miércoles, noviembre 22, 2017

premio nacional de literatura 2017

El pasado viernes 17 se dieron a conocer los nombres de los autores que obtuvieron el Premio Nacional de Literatura 2017.
Desde aquí, hago público lo que hice en privado: felicitar a Susanne Noltenius y Miguel Ildefonso, que ganaron en las categorías Cuento y Poesía, con Tres mujeres y El hombre elefante y otros poemas, respectivamente. Como no conozco al ganador de Literatura Infantil/Juvenil, Gerónimo Chuquicaña, solo me limito al saludo público a cuenta de Taca-Taca.
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Estamos ante un premio que pretende erigirse como uno de los más representativos del país, que tiene una ligera ventaja si lo comparamos con los otros galardones literarios del medio, sea el Copé, el de la Asociación Peruano Japonesa y el BCR de Novela, entre los más conocidos: el carácter público de las obras presentadas.
Es decir, esta vez no nos vamos a topar con sorpresas bajo la mesa ni deliberaciones caprichosas que justifiquen una premiación. Lo mismo que leen los jurados de sendas categorías también es escrutado por el lector atento de la producción literaria peruana en el periodo comprendido entre 2015 y 2016. Por ese solo motivo, guardaba cierta esperanza de no ver los horrores cometidos en los otros premios literarios, y de algún modo se cumple esa esperanza a cuenta de las obras premiadas de los dos ganadores a quienes conozco.
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Sin embargo, haríamos bien en fijarnos en los títulos finalistas en cada categoría, en Cuento: Relámpago inmóvil de Pedro Ugarte Valdivia, Las visitaciones de Pedro Llosa y El arte verdadero y otros cuentos de Jorge Ninapayta; en Poesía: Victoriosos vencidos de Antonio Cillóniz, Se vende poesía de Jorge Díaz Untiveros y Simio meditando (ante una lata oxidada de aceite de oliva) de Mario Montalbetti; y en Literatura Infantil/Juvenil: La venganza de los dioses moches de Luis Nieto Degregori, Cholito y el oro de la selva de Óscar Colchado y El barco de San Martín de Juan Manuel Chávez.
Cada quien es libre de expresar su conformidad o desacuerdo con las obras ganadoras. Y más allá del señalado respeto por la obra de Noltenius y la trayectoria de Ildefonso, manifiesto mi extrañeza por el destino que tuvieron los libros de Ninapayta y Montalbetti. El primero, un narrador que debimos leer más, y cuyo cuentario en competencia conoció saludos unánimes de la crítica y el reconocimiento de buenos lectores; el segundo, un poeta que viene ejerciendo (involuntariamente) lo que ningún poeta peruano a la fecha: magisterio entre las nuevas voces poéticas iberoamericanas. Ahora, imposible no levantar la ceja izquierda cuando vemos en la categoría Infantil/Juvenil a plumas como Nieto y Colchado, este último uno de nuestros narradores más importantes en actividad, que es también un clásico en la literatura infantil/juvenil peruana.
Entonces, he aquí la tara que este premio comparte con otros del medio, que nuevamente ha hecho de las suyas: el jurado.
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Más allá de algunos nombres de radiación canónica y ubicable, como Carlos Germán Belli y Carmen Ollé, y en menor medida Marcela Robles y Rosina Valcárcel, uno no acierta en la frecuencia de los demás. Se entiende, porque sucede en otras latitudes, que cualquier integrante de un jurado de un Premio Nacional tiene que ser alguien sintonizado y justificado más allá de los microcosmos de la academia. Y si el anhelo fue contar con académicos, pues tuvo que convocarse a lo mejor de lo mejor de la misma, con hombres y mujeres reconocidos más allá de su parcela de acción, que hay.
A saber, los jurados que integran las categorías de los premios Copé gozan de una mayor legitimidad por parte de los lectores (sus desaciertos son capítulos de otra historia). Y eso es lo que esperábamos para esta primera edición del Premio Nacional de Literatura. Claro, se podrá argumentar que se buscó descentralizar la elección de los miembros del jurado, pero ese criterio no es más que un saludo para la platea, una pirueta al paso que refuerza la demagogia, que en esta ocasión nos presenta una triste realidad, su gracia: la razonable sospecha de una payasada programada.
Por ello, este premio patrocinado por el Ministerio de Cultura debe cumplir un requisito ético que no está cumpliendo a la fecha, y si en caso es así, pues debe mejorar su clamoroso problema de comunicación. Lo mínimo que podemos esperar es la publicación de la lista de todos los autores participantes, del mismo modo la lista de títulos alcanzados a los miembros de los jurados (es obvio que no leyeron la totalidad de libros enviados, cosa que nos daría una idea de cómo se manejó la clasificación de libros) en aras de la transparencia, que tendrá beneficiados directos, de menor a mayor: el Ministerio de Cultura, los ganadores y, especialmente, los lectores.

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