyendo y poniéndose al día. El problema mayor es su falta de credibilidad a razón de una evidente demagogia que ponen de manifiesto al hablar de los libros de sus amigos y el nulo manejo de un lenguaje de divulgación que les permita ofrecer al lector una visión enriquecedora del libro que les toque comentar. El crítico de oficio arrastra la misma tara que el crítico de medios: cuida sus palabras y no dice lo que en verdad piensa.
Por ello, un artículo como “La generación post” solo lo pudo escribir Ampuero, es decir, un lector. Así nos guste o no el autor, es de los poquísimos que en realidad dicen lo que piensan y es en base a esa postura que el artículo generó la bulla que generó, así esta haya sido silente. Presenciamos una postura en un medio de referencia cultural del país y esa postura es la que, para bien o para mal, servirá de base para los interesados en escribir de la narrativa peruana de estos últimos tiempos. Si un texto como el de Ampuero lo escribía otra persona, ese texto iba a quedar más temprano que tarde en el olvido, puesto que sería uno contaminado de demagogia, incapaz de brindar una línea descriptiva que pueda ser entendida tanto por el lector experimentado y aquel que recién comienza a interesarse en los nuevos nombres de la narrativa peruana. Un texto de ese calibre solo podía escribirlo un pata leído y con harta con calle. Mérito de Ampuero.

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Nadie en su sano juicio va a negar el pésimo nivel de la crítica literaria local. Como deslicé líneas atrás, es sabido que el problema de esta no es el nivel, sino su carencia de legitimidad. Cuando se habla del estado de la crítica, se piensa en la que hay en los medios y no sé por qué no se dice nada de esa crítica que se hace en la academia, si esta también carece de legitimidad a razón del mal común, nada nuevo por cierto: el amiguismo y el relacionismo.
A diferencia de otros años, este 2015 ha tenido la peculiaridad de la conformación de grupos de críticos que obedecen a la más variopinta gama de intereses. Hasta podría decirse que los escritores juegan en pared con los críticos que han posicionado en los medios. No hay pues una crítica independiente que se ocupe de los libros y que los juzgue en base a sus méritos y defectos. Eso es lo que he podido ver este año, los bandos críticos que juegan en pared con sus patrones, topándonos con reseñas positivas que no eran positivas en cuanto al libro en cuestión, sino que esta iba dirigida a atacar al patrón del otro bando. El sentimiento menor como combustible al momento de emitir una opinión valorativa. Claro, esto siempre ha ocurrido, pero este 2015 el asunto se ha pintado como una frívola destinada a celebrar mediocridades.
De esta realidad puede librarse en algo José Carlos Yrigoyen, el crítico de libros de Perú 21. Con aciertos y caídas, Yrigoyen ha demostrado una coherencia, coherencia que en un circuito normal sería lo natural, pero que esta realidad nos hace ver como si fuera una cualidad. Necesitamos más voces críticas que hagan gala de una coherencia argumentativa y que no se chupen a la hora de comentar. Si me preguntaran por un crítico literario a quien me gustaría ver en medios, no lo pienso mucho, recomendaría a Lenin Pantoja, un crítico serio, que no se casa con nadie y al que no sé por qué no se le brinda el espacio que merece. A lo mejor los críticos serios también necesiten tomar clases de autobombo y también seminarios de relacionismo, cosa que así sepan cómo venderse ante el editor de la página cultural de un diario o de una revista física o virtual.
Así como Zavalita se pregunta en qué momento se jodió el Perú, haríamos un sano ejercicio en aplicar la pregunta al estado de la crítica, aunque no sería más que un ejercicio baladí, porque un breve repaso en su historia nos ofrece una realidad que lleva años sin cambiar: la crítica nunca ha dejado de estar jodida. Pero la crítica actual ha caído, como nunca en su historia, en la frivolidad amiguera, en el mal gusto, antes por lo menos se hacía el intento de aparentar objetividad, en cambio ahora ya no se respetan los decoros, ni las distancias, ahora el crítico es el chochera de sus autores reseñados, es parte de la chupeta del fin de semana, el padrino/ahijado de momento, el utensilio de plástico de la pollada que se tira al tacho. En este festín juega un papel esencial el autor, que promociona la hazaña de su Ewok, calificándolo de serio, leído y tantas huevadas más.

