martes, mayo 31, 2016

comodín

Cuando más se necesita del apoyo de todas las fuerzas políticas y de sus respectivas voces de influencia, ocurre el desplante de quienes tienen toda una vida dedicada al discurso del respeto a la democracia, que piensan más con el cálculo político que al amparo de las convicciones. Es decir, piensan con el culo.
Pienso pues en Alfredo Barnechea.
Los lectores del blog saben que en más de una ocasión me he referido en muy buenos términos a la candidatura presidencial del ahora hombre fuerte de AP. De lejos, era el más preparado, el más culto, hasta el más inteligente. Pero de nada sirven estas cualidades si no se cultiva la mayor de las cualidades, la cualidad humana, con todos los errores que esta pudiera tener, con todas sus taras, naturales por cierto.
Sin embargo, los años han pasado en vano por el alma del señor Barnechea. Tengamos en cuenta que él solo perdió la oportunidad de acceder a un mayor protagonismo en esta contienda electoral. De a pocos la patanería se hizo presente, esa mierdita que lo hace verse y asumirse como un ser humano superior, a quien hay que escuchar porque los demás somos menos. Barnechea obtuvo lo que mereció gracias a esa patanería innata que más de uno le conocía y que, en lo personal, callé porque creí que sí había cambiado, aunque sea algo, lo que para él sería mucho.
Hasta el momento, nada. Barnechea cree que el problema es el modelo económico, demostrando así una pésima lectura de la actualidad política. Tío, el problema central no es el modelo económico. Es evidente: el problema mayor es el regreso de una cadena dictatorial que convertirá al país en un narcoestado. Barnechea lo sabe, pero la soberbia puede más, esa sensación de canábica en base a orégano que le impide ver las cosas como son, esa soberbia que lo convierte en lo que no quiere: el zafio que solo ve su conveniencia, atento a los cambios de viento para ajustarse a ellos. Es decir, la esencia del comodín. 
Contra el fujimorismo no hay término medio. El apoyo político es importante, sin importar en qué ideología política te ubiques. Con el silencio de Barnechea, ya sabemos de qué está hecho, de puro verso sin coherencia.

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