lunes, agosto 28, 2017

reediciones

Entre los libros de ficción peruanos de los últimos meses, considero que un par de ellos vienen pasando desapercibidos. Al respecto, pueda que mi percepción sea errónea.
Me refiero a dos reediciones: la novela (Ella) de Jennifer Thorndike, editada por Debolsillo; y el cuentario Las islas de Carlos Yushimito, por cuenta de Seix Barral.
Conozco muy bien este par de libros, el primero lo presenté en sociedad en la FIL de 2012 y del segundo he escrito en más de una ocasión en este blog. A ello, sumo que he podido contar con Thorndike y Yushimito en las antologías de narrativa peruana última que he trabajado.
Más allá de esta trivia, no niego la curiosidad, puesto que en los últimos días estuve intercalando las respectivas relecturas, que se vieron interrumpidas por culpa de buen un amigo, de esos malévolos que uno estima tanto, que me preguntó cómo veo a la narrativa peruana actual, y no contento con ello, remató su inquietud sobre qué década fue mejor, “¿o esta o la anterior?”
Por eso, para tener una idea de nuestro sinuoso presente –que se agudiza con la inevitable presencia de reseñistas pura vida–, miremos hacia atrás, cosa que mediante este ejercicio de memoria podríamos llegar a una noción de panorama, a una tentativa de lo que podría quedar. En este sentido, la reedición de estos títulos confirma la proyección de Thorndike y la consolidación de Yushimito, pero también revela un hecho, que señalo con el respeto del caso: después de estas entregas, sus autores no han podido superarlas. Pero tampoco hagamos drama de lo dicho, no se puede forjar una obra a perdurar si es que la misma no es irregular en su camino.
Se entiende que ambas reediciones benefician a sus autores (las respectivas casas editoriales aseguran una justa distribución, que no es poco), en especial a Yushimito, porque LI ya parecía leyenda, título que con algo de suerte se podía encontrar en librerías limeñas. Esta reedición nos pone en bandeja al eximio estilista que es y también la razón en la que descansa su prestigio. En cuanto a la novela de Thorndike, sus páginas nos brindan los temas y, sobre todo, el nervio narrativo que jamás debió abandonar. Esta novela no solo le trajo reconocimiento, también uno que otro inevitable detractor (olvidables letraheridos, para variar). 
Pues bien, relacionando estas reediciones con las dos preguntas de mi malévolo amigo, podría responder que  –salvo excepciones en nuestra breve historia narrativa del Siglo XXI– estábamos mejor que ahora. He leído pocos cuentarios peruanos del calibre de LI, del mismo modo novelas peruanas que reflejen contundencia emocional y que se abran paso sin apelar a forzadas interpretaciones teóricas, menos a estratégicas lecturas feministas.

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