miércoles, mayo 23, 2018

exponer el dolor


En la pasada feria de editoriales peruanas La independiente se presentaron varios títulos interesantes, de ellos destacó, y con mucha ventaja, El hijo que perdí (Anima del Invierno) de Ana Izquierdo Vásquez.
Hay libros que se anuncian con bombos y cohetones, refrendados por Likes y comentarios que posicionan al autor de ocasión como firme promesa, pero ya tenemos experiencia en estos asuntos para no caer en la trampa de la huachafada virtual: una cosa es el saludo plástico y otra la experiencia de la lectura, la que termina legitimando o no el entusiasmo precedente.
Si este primer libro de Izquierdo viene generando una identificación con los lectores, no se debe únicamente a la experiencia trágica que cuenta, sino también al grado de exposición que la autora hace de sí misma mediante un discurso sobre las enfermedades físicas y emocionales que han signado tanto su vida como la de sus familiares más cercanos. Esta cadena de vivencias ha sido asimilada en pos de lo que interesa para este proyecto: el peso revelador que sustenta el laconismo, la frase cortante en estado de gracia. No hablamos de oficio, que depende de la práctica, sino de honestidad expositiva, es decir, ser fuerte en la manera que puedes serlo, transmitir en el silencio. 
La brevedad de este testimonio exigía una estrategia narrativa que Izquierdo cumple en la mayoría de capítulos, sin embargo, hierra cuando pretende intelectualizar el dolor valiéndose de otros libros testimoniales que abordan el duelo, como si buscara una teoría de apoyo en la sola enunciación, innecesaria para su narración. Más allá de este reparo, El hijo que perdí se posiciona como un texto que va más allá de su condición, que no solo nos deja lo que pocas veces vemos, experiencia literaria, sino también una enseñanza de vida: la reconciliación del lector consigo mismo.

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