jueves, marzo 31, 2016

447

Me levanto tarde.
“Jeremy”, de los ZB, se compró una motocicleta. Ese hecho le ha motivado a escribir un relato titulado “Mototaxi maldito”. Si ese relato se termina, creo que sumará en el curso de la narrativa peruana actual, la rescatará de su apatía.
Voy a la cocina y me sirvo café. Una nota sobre la mesa de la sala: mi padre ha sacado a pasear a Onur y mi mamá ha salido con mi tía Fara. También me sirvo agua. El sol quema y cuanto antes debo ir donde la señora Blanca, mi peluquera. Felizmente, su local queda a cuadra y media de mi casa.
Tomo un duchazo.
Salgo a la peluquería.
Camino despacio para no transpirar mucho.
En una de las casas, en lo que sería el quinto piso, construyen una terraza, la están pintando de blanco, que contrasta con su natural color mostaza. No digo nada, pero de una de las ventanas del tercer piso, asoma su cabeza Ramiro.
El cruce de miradas es inevitable. Ramiro me observa con cólera y no niego que sentí miedo. En cualquier momento saca un fierro y me plomea en la calle. Razón no le falta. Ante todo, Ramiro es resentido.
Ocurrió hace más de 12 años.
Jugábamos fulbito en la cancha del parque Lincoln.
Yo era el arquero y mi equipo iba ganando. Estábamos apostando, 20 soles por cabeza. Ramiro no jugaba, pero su equipo estaba perdiendo, de tanto en tanto entraba a jugar, pero cuando lo hacía, aumentábamos el marcador. No era para menos. Ramiro no sabía jugar, pero lo hacía para agradar a su mujer, que siempre iba a verlo jugar, porque era el único momento en que podía reclamarle la plata para sus dos pequeños hijos.
Terminó el partido y me reí de la broma que hizo un pata de mi equipo. Como Ramiro estaba empinchado por haber perdido la apuesta, creyó que me estaba burlando de él. Entonces se me acercó y nos agarramos a trompadas. Yo le saqué la mierda. Pero al momento de que se lo llevaban, el huevón juraba que me buscaría al día siguiente. Algunos patas se preocuparon por su amenaza, también yo.
Hice un plan de contingencia ante esta situación.
Pero ese plan no me duró ni un día.
A la mañana siguiente, mientras compraba los diarios en el quiosco, mi primo Omar se me acercó y me preguntó si no sabía lo que había pasado una hora antes. No tenía la más mínima idea y se lo dije. Ramiro acababa de ser apresado por la policía, que lo fue a buscar a su casa, y como supe horas después, a razón de un robo a mano armada en un grifo de San Borja. Es lo que las voces decían, algo a lo que ya estamos acostumbrados, porque muchos de los patas de la cuadra y alrededores están guardados por los motivos más distintos, y en algunos casos algo cómicos, por huevones.
No veía a Ramiro hasta hace algunas horas. Ramiro me miraba y yo también hacía lo mismo. Su rostro adusto comienza a cambiar y se dibuja en él una sonrisa. Levanta la mano y me saluda. Yo también, levanto la mano y le saludo. 
Al llegar a la peluquería, la señora Blanca se queja del calor. Y yo le cuento la historia de Ramiro.

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