martes, mayo 24, 2016

Reynoso, el escritor más joven

Sin duda alguna, la muerte de Oswaldo Reynoso (1931 – 2016) deja un profundo vacío en la literatura peruana.
No solo parte un escritor sin el que sería muy complicado explicar el proceso de la historia de la narrativa peruana contemporánea, sino que también desaparece una actitud de vida cada día más escasa entre los escritores peruanos de hoy: la de acercar la obra a los lectores, sea buscándolos o encontrándolos por azar. No importa si en esta empresa haya que recorrer todo el Perú. Reynoso iba tras ellos. Reynoso, hasta en sus últimas semanas de vida, se mostró como un trabajador de las letras. No se hacía problemas, los achaques de la edad los superaba con ánimo. Es por ello que no nos debe extrañar que con frecuencia asistiera a universidades, colegios e institutos en los que brindaba conferencias y presentaba sus libros.
Por otro lado, la consagración nunca lo alejó de los jóvenes escritores. A la fecha es imposible saber con exactitud el grado de influencia que tuvo entre las nuevas voces de la narrativa peruana contemporánea. “Nuevas voces” que tranquilamente podríamos rastrear desde la década del setenta. ¿De dónde sacaba fuerzas? La respuesta es muy sencilla: como escritor su tópico literario era precisamente el mundo de los jóvenes, además, Reynoso fue profesor. Es decir, tanto el tópico de su mundo literario como su vocación por la enseñanza lo convirtieron en un hombre idóneo para todo aquel con intención de formarse como escritor.
Se suele decir que la obra de los escritores es la imagen de ellos como personas. En el caso de Reynoso, esta suerte de ley no era la excepción. Si algo podemos decir de su poética, y más allá del tópico indicado, y del reconocido logro de su lenguaje literario (sin exagerar, después de Martín Adán, el de La casa de cartón, se ubica como el mayor estilista peruano), su obra exhibía, hacía patente, una rebeldía, una inconformidad con el mundo, una disidencia en contra de la solemnidad del conservadurismo ultramontano.
Marxista sin reparo. Orgulloso hombre de ideología. “El hombre, sin una ideología, sería una bestia”, le dijo a quien esto escribe en un perdido día del mes de agosto del 2001. Esa ideología, unida a la rebeldía de su poética, significa un coctel Molotov para todo joven con ganas de comerse el mundo, con la firme intención de alzar una voz de protesta ante contextos opresivos. Reynoso se convertía en el ídolo humano, en el maldito capaz de cimentar una vocación literaria. Y esto hay que subrayarlo: podemos encontrar muchos escritores atendibles y muy buenos, pero solo pocos, contados con los dedos de la mano, son capaces de reforzar y concretar una vocación. Reynoso fue la epifanía que necesitaban los indecisos, es decir, la mayoría de los escritores peruanos que he leído, cada uno, en distinto nivel de asimilación, tiene algo de Reynoso, algo de esa rabia, de esa poesía, de ese trabajo formal que desplegaba, de ese irrespeto por la ley estructural que vimos en sus últimas publicaciones. Sin exagerar, y ahora que Reynoso no está, apena constatar lo siguiente: Reynoso era una erupción volcánica de referencias vitales y literarias.
Esta historia comienza en 1961 con Los inocentes. Años atrás había publicado un poemario, Luzbel, pero fue con este libro de relatos con el que entró a la literatura peruana con una patada violenta, y lo hizo por la puerta trasera. Este libro no pasó desapercibido, pese a que más de un señorón de la crítica intentó blanquearlo del firmamento. En este sentido, no debemos pasar por alto el apoyo que le brindó José María Arguedas, quien fue capaz de detectar las frescura y proyección que encerraba ese libro escanciado de poesía y sexualidad. Fue capaz de ver más allá de la lectura común. Arguedas vio en los personajes de Los inocentes el sufrimiento y el trauma de sus personajes de ficción. No fue gratuito ese espaldarazo. Era no solo un inicial reconocimiento a su valía literaria, sino un aviso de rescate del mundo adolescente como crisol temático a explotar.
Bien pudo quedarse en estos iniciales laurales. Pero no lo hizo. Y no lo hizo porque era un escritor con hambre de denuncia. Era un ferviente convencido de que en la literatura podía poner en el tapete las desigualdades y la doble moral de la sociedad encorsetada y racista de la época. Por eso, si los cuchillos de la crítica quedaron afilados luego de Los inocentes, con la novela En octubre no hay milagros (1965) estos cuchillos funcionaron bajo una estrategia, porque el  objetivo de esta crítica era opacarlo de una vez por todas. Basta una visita a la hemeroteca de la Biblioteca Nacional para verificar que se armó una cadena estratégica de críticas que no solo se ceñían a lo literario. Encontramos en esos diarios un andamiaje discursivo para desaparecerlo, este andamiaje no solo tenía sentencias literarias, sino que apelaba también a los discursos morales por cuenta de intelectuales líderes de