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Con sus aciertos y desaciertos, siempre he considerado a Ricardo González Vigil como el crítico literario del Perú. Todos hemos sido testigos de sus excesos de entusiasmo, de sus edictos motivacionales disfrazados de reseñas. A razón de ello, desde la academia lo tildaban de impresionista y hubo alguno que se burló de él en una revista a razón de sus antologías, pero este burlón no dudó en celebrar la inclusión de su libro en el recuento literario. Pues bien, este pequeño gran detalle es lo que me gustaba de González Vigil, puesto que no se hacía problemas y no se dejaba carcomer por los sentimientos menores (a excepción del prólogo de la última edición del Cuento peruano de Petroperú), leía libros, no personas, aunque sí se daba cierta maña para  dejar sus chiquitas, por ejemplo: colocando a un escritor con el que tenía discrepancias entre tanto desconocido. Los recuentos del crítico iban más allá de una selección de los mejores libros del año, eran más que nada catastros que no dudaba en celebrar. Todos los años eran maravillosos para González Vigil. Pero repito: en González Vigil no había sentimientos menores y eso es algo que siempre voy a destacar en él, que no es más que una prueba de honestidad hacia su trabajo, porque él sabe, y mejor que nadie, que sus catastros serán los documentos a revisar por los interesados en la historia de la literatura peruana. Si sé algo de la tradición literaria peruana, se lo debo a sus catastros.
Hasta hace no mucho González Vigil tenía un espacio para reseñar en El Comercio. Su salida, al menos para los que lo seguíamos, fue abrupta. Ese espacio ahora lo ocupa el narrador y crítico José Guich, de quien tengo las mejores referencias personales porque compartimos muchos amigos y conocidos en común. Si yo tuviera un problema existencial, no dudaría en recurrir a Guich porque es un tipo comprensivo que sabe escuchar. Si necesitara de su ayuda para una labor social, él no dudaría en apoyarme. Sin embargo, lo que nunca me ha gustado de Guich como crítico literario no es solo su demagogia al momento de reseñar, sino también la exhibición de sus sentimientos menores que entran a tallar a la hora de valorar un libro, y si esta valoración viene con el plus del discurso de izquierda, tanto mejor. Ni hablar de sus amigos escritores, que son lo máximo (no seas tan obvio, hijito). Basta un recorrido por sus reseñas publicadas ahora en El Comercio y antes en otros medios para tener una idea clara de lo que estoy diciendo. La salida abrupta de González Vigil del Comercio y la entrada de Guich, la entendemos así en términos peloteros: se le quitó la banda de capitán a Héctor Chumpitaz para entregársela al “Chani” Cáceda.

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Este 2015 he participado en varios eventos literarios, como el que organizó el narrador Pedro Novoa, “No oyes ladrar a los perros”. No es la primera vez, ni será la última, en que me toque compartir mesa de discusión con escritores que no necesariamente tengan que pensar igual que yo. De las cosas que dije en ese evento, y que también he dicho en otros en cuanto al poder abusivo y pintado de malsano de las grandes editoriales, es que los males editoriales del país no son propiedad exclusiva de estas, puesto que es momento de entender que las grandes casas editoriales, aparte de intentar ofrecer libros de calidad, ante todo tienen que facturar. Ese es el punto, son un negocio y hacia ello apuntan. Otra cosa muy distinta es que se crea al pie de la letra lo que estas nos quieran vender y lo peor, que no se haga ningún señalamiento de su posible baja calidad.
