domingo, diciembre 03, 2017

tras bigelow

No sé cómo me enteré, pero lo cierto es que la tarde del sábado la reservé para ver la última película de Kathryn Bigelow, que hasta donde sé, y suponía también, jamás se estrenará en nuestras salas de cine, quizá por su contenido incómodo y polémico, que espanta a la masa ignorante que las frecuenta, de otro modo no se entendería el éxito de la porquería protagonizada por Jorge Benavides y dirigida por Adolfo Aguilar. Claro, sé que suena extraño desear una película como Detroit en las multisalas, pero el ánimo no es del todo descabellado porque de cuando en cuando se cuela en las mismas una que otra película de verdadero valor, con el poder suficiente para entretener y cuestionar.
Si hay una directora que sigo, esa es Bigelow. Para quienes no sepan de ella, tres títulos que ayudarían a cartografiarla: Point Break (1991), The Hurt Locker (2009) y Zero Dark Thirty (2012). Las tres me gustan y las vuelvo a ver cada vez que puedo. No solo hay nervio en la dirección, sino también un mensaje incómodo, una crítica que el espectador se lleva consigo luego de verlas. Por ello, desde que se anunció que Bigelow venía trabajando en un proyecto que abordaba las revueltas raciales acaecidas en Estados Unidos en los sesenta y setenta, estuve más que a la expectativa.
De cuando en vez llamaba y escribía a mis proveedores para preguntarles si ya tenían la película. A mayoría de las veces la respuesta era un vergonzante visto si es que apelaba al inbox, o, en contadas ocasiones, un arrebato de sinceramiento en que reconocían su incapacidad para tenerla. Sé que tarde o temprano la película llegará a Perú y que se estrenará en un circuito tipo el Centro Cultural PUCP, pero yo no estaba dispuesto a esperar tanto, en ese sentido reconozco una impaciencia, pero no la del cinéfilo, porque no me considero tal, solo un voraz espectador de lo que le gusta e interesa.
Por ello, para verla, había que ir al Centro Histórico, regresar a mis calles, pero sabía también que el Centro se convierte en una bestia de doce cabezas, con millones de mujeres y hombres que no saben por dónde caminar y animales de acero que te untan el rostro de esmog, ni hablar de la humedad habitual, repotenciada precisamente en esta zona citadina. Así es, el sublevado infierno céntrico de diciembre. Por eso, tras mi hora y media de sesión de investigación en la BNP, tomé un taxi hasta Polvos Azules y de allí me fui lateando hasta Carabaylla. Fue, pues, la mejor decisión, caminar y mostrarme ajeno a los bocinazos, mentadas de madre e inevitables conchudeces peatonales.
Llegué al cineclub con media hora de anticipación. El lugar estaba cerrado y un fuerte olor a cerveza pautaba la atmósfera del segundo piso de la casona. Como aún había tiempo, fui a un restaurante ubicado al lado de la casona, pedí una Coca Cola y me puse a leer, o mejor dicho, a terminar Los sesenta de Jenny Diski. Estaba ubicado en una mesa cercana a la calle y pude ver a más de un conocido, circunstancia inevitable en estas incursiones sabatinas. Así trates de evitar el espanto, este hace un esforzado acto de presencia. Si se me permite especular, no me queda otra: los conocidos que vi estaban apurados, o quizá perdidos en sus caminatas, el andar ahuevado los delataba, porque teniendo a disposición tantos lugares adonde ir y no saber a cuál, a lo mejor las opciones los sobrepasaban o, lo que sería fatal, sencillamente no conocían los lugares secretos del centro porque sencillamente tienen la costumbre de caminar por las puras huevas.  
Acabé mi Coca Cola y estaba más que feliz. Tenía el presentimiento que vería una gran película.
Detroit tiene tanto de The Hurt Locker como de Mississippi Burning (1988) de Alan Parker. Dura lo que tiene que durar, cada minuto de sus más de dos horas está más que justificado. Pero mi satisfacción no solo se nutría de la fuerza de la película, sino por la existencia de un cineclub dirigido por verdaderos amantes y conocedores de cine. 
Para terminar y antes de volver a los gratificantes ejercicios nocturnos, quien desee los datos de este espacio, me escribe a mi mail (que pueden ver en mi perfil y en el gorro del blog), cosa que se los proporciono con todo gusto.

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