opinión. Esta estrategia por desaparecerlo vio sus frutos cuando en 1970 publica su segunda novela, El escarabajo y el hombre, a la fecha, una de las novelas breves más perfectas de la narrativa latinoamericana del Siglo XX. El escarabajo… es un canto poético y formal, su perfección no desentona con los tres hilos argumentativos (ajá, sumemos la voz del narrador) encadenados, en las que vamos constatando un detalle que veíamos rastreando en sus títulos anteriores: la crítica al mismo discursivo ideológico que venía alimentando su poética. Reynoso se manifestaba totalmente renuente a la incoherencia ideológica de quienes se llenaban la boca criticando el maléfico discurso de la derecha. Si la crítica oficial ya le había puesto la cruz, ahora esta cruz era cargada por ciertos escritores que años antes lo habían apoyado.
A inicios de la década del setenta, Reynoso se fue a vivir a China. Estuvo más de diez años, en el mismo corazón del mundo que consideraba el ideal socialista. No se supo mucho de él, y esta etapa es más bien un hiato vital que los estudiosos de la obra de Reynoso tienen ahora como tarea a cumplir. A su regreso, nos entrega en 1993 el relato breve En busca de Aladino, delicioso texto en el que Reynoso se afianza como un fino estilista, o sea, un Reynoso recargado en la belleza del lenguaje. Sin embargo, fruto de su experiencia en el gigante país asiático, publica en 1995 la que es su obra maestra, una obra que a la fecha deber ser más leída y rescatada de la justa luminosidad de Los inocentes. Nos referimos a Los eunucos inmortales. Al respecto, no puede haber existir hincha de Reynoso que no haya leído esta novela en el que participamos del mejor Reynoso: del Reynoso ambicioso, del Reynoso estilista y del Reynoso formal. Una novela con ecos y epifanías que nos presenta a un escritor que es testigo del desastre ocurrido en la Plaza de Tiananmén en 1989. Nuestro escritor, bajo la mirada de su narrador protagonista, no solo nos brinda un fastidiado recuento de los sucesos ocurridos, días previos y durante, a la masacre de estudiantes en la plaza, sino que también por medio de él accedemos a una postura del autor con respecto al socialismo, a una convicción en el socialismo como ideal a alcanzar por el hombre, sin importar las barbaridades que hagan los hombres con este ideal. Por testimonio del propio autor, cuando se le preguntaba por esta novela, él declaraba con orgullo que había sido la que más tiempo le demandó escribir. Por cierto, en una ocasión le escuché decir que de Los eunucos… tenía más de veinte versiones.
Las relecturas de esta novela nos revelan lo que Reynoso terminó haciendo en los últimos años. A nuestro autor, de a pocos, le interesaban cada vez menos los cotos impuestos por los géneros literarios. Una lectura atenta de El goce de la piel (2005), En busca de la sonrisa encontrada (2012) y Arequipa, lámpara incandescente (2014), son una proyección de esa actitud de Reynoso hacia los géneros. Tengamos en cuenta que desde hace ya varios años se perfilaba como un escritor ajeno a las reglas narrativas. Lo que le interesaba ante todo era escribir, y en ese proceso de escritura patentizar todavía más el placer erótico que le generaba precisamente la escritura. Ese aparente desorden que a más de un entendido en narratología le generaría patatús, resultaba en Reynoso una virtud, una suerte de profecía de lo que años después se haría pasar como nuevo en la narrativa peruana última, puesto que en estos libros breves asistíamos a una poética más descansada, pero no menos letal en trasmisión. Por esta razón, ahora podemos entender su sonrisa e ironía, viendo sentado, con una vaso de cerveza en la mano, lo que otros realizan denodadamente con esfuerzo lo que él ya había hecho años atrás.
No lo pensemos mucho. Reynoso era una escuela viviente. Se había convertido en la Historia de la Literatura Peruana desde 1950 en adelante. Y pese a que él siempre renegó de un aislamiento literario, este aislamiento no fue del todo cierto, al menos no en la última década, en la que hubo tiempo para rescatar títulos como Las tres estaciones y El gallo gallina, en la que más de un interesado decidió trabajar su obra desde la academia, pero ante todo, fue una década en la que los lectores se conectaron mucho más con Reynoso, incluso estos lectores no necesariamente eran peruanos. Pensemos en las ediciones extranjeras de sus títulos más emblemáticos. Es decir, nuestro escritor sí llegó a sentir el reconocimiento, ya sea por los diletantes y los entendidos. Razones sobran para explicar esta situación, había en su obra calidad, furia, demonios, discurso político polémico, o sea, toda una mezcla que le permitía sintonizar con quien sea, los lectores encontraban en su escritura frescura, una parcela vital. 
No te engañes, querido lector: Oswaldo Reynoso era nuestro escritor peruano más joven. Sus libros son la mejor prueba de ello. 




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