miércoles, julio 06, 2016

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Me gustan todas las películas de Sidney Lumet. Bueno, todas las que he visto, que no son pocas.  Lo que no entiendo es por qué Lumet no está entre mis directores preferidos, entonces aguzo la memoria para dar con la razón y encontrar a qué se debe porque, lo repito, las películas suyas que he visto me han dejado satisfecho.
En la madrugada de ayer, cerca de las 2, me puse a ordenar y clasificar las películas que vería esta semana, gracias a ello fue que di con una película de Lumet que no había visto, The Anderson Tapes, de 1971.
Aunque comercialmente circula el tráiler por Youtube como  Supergolpe en Manhattan.
Sean Connery en su mejor momento, en una película menor de un director que sabía narrar, al punto que una película como esta, a la fecha, tranquilamente podría estar por encima de muchas de corte policial. Dylan Cannon, la mujer fatal que recibe al Anderson de Connery tras diez años guardado en la cárcel. Anderson quiere atracar el edificio de lujosos departamentos en donde precisamente vive Cannon, sin tener en cuenta que existe toda una red de escuchas por parte del servicio de inteligencia del gobierno…
Lumet es de los directores cuya mayor aspiración es narrar y en esta película se dedica a lo mismo que ha mostrado en sus otras películas: simplemente narrar.
No, no es una obra maestra. Pero sí me gustó. Es de esas películas que te dejan pensando sin pensar y me alegré de haberla encontrado, de haber hallado algo que para nada estaba buscando, porque lo que buscaba era una película de Spike Jonze para completar las películas de la semana y mientras hurgaba en el poético desorden de mis películas, encontré esta Lumet.
Después de hacer algunos apuntes de un libro de ensayo de Asimov que estoy leyendo, iba a prender la Laptop para seguir con los archivos, sin embargo, fui presa de un sueño profundo, que aproveché sin dudar y en una me metí al sobre.
Y ahora, más descansado, me levanto más temprano de lo normal y releo Entre cielo y suelo de Carlos Germán Belli. Anoto lo que debo anotar y de esta manera tener la idea central para la presentación de este poemario esta noche en Sur.
Me sirvo un poco de café y Onur comienza a joderme en la pierna. Lo hace con mucha vehemencia y lo entiendo, en tres días no he podido sacarlo a la calle y ahora es el momento, pues tengo un control de las actividades a realizar en el curso del día.
Le pongo su correa y salimos primero por nuestro parque y de a pocos por las calles del barrio. 
No hay nada que hacer: este falso pekinés es todo un espectáculo.

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