domingo, octubre 30, 2016

"el librero"

Lo veía desde hace varios meses, pero aún no me animaba a leerlo. Cuando por fin me animé a recorrer sus páginas, una sensación se impuso al final de la travesía, una sensación bajo el ropaje de pregunta: ¿por qué no leí antes este libro? Es decir, en lugar de una novedad editorial, debí abordar esta publicación. Pero bueno, la idea es que las reseñas tampoco deben estar sujetas a la inmediatez de la salida de un libro. O para tenerlo más claro: las reseñas no deben parecerse a una carrera de caballos.
Me refiero a la novela El librero (Demipage, 2013) del francés Régis de Sá Moreira. Del autor no puedo decir mucho, y especulo que esta novela debe ser el primer título de su producción que se traduce al español. Más allá de este dato, nos encontramos con una novela que bien podríamos calificar de “deliciosa”, que bajo un lenguaje sencillo (aunque ello no la libra de muletillas tipo “y giró sobre sus talones”) y exento de innecesarios relieves narrativos, nos muestra a un innominado librero en su día a día, a quien, en líneas generales, le importa más leer y releer los libros que tiene en lugar de desesperarse por las ventas. Podríamos pensar que nos toparemos con una historia sin hilo argumentar, o una suerte de lectura simbólica de la visión romántica de la nobleza del oficio librero. Pues bien, ambas características se dan en estas páginas, pero no por ello se adolece de drama. A saber, la familia del librero, a la que este no ve en muchos años y con los que se comunica enviándoles sobres en los que coloca páginas arrancadas de libros, sumemos también su añoranza por las tres mujeres más importantes de su vida.
Hablamos de un hombre solitario que se justifica existencialmente en su comunión con los libros que lee y que recomienda a sus lectores que visitan su librería. De Sá Moreira, sabedor de las limitaciones que supone una narración que dependa del idealismo, en este caso del librero, humaniza a su personaje precisamente en la interacción de este con los lectores y no lectores que ingresan a su librería. En ese contacto, que va más de allá del interés por un título determinado, somos testigos del oído y mirada del autor. Su protagonista deja de ser el personaje romántico para convertirse en uno al que le resulta imposible no proyectar su quebrado estado emocional, que camufla con inteligencia libresca, humor e ironía, y, más de una vez, con “algo” de intolerancia hacia el interés común, para lo que tiene una respuesta, toda una declaración de principios, que vemos en más de una párrafo: “no vendo basura”.
Por otro lado, la lectura de la presente novela también me hizo pensar precisamente en esa especie en extinción que viene aquejando al mundo del libro, y no solo me refiero al contexto peruano, puesto que se trata de una suerte de tendencia que cada día adquiere fuerza, a manera de metáfora del triunfo de la ignorancia. Desde hace varias semanas, la discusión viene centrándose en la crisis de las librerías y editoriales independientes, en el poco apoyo del Estado en el fomento de la lectura, etc., pero esta discusión debería ampliarse al eje/lazo fundamental entre el libro y el lector: el librero. Obviamente, no pedimos que los libreros hispanoamericanos sean como el librero de esta novela (aunque la experiencia me ha permitido conocer a más de uno con estos rasgos), pero sí que empiecen a mostrar en la conducta y en el verbo esa cualidad pequeña, pero significativa, que diferencia a un librero de un vendedor de libros, cualidad que no es otra cosa que la lectura como nutriente del oficio. Eso tiene que ser un librero: un honesto lector formador de lectores.

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Publicado en El Virrey de Lima

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