Lo que sí veo como un peligro es el silencio cómplice de muchísimos escritores que saben sobre los chanchullos de contados pero muy relacionados editores de sellos independientes, que vienen haciendo negocio con gobiernos regionales y sedes culturales del estado. Se ha formado una red hermética destinada a beneficiar a un grupete de editores independientes, pasando por alto convocatorias y licitaciones, facturando como si las huevas 40 mil, 30 mil, si es que se sabe hacer, y si eres monse, 20 mil nuevos soles. Claro, alguno dirá que eso es gracias a la habilidad del editor, cuando lo cierto es que esa “habilidad” de poco o nada sirve cuando hablamos del dinero del estado, es decir, del dinero de todos los peruanos. Lo mínimo que se tendría que exigir es un mínimo de claridad, que se escoja la mejor propuesta editorial, que no se elija al sello a dedo por el simple hecho de que el editor les haya vendido pajaritos en la cabeza a los irresponsables encargados de los fondos de los gobiernos regionales y de las sedes culturales del estado. Uno no diría nada si se tratara de dinero de una empresa privada, pero este no es el caso. Este grupete está integrado por lobbistas con importantes contactos en medios y en instituciones culturales. Como dije líneas atrás, sus tentáculos llegaron hasta el Hay Festival de Arequipa y amenazan con organizar ferias internacionales del libro en paralelo a la CPL. En lo personal, no veo nada de malo que organicen ferias internacionales de libro sin depender de la CPL. Pero si se va a hacer, que lo capitanee gente limpia, sin anticuchos, sin autores estafados y con toda la voluntad de promocionar la lectura. No hay nada de malo en ganar dinero, esto es un negocio, el mundo editorial lo es.
Veamos lo que sucedió hace unas semanas en la Feria Internacional del Libro de Trujillo, que por más buena voluntad que haya habido de parte de algunas personas que trabajaron en ella, poco o nada se podía esperar si uno de sus artífices era la manzana podrida. Esa feria salió desorganizada, improvisada, y fue todo un fiasco/fracaso en convocatoria de público, es decir, los expositores no vendieron lo que esperaban, siendo Trujillo una plaza importante para la promoción del libro. Eso es lo que ocurre cuando se anhela dinero a lo bestia, cuando la única preocupación es cobrar el alquiler de stands, descuidando la logística compleja que conlleva organizar una feria.
Hay que señalar esta clase de chanchullos en el espectro de las editoriales independientes todas las veces que sea posible y sé que no estoy solo en este reclamo. Me reconforta saber que al final se hará justicia con la ayuda moral, coherente y denunciante del futuro presidente del Perú, así es, de nuestra pequeña gran esperanza, el único, el incomparable “Chiboliné du France”. “Chiboliné du France” está al tanto de estos cambalaches y de inmediato pondrá orden, como quien hace prácticas mismo jefe de estado. Faltaba más, si “Chiboliné du France” pone en jaque a las mineras abusivas, si gracias a él Fujimori aún sigue en la cárcel, con mayor razón se cargará  a esta escabechada de relaciones que tanto daño le hacen al honesto trabajo de los editores independientes peruanos, que no van a ser perjudicados por la “habilidad” de unos cuantos. Qué sería de los peruanos sin la coherencia y protección denunciante de “Chiboliné du France”…
Las editoriales independientes vienen agrupándose en una entidad llamada EIP. Ha pasado buen tiempo desde que me encontrara con su presidenta en un ascensor y espero que haya entendido lo que le dije, más en serio que en broma: hace falta una fumigación moral en esa entidad, hasta un matamosca sirve para separar o poner en línea a esos editores sinvergüenzas que atrofian un proyecto colectivo en el que sí encontramos lectores que editan y que quieren hacer dinero en buena lid, jugando limpio y que no se prestan a las prácticas lobbistas de unos sinvergüenzas que hablan como huevones (si quieren saber a qué editores me refiero, escuchen la entrevista que me hizo Gabriel Rimachi el 22/4/2015 en Lima Gris).
Señalemos lo siguiente: las editoriales independientes están en deuda. Este 2015 no han publicado ni un solo libro que podamos catalogar como El Libro, algo que sí sucedía años atrás, en donde estas ofrecían una saludable oferta de títulos que impedían que la hegemonía comercial de los grandes sellos haga lo que les venga en gana con los lectores.
