viernes, septiembre 02, 2016

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Cuando voy al centro de Lima, ahora en esta nueva rutina, debo cuidar lo más preciado que tengo: el tiempo. Para ello, me resulta mucho más útil hacer uso del Metropolitano. Vale la pena soplarse la incomodidad si es que tu viaje de tu casa al centro no es más que cuatro estaciones desde la estación México. Claro, todo funciona cuando no estás llevando cosas demás, entonces la situación cambia, no queda otra que usar el taxi y soplarte, de todas maneras, los inevitables cuellos de botella.
Lo que pensaba hacer ayer lo hice en el tiempo que calculé. Estuve de regreso en casa y con todas las ganas de continuar con los textos que debo cerrar en los próximos días. Aunque seguía pensando en la manifestación con la que me topé en la Av. Arequipa, precisamente en la Embajada de Venezuela, en donde se reunieron dos grupos de protesta, muy coloridos para ser sincero. No me hago problemas, ni insulto mi mente, ante lo evidente: los que apoyaban la llamada Toma de Caracas eran venezolanos que viven en Lima y los que gritaban contra esta Toma eran peruanos rojos. Me compré un cítrico y me quedé mirando esa batalla de arengas. Prendí un cigarrito y pensé en lo mucho que le ha costado a la izquierda local su silencio sobre la situación venezolana, y también pensé en mis amigos rojos que aún no se sacuden del aserrín de sus cabeza, a los que hago llorar con argumentos cuando nos toca hablar de la situación venezolana, que a la luz de los hechos, resulta indefendible.
Tomé algunas fotos con el cel y caminé hasta la esquina en la que hasta hace un tiempo se ubicaba una discoteca, que pese a los años que estuvo allí, jamás memoricé su nombre. En esa esquina ahora se ubica una empresa inmobiliaria. Todo lo que rodeaba a esa discoteca ha desaparecido, menos los dos carritos sangucheros que se resisten al avance del banal progreso de cemento.
Ahora sí me sentía un poco cansado y tomé un taxi de regreso.
En el trayecto, el chofer no era ajeno a la estación radial de los taxistas limeños, Radio Mágica. Supertramp, Phil Collins, Air Supply, Kool And The Gang, Stevie Wonder… Prendí el celular y entré a las páginas de algunos diarios, pero no encontré nada que me llamara la atención, y una amiga, por chat de Facebook, me pasó el link de un excelente ensayo sobre el suburbanismo en la poética de Cheever. No lo había leído, el artículo no era nuevo, tenía sus años. Hubo un momento, un periodo de cuatro meses, hablo pues del 2009, en que me dediqué a leer todo lo que pudiera de Cheever, sus diarios, cuentos y novelas, del mismo modo todo lo que se haya escrito sobre él. No conocía ese ensayo y me sumergí en él al ritmo de una vieja canción de Elton John. 
Mientras camino por el parque de mi casa, observó a tres perritas muy cerca de mi puerta. Debo tener cuidado, pensé. Había que impedir el escape de Onur. Entonces, antes de abrir la puerta, le doy un par de toques, cosa que me cercioro si el perro está o no cerca de ella. Como no escucho ningún ladrido, la abrí. Pero Onur, seguramente ubicado detrás de la lavadora, asomó la cabeza de su escondite y corrió ha al parque. Las tres perritas felices al ver suelto al pequeño ser de sus obsesiones. Dejé mis cosas en mi cuarto y salí a vigilar al perro, lo que no pensé fue en el tiempo que me demandó esa vigilancia.

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