jueves, septiembre 29, 2016

reseñismo títere

Los que de alguna manera formamos parte de este circuito literario, tan propenso a la zancadilla, el puñal, el doble discurso y la patente bajeza, no nos debería sorprender la presencia de un aparato crítico que haríamos bien en llamar Reseñismo títere.
Esta suerte de criollada valorativa, digámoslo de una vez, siempre ha existido. No hay escritor ni literato peruano que no tenga su crítico de ocasión, cuyos textos vemos ocasionalmente en los medios periodísticos, plataformas virtuales, como también en las santísimas publicaciones académicas. Esta criollada no conoce fronteras, con mayor razón cuando su práctica siempre se ha visto recompensada con el intercambio de favores, peor aún en estos tiempos virtuales, en los que el crítico ya no cree en la distancia personal con el autor, convirtiéndose en una mezcla mutante con este, en una pujante fábrica de reseñas positivas.
Una mirada superficial a las publicaciones peruanas de los últimos años nos arroja un detalle recurrente: no hay escritor peruano (no importa si eres canónico, consagrado, reconocido, con proyección o desesperado de atención) que no tenga su reseña positiva. Todos, pero absolutamente todos, tienen su reseñita que los justifica en el mundo de las letras. Tampoco pretendo ser injusto, puesto que hay publicaciones que sí han ganado a pulso, y en la sola experiencia de la lectura, merecidos saludos al haber sido sometidas a escrutinio.
Pero este post no va de las reseñas positivas. Sino de las otras, de la otra faz del Reseñismo títere.
Ajá.
Pensemos en las reseñas negativas, en esa práctica que se hace tan necesaria entre nosotros, como testimonio honesto con el lector, en franca actitud que rehúye del amiguismo y del argollerismo, a manera de muestra de la legitimidad que construye el reseñista, sea este recurrente o de ocasión.
Ahora, ubiquémonos en contexto: sabemos que en la narrativa actual se han formado dos frentes visibles. Por un lado están los narradores que han construido una obra cuyo eje temático son los años de la violencia política. Lo he dicho más de una vez: todo narrador cuyo libro descanse en este tópico no puede quejarse, porque saludo, o fugaz reconocimiento, ha recibido, así sea en una mención al vuelo en un pie de página. Por otro lado, ubicamos a los narradores cuyas obras han apostado por otro sendero temático, digamos que más acorde con los discursos de ficción de entre siglos que treinta años atrás vaticinó Frank Kermode.
Aunque no sea una práctica explícita en su constancia, han comenzado a surgir discursos que enfrentan una postura con la otra, lo que me parece positivo, porque no hay nada mejor para el espíritu creativo que la discrepancia y el cruce de opiniones.
Sin embargo, qué podría pensar uno cuando lee la reseña que ha escrito Sebastián Uribe sobre la novela La sangre de la aurora de Claudia Salazar. Reseña negativa por donde la mires, pero que en su soberbia bruta, valentía estratégica y carencia de lecturas que sostienen el acervo crítico del hacedor, nos llevan a barajar esta razonable sospecha: se trata pues de una reseña (involuntariamente) Delivery.
No conozco personalmente a la autora, a lo mucho habré tenido con ella uno que otro contacto por correo. Y, obviamente, he leído su novela, que muy en lo personal no me ha gustado, mas esta impresión no me impide reconocerle oficio y talento, ni tampoco me impide saludar los alcances literarios de su libro.
Entonces, ¿en qué falla el reseñista al dictaminar que esta novela es mala? Fácil: en la alarmante debilidad de su discurso valorativo, pastoreado por un prejuicio que le impide cartografiar la novela en esa gran geografía narrativa conformada por las novelas sobre la violencia política, en su incapacidad para encontrar el atajo para leerla en el código por el que transita (es decir, si solo me voy a direccionar en su plano mayor, el de la sensibilidad femenina confrontada con la masculina, me pierdo del verdadero campo en el que debo enfrentarme a la novela, aquel que, hay que decirlo, exige de un lector ya entrenado, puesto que es una novela que rehúye del lector medio (harta simbología), acostumbrado a la linealidad), en su propensión por encontrar efectismo cuando la novela no los tiene. Las debilidades de la novela son otras, relacionadas con la tradición de novelas de teoría de las que es deudora.
Todo libro de ficción, sea en el registro en el que se inscriba, merece ser abordado con respeto. Así guste o no el artefacto narrativo. Este no ha sido el caso, porque detrás de esta reseña, en la que Uribe ha fungido de noble papagayo, está el discurso de los ideólogos virtuales que embisten, cada vez que pueden, contra la recurrencia y dependencia de nuestra narrativa hacia el tópico de la violencia política. Así es: Jack Martínez y Francisco Ángeles.
Lo curioso del asunto es que yo sintonizo con las ideas de Martínez y Ángeles en cuanto a esta (mala-buena) dependencia sobre el tópico de la violencia política. Además, más de una vez he escrito, y ácidamente, sobre esta adicción temática. Pero lo que me diferencia de ellos es que yo no tengo intereses narrativos como para sacar provecho criticando la posible caducidad de este tópico. Dicho esto con el aprecio que tengo hacia lo que me importa de ellos: su obra. Y dicho también en buena onda hacia lo que ellos significan para mí como personas.
Quien escribe tiene las cosas claras: por un lado, la obra; por otro, la persona; y en otro lado muy lejano: el discurso literario que se practica a la par de la obra.
En este tercer aspecto, Martínez y Ángeles han caído en ligerezas discursivas sobre este tópico. Lo que en principio parecía una postura atendible, que convocaba a un cambio de mirada que sacuda a nuestra narrativa de las taras y lastres de la violencia política, se convirtió en un aparato promocional del que crearon varios caminos de difusión, uno de ellos, el aparato crítico moldeable, mascoteable, sin carácter, al que de tanto en tanto se recompensa con un favor. Pero bueno, no los condeno, porque si miro a los autores de la violencia política, debo decir que estos son peores en los terrenos de la promoción, cuyo aparato crítico exhibe un poder construido a lo largo de los años, el mismo que ha sido repartido en clanes y mafias literarias. Claro, por ser más longevo, en este aparato crítico encontramos absolutamente de todo, como en botica (de lo bueno a lo mediocre), y algo, también algo, de coherencia ética y moral con este tópico tan delicado.
Pero lo que no recuerdo, y ese no recuerdo es lo que motiva estas líneas (aunque pienso también en una execrable reseña de Iván Thays sobre un libro de Miguel Gutiérrez, en el 2008 si no me equivoco), es una reseña sucia, baja, disfrazada de objetividad y delatada por la ya señalada soberbia bruta, valentía estratégica y carencia de lecturas, de un crítico al que Martínez y Ángeles han levantado y promocionado con el fin de que obtenga una legitimidad que, a este paso lustrabotista, no va a conseguir. 
La crítica y sus variantes, como el reseñismo, el ensayismo y el articulismo, aparte de nutrirse de la lectura libros y no de la lectura de personas, requiere carácter. Solo el carácter brinda libertad, aunque ello no sea garantía de que no se cometan errores, pero es preferible el error en libertad, que el error siendo carne de cañón.

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