domingo, marzo 25, 2018

comunidad


Aunque vi la noticia en los muros de algunos contactos, no creí que sería ser testigo directo de la fiebre mundialista por la compra del álbum Panini.
Lo pude ver. Largas colas sin importar el calor, la barrera generacional quebrada por la pasión futbolera. Niños y adultos tras lo que consideran un documento histórico.
En lo personal, el álbum nunca me llamó la atención, no le encontraba la magia que otros sí, pero lo que siempre me gustó fue que alrededor de ese objeto se formaran comunidades de fanáticos que se reunían en distintos lugares de la ciudad para intercambiar las figuritas que faltaban, los clásicos “nola”, “sila” y “yala” hoy en día usados para otros fines de la era líquida. Hasta en los patios de recreo podía verse la junta de los entonces pequeños interesados en llenar el álbum. Quien conseguía llenarlo tras angustiosos meses tenía el derecho de manifestar su orgullo ante los que no.
Pero ahora se ha perdido ese espíritu de comunidad. En menos de tres horas ya puedes tener el álbum completado y alucinarte el bravo de la pichanga. Se lo comenté anoche a un amigo y este me dio la razón. No hay curiosidad, ni pasión, anclas del fetichismo. Lo mismo sucedía con los casetes, mas aquella fiebre solo la pude ver en sus últimos estertores. 
Sabíamos que en estas semanas de partidos amistosos para Rusia nuestra mente estaría puesta en frivolidades felices, pero lo que no esperábamos, aunque lo intuíamos como posibilidad lejana, era la situación política del país gracias a PPK y la pandilla de la rata naranja.

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