De lo visto este año, me quedo con la labor de dos editoriales, uno independiente y el otro grande. Aplaudo lo que hace la gente de Celacanto y sé que la labor de sus editores no es del todo bien vista por los demás editores independientes, pero más allá de estas posturas encontradas, haríamos mal en mezquinar lo que viene ofreciendo, que tiene el objetivo de dirigirse a una comunidad de lectores, editando para esos lectores, obsequiándoles sus libros, libros para que sean leídos, apreciados y discutidos. No sé en qué viaje psicodélico estén sus responsables Paul Forsyth y José Miguel Herbozo, pero lo que siguen haciendo con este sello es una prueba de que no todo está tan emputecido en las editoriales independientes peruanas.
Lo que diré a continuación hará que más de uno suelte un “putamadre, ya la cagaste”. Y no lo digo porque quisiera estar en una editorial grande (la verdad, ni me interesa), lo digo porque me remito a los hechos. Pregunto, en sentido pelotero: ¿cómo se veía en el Perú a la editorial Planeta hasta el 2014? Pues bien, Planeta era una poderoso equipo fútbol que realizaba campañas mediocres, peleando la media tabla, tentando a las justas una Sudamericana, con fichajes risibles, y la cerecita: este poderoso equipo de fútbol era más conocido por sus fiestas en las que se podía chupar y comer gratis y bailar hasta las últimas consecuencias. ¿Me equivoco, señores? No creo. Una somera mirada a las publicaciones más destacadas del año tienen en Planeta a la editorial responsable de las mismas. Planeta la rompió. Al respecto, no creo que haya un secreto de por medio, es solo trabajar y trabajar, más una cualidad escasa en la industria editorial peruana, que es tener a un voraz lector como editor. Jerónimo Pimentel es un voraz lector que edita. Conversé con él durante la última edición de la feria Ricardo Palma. Me nombró a los autores que publicará este 2016. Un nombre llamó mi atención. Cuando el libro del autor en cuestión se publique, más de uno va a tener que pensar dos veces antes de lanzar críticas alimentadas por el resentimiento y, cómo no, en la frustración, porque muchos escritores que critican a los sellos grandes lo hacen porque sus textos han sido rechazados.

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He visto con mucho agrado la actitud de nuevos narradores que han luchado contra la desatención de los medios. Saben lo que buscan, que su obra sea conocida y así comenzar a forjar lectores. No importa que su libro haya sido publicado en años anteriores, no se cansan y persisten. Esto ocurrió con Luiz Carlos Reátegui al promocionar su novela Isabella Nápoles. Creo que la estrategia empleada por l autor debe ser imitada por muchísimos escritores, en especial por aquellos que se quejan de la falta de atención de los medios. Si los medios no vienen, uno debe ir a ellos, pero más que nada al lector, que será el que al fin juzgue lo que uno escribe. No soy de salir mucho, pero me he topado más de una vez con Reátegui en las mismas calles, conversando con la gente de su libro. En Perú los libros no se mueven solos. Pero no te confundas: lo que hizo Reátegui no fue una variante del lustrabotismo, la práctica por excelencia de los escritores que no tienen nada que decir en sus libros. Lo mismo podría decir de Gustavo Vargas al promocionar su novela El gato del pueblo.
No puedo ocultar mi alegría y satisfacción cuando me entero de la aparición de un escritor que gana legitimidad jugando limpio. Este el caso de Carlos Arámbulo y su cuentario Un lugar como este. Este libro ha experimentado un tránsito peculiar, pasó desapercibido en principio, y quienes lo leímos supimos que no solo Arámbulo era un narrador talentoso, sino uno que respeta su oficio. En sus relatos queda patente la tradición de la que el autor se alimenta. Arámbulo no se hizo problemas y envío varios ejemplares de su libro al Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. Un día lo llamaron de Colombia para comunicarle que había quedado finalista junto a Gabriela Alemán, Mauricio Electorat, Magela Baudoin y Juan Villoro. Arámbulo no ganó el premio, pero sí lo que muchos narradores no ganan por andar entregados al sobadismo, o sea, credibilidad como autor. En Youtube puede verse la ceremonia de premiación, otra cosa, como para dejarse de huevadas.
