viernes, diciembre 15, 2017

realidad gris

Mientras esperaba a que trajeran un par de botellas de vino, y acomodado en una zona segura de la muchísima gente del Wong de Dos de mayo, leía lo que siempre leo en esta época del año, solo que ayer me di cuenta de que regreso a Dirección única de Walter Benjamin, en esa edición de colores plomo y morado de Alfaguara. No vale la pena preguntarse por la razón de esta recurrente relectura de fin de año, al menos no quise pensar en sus motivos, más aún cuando ni tu zona segura es tal, espacio ahora invadido por adorables seres de menos de un metro de altura.
Es decir, para qué inquietarse por lo que es, ante lo evidente. Me gusta ese libro de Benjamin y me importa poco la razón de su relectura en estos días de tráfico, estrés y apuros. Sobre la realidad, o sus golpes, o quizá su poder de manifestar la incoherencia que lamentablemente no pocos asumen de la vida virtual, recordé la pregunta que un buen amigo me hizo días atrás en cuanto a la imagen que no pocos quieren proyectar en las redes sociales y la gris percepción que experimentan al salir de ellas.
En esa suerte de divorcio, y cada día me convenzo de ello, hallamos las más encendidas bajezas. Veamos el origen, algunas perlas: el narrador likeado hasta por el Papa y que no vende ni trescientos ejemplares; el lector fijón sin voz, hecho que lo desespera; el aspirante a escritor que se causea en msn con el narrador/poeta del momento, al que aprecia por sus cualidades humanas pero al que no demora en odiar porque esta luminaria no lo saluda en los saraos literarios, no con el entusiasmo mientras comparten memes y emoticones; el individuo que espera más de un año a que acepten su solicitud de amistad de Facebook y que una vez consumado el clic, el sobrado pasa a ser un aliado en la lucha contra los centros de poder cultural, al menos eso es lo que alucina el individuo. 
Acontecimientos maravillosos de la aldea líquida, y por tales, divertidos. Al menos yo la paso bien ante tanta muestra histriónica de doble vida, pero no a esos niveles celestiales cuando escucho los chistes del maestro Melcochita.

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