sábado, septiembre 02, 2017

sencillez

En la madrugada, mientras ordenaba muchas películas, encontré una que no veía desde hace un tiempo. Decidí verla otra vez y, ahora, sé que fue la decisión correcta. La película: Rififi (1955) de Jules Dassin.
La película se erige a la fecha como una de las obras maestras del cine negro, pero también habría que ser más justos, no solo verla como inscrita en el género, sino también como un título atendible en la tradición del cine francés de la segunda mitad del siglo XX.
Tony le Stéphanois quiere rehacer su vida tras cinco años de reclusión, pero ese anhelo se ve interrumpido cuando se entera de que su exmujer es ahora la mujer de un gángster. Enterarse de aquello lo lleva a aceptar la propuesta de sus excompinches: robar la caja fuerte de una de las joyerías más prestigiosas de París. Stephanois y su equipo arman un detallado plan, pero tanta perfección, ni en teoría ni práctica, no siempre te garantiza un buen final.
Imposible no forjar una lectura paralela a medida que se ve la película, una lectura que nos hace pensar en la carencia de un cine negro nacional. Bien sabemos que nuestra historia social ha sido, y viendo siendo, rica en insumos para esta clase de proyectos, veamos algunas maravillas: inseguridad ciudadana, sicariato a escoger y endebles fuerzas del orden y políticas. Por ello, la pregunta se impone sola: ¿por qué esta realidad no interesa a los creadores, en este caso a las mujeres y los hombres de cine en Perú? Las respuestas pueden ser variadas, pero el dinero, en ninguna de ellas se presenta como la razón, porque una película en la onda directa e indirecta de Rififi no sería tan cara, no demandaría como sí la inversión de la que somos testigos en la basura del cine comercial peruano.
Me extraña la ausencia de esta tradición (aunque sea cinco películas que dialoguen con ella), lo que me significa una pena: las novelas y el cine de género permiten conocer el corazón y el alma de una sociedad. Ese es el legado de las novelas de folletín del XIX, entre otras señas. 
Luego de ver esa gran película de Dassin, pensé en una peruana que, en cierto sentido, dialoga con el cine negro. Su título: Muero por Muriel (2007) de Augusto Cabada. Este trabajo, variación de la novela Muerte en la Calle de los Inocentes de Lalo Mercado, pudo tener mejor suerte, pero fracasó antes de estrenarse. Quienes vimos la película no solo la recordamos por Andrea Montenegro y Ricky Tosso, sino también por la dejadez testimoniada en la pésima calidad de imagen. Defectos de lado y méritos por delante: fue un buen debut de Cabada, en sencillez contaba una historia lineal, por momentos risueña pero ante todo inteligente en su tratamiento, más aún en temas pueriles, pero no por ello menos atendibles.  

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