miércoles, septiembre 06, 2017

"ddm"

Un artículo del crítico de cine Javier Porta Fouz, llamó, en todo sentido, mi atención. En su texto, el argentino pasa revista a una película a reestrenarse en salas, Duro de matar (1988) de John Mc Tiernan, película que por esas cosas de la vida nunca dejo de ver.
Sucede que DDM es una de mis películas preferidas. Los años pasan y la sigo viendo, casi siempre bajo el inicial fin que inspira: el mero divertimento. Muchas veces la he dejado correr a bajo volumen, mientras leo o escribo a mano, o durante actividades que no vendría bien detallar ahora.
Obviamente, mi apreciación descansa en la sinuosa dimensión de la impresión, mas como señala Porta Fouz: para ser de entretenimiento, DDM exhibe una coherencia narrativa, un silente crisol cultural pop y un alcance épico de su protagonista, que lejos de la indumentaria del héroe y la estética del malvado, se impone a sus enemigos descalzo, sucio y ensangrentado.
Más allá de la gesta de John McClane (Bruce Willis) y la simbología de la película, no renuncio a mi fijación con la tensión existente entre McClane y su esposa Holly Gennaro (Bonnie Bedelia). Entre ellos existe un quiebre emocional, algo no anda bien en el matrimonio, y ello, a mi entender, no se debe a las diferencias económicas entre ellos (se deduce que Holly gana más dinero que su esposo policía), sino a una debilidad relacionada a la falta de confianza en la mutua fidelidad. Al respecto, podríamos tener más luces en las secuencias iniciales, cuando McClane llega al aeropuerto de Los Ángeles.  Quizá tendré un panorama más claro sobre esta tensión cuando lea la novela que inspira la película, Nothing lasts forever de Roderick Thorp. 
Volviendo a la película como tal, su vigencia obedece a que esta es ajena al efectismo de la pirotecnia, cosa por demás meritoria cuando hablamos de una película de acción. Su ritmo ralentizado le permite al espectador tener una idea de la configuración de sus personajes, tanto de McClane y Holly, del mismo modo del villano Hans Gruber (Alan Rickman) y el sargento Al Powell (Reginald VelJohnson). No estamos pues ante estereotipos, cada uno de ellos es un microcosmo emocional e intelectual en conflicto. Es decir, un imaginario humano que eleva a DDM, librándola de su etiqueta, aunque es justo decir que su presencia en canales de cable y parrillas de cine, se deba a la misma.

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