sábado, agosto 06, 2016

508

Mañana de sábado. Me encuentro solo en casa, porque mis viejitos se han ido donde mi hermano a recibirlo luego de una semana de viaje familiar. Voy al baño y me remojo la cara. Y con las mismas me dirijo a la cocina. En la refrigeradora, un generoso bisté. No lo pienso más de la cuenta. Freiré el bisté y también tres huevos.
Preparo una taza de café mientras el aceite calienta en la sartén. El aroma de la carne enciende los sentidos de Onur. Cuando el aceite está en su punto, pongo la carne, con suavidad, no la tiro como otra gente sí. Lo demás es pan comido. Le meto un poco de vino y listo.
Ahora sí, ese es el aroma que busco.
Desayuno rápido.
Luego de un fugaz descanso, dedicándome a leer Somos y El Comercio, La República y Exitosa, me meto a la ducha.
En mi escritorio, tengo los apuntes que hice en mi última incursión en la BNP. Me encuentro viajando en el tiempo, pero ese viaje me está dejando una suerte de picadura en la punta de la nariz. Por un momento, barajo la idea de usar mascarilla, aunque se supone que no es necesario debido a los buenos cuidados que los bibliotecarios hacen del material bibliográfico. La picadura se vuelve más insistente a medida que me rasco más. Me he estado rascando más fuerte de lo que podría hacerlo. Entonces me miro en el espejo. La punta de mi nariz en rojo intenso, como si mis fosas nasales hubieran sido partícipes de un endiablado viaje de coca, pero no, lo que parecía una molestia el día anterior, se ha convertido en una cruda realidad en las últimas horas.
Me puse un polar y salí directo, primero y con la esperanza de que sea el único destino para el problema, a la farmacia, en donde un par de señoras y un médico conocen como pocos de los repentinos atentados que sufre mi salud.
Les conté lo que me venía ocurriendo, la sensación de escozor se había asentado en las últimas horas y que estaba tentado en pasarme la punta de un cuchillo por la nariz. Se me acercaron las farmaceutas, una se subió a un banquito para poder estar (en algo) a mi altura, me cogió el rostro y lo acomodó varias veces a sus ángulos de visión. 
No es nada grave, es solo una infección que se soluciona con una crema. Las señoras me preguntaron por mis padres, a quienes mandaron cariñosos saludos. Lo mismo por mi hermano y su familia. Respondía y recibía sus encargos de afecto, y al hacerlo, hice memoria. Se me hacía difícil creer lo ingrato que había sido con esta farmacia, por las miles de veces que he pasado de largo por ella sin dignarme a entrar y saludar a las farmaceutas y el médico que más de una vez han estado allí ante cada problema de salud. Eso es lo más jodido, sentirte un malagradecido con esas personas que te siguen tratando de la misma manera que cuando tenía 13 o 15 años. Esta farmacia es quizá una de las mejores de La Victoria, que no es decir poco, siendo este un distrito de tantos contrastes y espacio de bizarras situaciones, y no es la mejor por lo bien surtida en remedios, sino, ante todo, por la excelente atención, la misma desde hace más de treinta años.

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