jueves, mayo 17, 2018

wonder boys


Hace trece años Sergio Galarza y Leonardo Aguirre inscribieron sus nombres en la historia no oficial de la narrativa peruana. Puñetazo y patadas del primero al segundo a razón de una reseña negativa. Sobre esta manifestación de afecto se ha dicho mucho y me quedo con el dictado del sentido común: se armó esa infantil gracia barrial contra el entonces vitriólico crítico literario.
Desde mediados de los noventa, Galarza es considerado un autor de culto a razón de su primer libro, Matacabros. A la fecha algunos cuentos de la publicación han sido llevados al teatro y adaptados como cortometraje. Sin embargo, lo que hizo después no me entusiasmó para nada, hasta que publicó el testimonio Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, libro medular que le permitió calibrar la vena emocional, poniendo en orden sus recursos narrativos, los cuales vemos en su buena novela Algún día este país será mío, en donde sus intereses temáticos están signados por la madurez, manteniendo la cualidad y consecuencia que lo ha identificado: como autor tiene mucho por decir y no son pocos los que se identifican con su propuesta.
En 2005 Aguirre se dio a conocer con un cuentario que algún editor tendría que rescatar ya: Manual para cazar plumíferos. Aquí están las señas que desarrollaría en sus seis incursiones, en las que transita por las parcelas del humor, el límite del lenguaje y la autorreferencialidad. De las plumas peruanas del nuevo siglo, es quien más reseñas favorables ha conseguido. No sorprende: sus acrobacias formales gustan a los críticos. Pero no a los lectores. Aguirre no tiene que demostrar que es un escritor talentoso, su tarea ahora es madurar y ser capaz de transmitir dimensión humana, ausente en Interruptus. El consejo, de bró: reírse e indignarse de sí mismo.



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