Una característica que está pasando por alto es la consolidación de una estupenda revista literaria. Sabemos que Buensalvaje ya se ha consolidado, pero hay una que también lo ha logrado, en silencio. Me refiero a Lucerna. Lucerna va  dirigida a un lector más cuajado, tiene un espíritu de divulgación, sí, pero en sus páginas hay un lugar bastante generoso para los ensayos y estudios, algo que siempre voy a atender teniendo en cuenta que hasta las revistas tradicionales son presas del límite de espacio. A esto sumemos que en Lucerna también se muestra una política a imitar: con la compra del ejemplar obtienes un libro de obsequio. Eso es formar una comunidad de lectores. Saludos para su director Julio Isla Jiménez, a quien además catalogamos de excelente dramaturgo, esa es la impresión que me dejó El sueño de Noé.
En la tradición literaria peruana puede apreciarse la aparición de grupos y movimientos literarios a lo largo de su historia. Los hemos tenido de todos los colores y gustos. Obviamente, solo quedan los que han ofrecido y mostrado algo más que manifiestos, actitudes contestarías y terquedad discursiva. Quedan y quedarán  los que han entregado talento y coherencia. En muchos años no veía un grupo de escritores tan adictos al oficio narrativo hasta dejar la piel y la sangre en lo que escriben. Me refiero a los Zepita Boys, grupo narrativo integrado por Joe Iljimae, Eric V. Álvarez, Javier “El caminante” Arnao y Juan Cavero. En este 2015 han publicado muchos artículos y ensayos en los que podemos notar la estética narrativa que profesan. Y sé también que son una presencia incómoda para algunos escritores del circuito literario local. Dicen lo que piensan y no se arrodillan ante nadie. Sé que más de uno se los ha querido bajar a causa de su juventud, pero los Zepitas no se sienten menos, ya que ellos han ganado concursos literarios, por ejemplo, el último Premio Copé de Novela de Cavero con La ruta de los hombres silentes.

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Siempre he sido de la idea de que el mejor homenaje que le podemos hacer a un escritor que fallece es leerlo. Esto es lo que deberíamos hacer con los libros de Julie de Trazegnies y Carlos Calderón Fajardo. De Trazegnies publicó un estupendo libro de relatos llamado Maldita sea. Tuve la suerte de contar con un relato suyo para una antología de narradoras peruanas que publiqué en el 2011 y sabía que venía escribiendo una novela, no sé si la terminó, mientras tanto, sugiero una reedición de su cuentario.
A todos nos afectó la repentina muerte de Carlos Calderón Fajardo. Quizá sea uno de los escritores peruanos más prolíficos, además, no le rehuía a los registros, de él podíamos esperar novelas que iban de lo policial a lo metaliterario, del terror psicológico al corte histórico. Sinceramente, nunca he visto un escritor tan completo como él. Por otro lado, los celadores de la literatura nunca le otorgaron el sitial que merecía, algo que le extrañaba porque se asumía como un escritor importante. Sin embargo, en las últimas comunicaciones que tuve con él, lo percibí muy tranquilo sobre ese punto. Ya no le interesaba, simplemente no esperaba nada de la mezquindad local, porque sabía que había ganado lectores que lo admiraban. Carlos llegó a sentirse reconocido por lectores de todas las edades y fui testigo de ello. Cada día estoy más convencido de que Carlos consiguió la posteridad. Quienes lo apreciamos como persona y admiramos como escritor, debemos mantener vivo su legado: la persistencia en la escritura.

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He consignado los libros que considero que debo mencionar. Entre ellos encontramos imprescindibles, muy buenos, buenos e interesantes títulos. Todavía no leo las novelas El orden de las cosas de Iván Thays y Mongolia de Julia Wong, tampoco El octavo ensayo de Aldo Mariátegui. Los leeré en los próximos días y seguramente los comentaré.
Eso es todo, señores. 
Este salvaje ejercicio de memoria se acabó.



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