miércoles, julio 13, 2016

querido Miguel / querido maestro

No lo pensemos mucho: la literatura peruana acaba de perder a uno de los más grandes escritores de su tradición narrativa. Para quien esto escribe, Gutiérrez era el mayor narrador peruano vivo después de Mario Vargas Llosa, algo que en principio bien podría ser polémico, pero allí están las luces y los asombros que generaban sus libros para refrendar aún más ese convencimiento.
Quienes conocimos y fuimos amigos de Gutiérrez sabemos de su consagración total a la literatura, de su práctica diaria en el ejercicio de la escritura, como también de su gran voracidad lectora.
Eso, para mí: Gutiérrez era un gran lector que escribía.
Para tener una obra signada por la radiación decimonónica, había que ser un irredento devorador de libros, no solo de ficción, sino de historia, filosofía y sociología. Hablamos pues de una esponja que se nutría de la experiencia libresca y vital, actitud que también se dejaba ver al momento de plasmar ya sea por escrito y oralmente sus posturas políticas e ideológicas, que durante un tiempo hicieron que su obra y figura sean víctimas de la censura por parte de los guachimanes de los oficialismos culturales y literarios, censura que duró más de una década, tiempo que él no desaprovecho en el lamento ni en la queja, porque lo que hizo en esos años de “silencio” fue escribir, preparar su regreso al ruedo de la publicación, tal y como se manifestó a fines de los ochenta con Hombres de caminos.
De a pocos, y ajeno a los escándalos y afanes por llamar la atención, Gutiérrez fue ganando legitimidad literaria. A los sectores oficiales de la cultura y de la literatura no les quedó más remedio que incluirlo, en principio a media voz y tiempo después, sin temor alguno, como autor canónico de la narrativa peruana contemporánea.
Para ese entonces Gutiérrez mostraba una postura que obedecía a una razón poderosa: su alejamiento permanente de los saraos literarios, puesto que mucho tenía con sus proyectos de novela, sus ensayos (en los que la narrativa peruana última no quedó fuera de su interés) y sus horas dedicadas a la lectura.
Lector apasionado y escritor sin obstáculos. A saber, uno de sus accidentes de tránsito obedeció a que estaba leyendo una novela cuando cayó del estribo de una custer que lo llevó a La Cantuta donde ofreció una conferencia. O cuando tuvo el brazo derecho fracturado a razón de una caída en casa. Nunca se hizo problemas: el placer de la lectura y la pulsión por escribir se imponían en fuerza y voluntad. Es así que escribía con los dedos de la mano izquierda, mano que menos dominaba. “Avanzo de frase en frase, algo es algo mientras mi brazo derecho está así, no puedo dejar de escribir”, me dijo en una ocasión en su casa de aquella vez, en Lurín.
Y también fui testigo de su autocrítica, tanto en persona y leyéndolo. Pensemos pues en el prólogo de la segunda edición de La generación del 50: Un mundo dividido. No me hago problemas al respecto: había que ser muy valiente y dispuesto al autocuestionamiento. Gutiérrez lo demostró, como solo los grandes. Se cuestionó pero nunca traicionó los genuinos y solidarios principios que guiaban su pensamiento de izquierda, fidelidad que la vimos más de una vez por medio de ese factor que muy pocas veces podemos percibir entre nuestros intelectuales y narradores de izquierda: coherencia.
Las enfermedades, entre ellas el cáncer, se hicieron presentes en sus últimos años de vida. Si hasta entonces participaba muy poco en la vida literaria, ahora con los achaques de salud estas apariciones públicas sucedían muy contadas veces, siempre en compañía de Mendis, su mujer, amiga y agente, que cuidaba al detalle todo lo relacionado a su quehacer literario, la que le permitía ejercer su proyecto de forma despreocupada y concentrada.
Como bien saben los lectores de la librería, Gutiérrez participó a fines del 2015 en una de las ediciones en “Encuentros en El Virrey de Lima”. Cuando lo llamé para hacerle la consulta, no dudó en participar, porque él sabía que se iba a sentir como en su casa, porque en su casa se hablaba de pura literatura, en inacabables jornadas no ajenas a las diferencias de los pareceres literarios, pero siempre en aroma de sana discusión, con argumento y pasión.
Volvamos a las novelas y ensayos de Miguel Gutiérrez. Sigamos su coherencia. E imitemos su pasión por la lectura.

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Publicado en El Virrey de Lima


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