miércoles, febrero 08, 2017

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El calor cede al calor de la tarde. El aire fresco, el natural, no el  artificial del ventilador, se impone en cada rincón de la casa. Entonces es hora de escuchar al maestro Nick Cave, su álbum que me gusta más, The Boatman´s Call. Joyita musical cuya fuerza radica en las letras y melodías, que te ofrecen la sensación de que nada está pasando cuando en realidad está ocurriendo todo.
Me sirvo un vaso con agua y barajo, como quien huevea, si salgo o no a abastecerme de películas. Pero ello depende de mi proveedora Holy, a quien le he mandado una lista de películas. De acuerdo a su respuesta, decidiré si salgo o no. Pero salir será un hecho, puesto que Lourdes me ha recomendado Aliados. Pese a que no es una película que llame mi atención, los detalles que ella me contó sobre la misma me animan son más que suficientes. Mientras espero la respuesta de mi proveedora, reviso mi correo electrónico. Respondo algunos correos y aprovechó en mandar algunos textos que he estado reescribiendo.
Vuelvo a revisar mi Inbox y Holy no responde. De la nada, como un pensamiento que aterriza al ver que no hay otros que pueblan mi cabeza, pienso en las dañinas que son ciertas películas. Imposible no tener en cuenta a Genius de Michael Grandage, que se estrenó en salas locales como El editor de libros. La vi porque varias puntas la recomendaban en las redes sociales. El ánimo parecía unánime respecto a su calidad, más aún cuando esta trataba de la relación entre el editor Mak Perkins y el novelista total Thomas Wolfe.
La leyenda literaria cuenta que entre Perkins y Wolfe existía una relación tensa. El primero, la mesura y compromiso; el segundo, la ampulosidad discursiva del genio. Perkins combatió contra esa ampulosidad de su autor e hizo de él lo que sabemos que es. Sin embargo, la puesta en escena de esta tensión no es que más que un cordel con cientos de ganchos de cursilería y lugares comunes. Se entiende que fui a verla con mucha expectativa. No esperaba una obra maestra, pero sí un mayor trabajo en las actuaciones y que los personajes no dependieran del nombre y prestigio de sus intérpretes.
Ahora, esta película se ha convertido en una plaga que enferma en nuestro Macondo literario. No hay día en que no encuentre un editor con aires a lo Perkins, peinándose como Colin Firth, usando sombrero y vistiéndose con formalidad, desafiando al calor. Tenemos pues a nuestros Perkins locales, que anhelan parecerse a él, con la diferencia que el verdadero era culto, leído y responsable. No me hago mucho problema, los editores peruanos son una especie que puedo manejar. Pero debo contener mi ira cuando me topo con los Wolfes locales, aquellos que no quieren que les toquen ni una sola coma, incapaces de aceptar la sugerencia que salvaría del naufragio lo que escriben. 
¿A qué se debe esta aparición de Perkins y Wolfes Made in Peru? Pues a Genius, la película que ha conseguido manifestar el mal gusto disimulado de más de un desubicado. Pero de todo se aprende, puesto que para la próxima no haré caso a los entusiastas de la impresión primeriza, por algo Genius gustó a toda la literatura peruana actual.

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