viernes, mayo 25, 2018

adán


El pasado miércoles acompañé a una amiga al develamiento de una placa conmemorativa en la que fue la casa de Martín Adán, ubicada en el Boulevard de Barranco, en donde ahora funciona una pujante salsoteca, de ritmo cambiante de acuerdo a la exigencia del consumidor.
Para tal evento, se organizó una actividad cultural frente a la casa, en la que participaron gestores culturales y poetas del medio, que leyeron fragmentos de la obra de Adán, acompañados de una mágica ejecución de clarinete.
Un evento como este es fruto de la pujanza individual y el compromiso de un puñado de admiradores a los que no hace falta convencer sobre la importancia del escritor para la cultura peruana, cosa distinta para el barranquino promedio, asombrado del crecimiento inmobiliario que viene conquistando su distrito.
Barranco es un distrito concurrido, sin embargo, allí viven pocos barranquinos, según cifras no pasan de 60 mil habitantes, lo que en teoría haría viable un plan de concientización que asuma la riqueza cultural del distrito y así pueda defender su tradición ante los avances del supuesto progreso patentizado en el cemento.
Lo del miércoles es un claro ejemplo de lo que acabo de indicar: mucho seguidor de Adán, pero pocos barranquinos. En un país normal, un evento como este hubiese suscitado la concentración de, por lo menos, cientos de personas, o en todo caso una tendencia temática entre los vecinos, hablando de Adán sin necesidad de conocer su obra a profundidad, ya instalado como un nombre en el imaginario popular, tal y como ocurre con Vallejo. No es exageración: no son pocos los que consideran a Adán el poeta más grande del Perú.

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