domingo, noviembre 27, 2016

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Una taza de café para comenzar lo que se supone tiene que ser un buen día y, de esta manera, analizar lo que han sido estas últimas semanas, que califico de peculiares, tanto en el ámbito personal como social. En lo personal porque he tomado decisiones correctas, aunque no por ello difíciles, en pos de aquello que se llama equilibrio interior y coherencia con uno mismo. En lo social, el espectáculo sobre el afecto y el rechazo a razón de la muerte de Fidel Castro.
De Castro ya dije lo que tuve que decir y no me voy a retractar al respecto, pero ese solo espectáculo de adhesiones del que vengo siendo testigo desde la medianoche del sábado, me hace pensar en el daño que le hacen a las personas los fanatismos, muy en especial los religiosos y políticos. Muestras de ceguera que hemos visto en estas últimas semanas, primero con Trump (¿o me van a decir que el voto protestante no fue determinante para que este troglodita gane las elecciones en USA?) y ahora con Castro.
Los fanatismos religiosos y políticos son dos pestes que siempre he combatido e intentado que no me contagie, quizá el único fanatismo que me ha contagiado ha sido el de la música, ni siquiera el fanatismo literario me ha carcomido la visión del mundo, pero con la música he sentido otro contacto, que se ha reforzado con mi estado irracional, que para buena suerte mía, se ha carcomido con estilo y consecuenia dentro de mi ilimitada fijación setentera. Por eso, me siento agradecido por no ser parte de ese fanatismo colectivo que motiva la muerte de una persona, fanatismo político en supremo grado, que impide ver que hay gobernantes sátrapas, ya sea de izquierda y derecha.  
Reviso algunos correos y descargo algunos archivos que tendré que editar, uno de ellos es kilométrico, pero normal, le entro con todo, aunque barajo la idea de imprimirlo para trabajarlo a lápiz. Antes de salir de mi cuenta, un amigo me dice que ayer compró Trilogía de la memoria, entonces le digo que es lo mejor que ha podido hacer, puesto que se trata de un libro necesario, que en lo personal no me canso de frecuentar. No importa quién se lo haya vendido, así haya sido el ideólogo de los Stupibabies, el popular "Libros robados". Cuando uno se sumerge en estas páginas, hay que ser una soberana bestia para revenderlo. Regalarlo sí, a una persona especial, como testimonio de la nobleza del genuino lector. Me alegra que mi amigo tenga en su poder ese libro, sé que estará en buenas manos, porque su anterior dueño lo robó de Ibero pensando que se trataba de un título que le faltaba y que venía buscando con anhelo: el tercer tomo de las memorias de Chopra. Sin embargo, cuando "Libros robados" llegó a la página 15, casi le da un ataque cerebral, sufrió un pánico ayahuasquero. Esa es la razón por la que desde hace meses andaba como loquito tratando de rematarlo por ahí.

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