viernes, junio 03, 2016

narcoestado

Ayer en la noche, mientras regresaba a casa luego de tres horas de profunda investigación en la hemeroteca de la BNP, pensaba en lo imposible: ¿existe en el Perú algún fujimorista capaz de argumentar sin caer en el discurso del rencor y la prepotencia?
Mientras caminaba, recibo la llamada de una amiga, de la que no sé nada en no pocos meses. Esther es periodista y entre las cosas que me cuenta resalta el hecho de que los fujimoristas van a pagar 100 nuevos soles a los personeros que trabajarán el domingo. Ella acababa de salir precisamente de una capacitación de personeros naranjas, a la que fue de infiltrada,  siendo testigo de la logística verbal matonesca y llena de criollada con la que pretenden meter miedo y nervio a los otros personeros y miembros de mesa al momento de llevar a cabo el conteo de votos. En realidad, esta táctica no sorprende a los que estamos relativamente bien informados, sino que refuerzan los argumentos que tenemos sobre los fujimoristas, de sus dirigentes y simpatizantes, que no habría que relacionar con las clases menos favorecidas, sino con una política de vida en la que impera el “fin justifica los medios”.
Pero lo que más preocupación causa, es el peligro que representa Keiko para la historia del país. Su posible elección como presidente sería la instauración de un narcoestado, un narcoestado podrido desde sus mismas cabezas, que potenciaría aún más la actitud delictiva de aquellos energúmenos que no están en las esferas del poder. Felizmente, la gente comienza a sacudirse del estupor y esta sacudida tiene dos razones de peso: la primera, el éxito de la marcha, que congregó a más de cien mil personas. Esta marcha es la prueba palpable de una negativa de peruanos que deslindamos con todo lo que el fujimorismo representa. Y en este sentir, en esta confluencia de convicciones, quedan de lado las preferencias e inclinaciones políticas e ideológicas, imperando el principio de la libertad en democracia.
Reviso los diarios nacionales e internacionales. Los destapes relacionados al fujimorismo son contundentes. A Keiko Fujimori nunca le interesó deslindar del pasado gubernamental de su padre y no le interesó por la única razón de no sentirse responsable de nada, sino más bien justificada en las políticas fujimoristas noventeras que pretende ahora reingresar y accionar, liberando a su padre como primera medida a cumplir. Lo que más daña a la señora Fujimori, ese peso que aglutina toda variante inimaginable ligada al narcotráfico, variantes que van desde su propio hermano Kenji hasta uno de sus principales aliados, Joaquín Ramírez. Ni hablar de los ex agentes del SIN que vienen trabajando en la logística de su campaña. 
Por eso, ahora las encuestas, que se publican en el extranjero, ponen a PPK y Keiko en un empate técnico con una diferencia a favor de la rata naranja de 0.6 %, y esta tendencia crecerá a favor de PPK. Es una buena noticia, obviamente, pero por más buena que sea, no es justificación para caer en el triunfalismo, porque la tarea es ardua y desgastante. Y vale la pena la faena. Hay que seguir como lo hemos estado haciendo: convenciendo a los indecisos, comenzando por casa, con los amigos, conocidos y así, abarcando de a pocos. No vale la pena convencer a la masa naranja. La masa naranja no vale la pena.

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