miércoles, febrero 24, 2016

"que levante mi mano quien crea en la telequinesis"

Se está volviendo costumbre llegar a nuestros autores favoritos por la vía no oficial. Más bien, accedemos a ellos por caminos paralelos que poco o nada tienen que ver con los que sí cobijan a los que escuchamos desde el colegio o la universidad. Estos autores aún no forman parte de ese gran imaginario de autores que tranquilamente pueden ser ubicados por el conocedor  y el sujeto informado.
En cuanto a referencia cultural, estos autores se ubican a años luz de un Hemingway, Sartre, García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Norman Mailer, etc., que pueden ser localizados de nombre sin necesidad que se les haya leído. Hablamos de una suerte de posteridad de mármol, de paganismo nacionalista, de religión posera, como gustes llamarlo.
Estos autores se cuelan en nuestra mente gracias a un pequeño esfuerzo del lector, la mayoría de las veces tejiendo puentes, buscando conexiones temáticas, como en esos días de inicios del nuevo siglo, días en los que buscaba ensayos y novelas sobre las guerras acaecidas en el Siglo XX, encontrando en un puesto de libros de Camaná “Matadero Cinco”. A partir de esta lectura, comenzó una búsqueda casi insaciable de los libros de Vonnegut, que a medida que iban pasando los años supe que no era tan secreto como pensaba, sino que gozaba de un envidiable reconocimiento entre un público lector y medianamente informado. Vonnegut fue un artista talentoso, como narrador, quizá uno de los más importantes de la segunda mitad del XX; como intelectual, uno que hablaba de lo que le venía en gana, pero siempre valiéndose del humor, la ironía y el punto de vista disidente.
Vonnegut no es de los autores que ingresarán al imaginario del gran público. No será reconocido por los hombres y mujeres de a pie, pero tampoco será el autor de sectas secretas como sí lo pueden ser Schwob y B. Traven, a saber. La galaxia Vonnegut es inestable, ingresa, sale, a lo mejor se establece en uno por temporadas y cuando menos lo piensas desaparece. Por eso su poética es dueña de una resonancia, por eso nos sigue mensajeando desde el más allá.
Este escritor gringo murió en 2007. Su muerte fue lamentada por no pocas plumas de nivel en el mundo entero. A partir de entonces se empezó un rescate de su obra, ya sea en reediciones y libros póstumos. El volumen que nos reúne ahora es una selección de los discursos de graduación que leyó a lo largo de su vida, una selección, por demás exquisita y edificante en todo el sentido de la palabra. No, Vonnegut no habla de la esperanza, ni de las más altas aspiraciones a las que debe llegar el ser humano.
Tengamos en cuenta que los discursos de graduación vienen siendo asumidos como todo un género literario. Son los alumnos que se gradúan los que eligen al escritor/intelectual/artista/científico que les leerá el discurso final antes de dejar la universidad. Es pues una tradición en la academia gringa, en la que, si nos ceñimos a los escritores, han leído discursos de graduación Foster Wallace, John Updike, Philip Roth, Vollmann, Doctorow y demás plumas medulares de la literatura norteamericana. 
El título escogido para esta publicación no pudo ser mejor, es genial, a secas: Que levante mi mano quien crea en la telequinesis y otros mandamientos para corromper a la juventud (Malpaso, 2014). Como se sugirió líneas arriba, en estos nueve discursos no estamos ante un Vonnegut que pontifica, sino ante uno que mezcla impresiones y experiencias naturales, es decir, en ningún momento habla desde la altura del exitoso y del sabio, sino que comparte sus dudas, temores y luchas con los alumnos que viven a lo mejor el día más dichoso de sus vidas. El autor conecta con ellos, y obviamente, también con el lector, a razón de la fineza irónica de su mirada y la sencillez/simplicidad de sus conceptos, hablando tranquilamente de la bomba atómica, Alfred Nobel, Philip Roth, Al Qaeda, Bush… a tópicos terrenales como el uso de los sombreros, los exámenes, las drogas, la música, el baile… Sentimos a un Vonnegut risueño, que gusta de lo que nos dice, pero que en ningún momento nos toma el pelo, sino que nos respeta, por eso nos habla así, por eso el lector, y de la misma manera que lo hicieron los alumnos que lo escucharon, tiene ganas de aplaudir por muy buen rato.

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