lunes, mayo 23, 2016

un director comprometido

No hay nada mejor que enterarse en una noche de domingo, luego de la posible debacle que sufra el país en las urnas dentro de unos días, de una noticia que, definitivamente, alegrará a todos los cinéfilos, a todos aquellos convencidos de que el cine es un arte integral que va mucho más allá del fin comercial pautado por el entretenimiento.
No lo pensemos más, sí hay mucho que celebrar: el director británico Ken Loach acaba de ganar La Palma de Oro de la última edición del Festival de Cannes por su película I, Daniel Blake.
Obviamente, no hemos visto esta película, pero no pasará demasiado tiempo para hacerlo. Mientras tanto, sepamos quién es Loach, al menos de qué está hecho este hombre que dirige y filma, cosa que tienen una idea quienes recién estén comenzando a forjar una cultura cinéfila, cultura placentera en todo sentido, pero no por ello, no menos difícil de cimentarla.
Son pocos los directores capaces de oxigenar el cine hoy en día. Son muchos los que se encandilan por las formas, por las nuevas vías tecnológicas que permiten que la realización de películas no necesariamente dependan de siderales cantidades de dinero, tal y como ocurría hasta hace no más de veinte años. Hoy en día, con mucha voluntad y, sin duda, trabajo y talento, se puede hacer una película aceptable en términos de soporte. Prueba de ello es la proliferación de importantes festivales de cine en el mundo. Ese es pues el gran aporte de la tecnología, ha permitido que el cine se democratice, la “posibilidad de filmar está”, y solo falta la voluntad, empero, por más facilidades que brinde la tecnología, el camino sigue siendo duro y hay que recorrerlo si es que el cine es lo tuyo.
Desde sus inicios como cineasta, Loach no ha sido nada ajeno al discurso político, sus años de formación estaban signados por la influencia de los Angry Young Men ingleses, movimiento político literario que tuvo como referentes a narradores como Kingsley Amis (el padre de Martin) y Alan Sillitoe. Este movimiento rompió fuegos en la década del cincuenta, pero el discurso y su respectiva propuesta cayeron en un relativo olvido a partir de los sesentas. Sin embargo, no había estudiante o artista que no alimentara su indignación, a razón un sistema que empobrecía más a los pobres, por medio del legado discursivo de los AYM. Loach era uno de esos jóvenes indignados, su sensibilidad hacia lo que veía no era ajena a su inquietud creativa. Esta postura política, que algunos críticos calificaban de “rabiosa”, se reforzó en discurso y consecuencia en los años ochenta, en pleno mandato de Margaret Thatcher, llevando al límite su propuesta. Para aquel entonces, su poética cinematográfica venía con la marca de agua del cine político, pero en esa década ochentera de crecimiento a costa de la clase media, motivó que su cine sea más de denuncia de lo que ya era, más visceral en propuesta, alejándose del sentido metafórico de la narración, para hacer de la narración un canal premunido de tersura al servicio del mensaje, pero sin dejar el componente estético, que a fin de cuentas es el componente que sostiene toda obra de arte, y eso, mejor que nadie, lo sabía y sabe Loach.
Se dice, y bajo atendibles y justas razones, que los discursos políticos e ideológicos no deben elevar el proyecto de una obra de arte, y en este sentido, no se salva ninguna parcela creativa. Pero siempre nos topamos con casos únicos, en los que no solo el afán de denuncia va de la mano con el logro estético. Pensemos en los iraníes Jafar Panahi y Abbas Kierostami, revolucionarios cuyas películas vienen estimulando a los nuevos y experimentados directores del mundo. En esa onda, pero mucho más agresivo, ubicamos a Loach, con películas que son un muestrario no solo de su espíritu denunciante, sino también de compromiso con las causas que defiende. Del mismo modo, en la manera de filmar, accedemos a una intención de carácter documental, abocado en una apuesta por el realismo, filmando en el límite de los géneros, hallando y potenciando los nervios de los contextos, de las tramas y los de sus personajes.
Además, no es la primera vez que se reconoce su trabajo. En 2006 se le otorgó el mismo premio de hoy por The Wind That Shakes The Barley y en su haber figuran varios premios del jurado del mentado certamen. ¿Qué nos dice esto? Primero, y lo que importa: que no solo es uno de los más grandes directores del cine de hoy, sino también uno que no nunca ha transigido en su compromiso, ni se ha dejado tentar por un ablandamiento de su discurso Trotskista. En otras palabras, escribir/hablar de Loach es referirnos a un director que ha llevado durante toda su trayectoria, y patentizada en sus películas y documentales, un compromiso político, enfocado en los oprobios de los hombres y mujeres más débiles, y alzando la voz a favor de las clases sociales carcomidas por el dictatorial sistema neoliberal imperante. Prueba de su poética, la podemos encontrar en su subliminal e iluminador libro Desafiar el relato de los poderosos, una suerte de biografía política de su cine. Agrio por momentos, pero ante todo ofreciendo soluciones a los nuevos cineastas. Estas soluciones nos reflejan también la esperanza de Loach en la formación de un cine político, aquel que nunca deje de testimoniar con crudeza y realidad el oprobio del hombre en el mundo de hoy. Al respecto, son suculentas las páginas en las que nos transmite la idea de encontrar una estética que madure en contextos que en apariencia niegan toda clase de crítica y señalamiento, por ello, no solo nos habla de una postura política, sino que en base a esta se puede llevar armar un método de trabajo que le saque provecho, a manera de identidad creativa, al uso de la cámara, a saber.
Como se indicó líneas arriba. Los cinéfilos deben estar más que satisfechos. La obra de Loach es una consistente luz en pos de un cine que ahora más que nunca debe producir más, no cejar, y en especial, esta Palma de Oro es un reconocimiento a la coherencia artística. Al menos este año, el Cannes se ha salvado del bochorno. No ha sido nada bueno, más bien ha sido muy irregular según la crítica, pero por el momento eso no importa, lo que interesa en verdad es aplaudir de pie a Loach. 
¿Cómo? Pues viendo/descubriendo, o volviendo a ver/descubrir sus películas y series, que, felizmente para los cinéfilos limeños, no son difíciles de encontrar. 



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