jueves, diciembre 08, 2016

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Un día tranquilo y despejado, a fin de cuentas.
Me dispuse a dormir hasta tarde en la mañana. Además, pasé toda la madrugada corrigiendo un texto y editando otro. Sin embargo, cuando el sueño me llevaba a un morichal en donde contemplaba el clima tropical, este escenario se interrumpe a causa de la algarabía que sucedía en mi sala. Asomé la cabeza por la puerta de mi habitación, y era lo que temía, mis tías abuelas, más sus esposos, más una que otra prima mayor. Y recordé lo que mi madre me había dicho días atrás, que hoy miércoles, celebrarían con un almuerzo en casa el cumpleaños de una de mis tías, la hermana menor de mi abuelita fallecida.
Lo había olvidado por completo. Entonces, vibra mi celular, en la pantalla aparecía el emisor: Casa. Era mi mamá, que me pedía el favor que me porte como gente y que salga de mi cuarto a saludar a mis tías y tíos y que la ayudara en los quehaceres del almuerzo. Me metí a la ducha y en menos de diez minutos ya estaba con mis tíos, que en situaciones así, se ponen a hablar de mis aventuras infantiles, porque en cuestiones infantiles, pues sí tengo que mucho que contar, no creo que todos los niños hayan vivido en la intensidad que yo sí, al punto que un par de primas me asumen como el héroe de sus vidas, anécdota que espero contar más adelante en este blog.
Como mis tíos me conocen y como se dieron cuenta de que yo había cumplido mi parte, ellos no demoraron en cumplir la suya: retirarse después del almuerzo. Me despedí de todos, los quiero mucho pero las reuniones familiares no van conmigo y ellos lo saben muy bien.
Y mi mamá feliz porque estuve a la altura de lo que ella esperaba de mí y no hay mejor regalo para mí que la plena sonrisa de mi madre.
Pero mi madre y yo teníamos una sensación más densa, una sensación que nos anduvo persiguiendo desde hacía un mes, puesto que mi padre ha estado siendo sometido a pruebas de salud, de las que salía airoso, pero había una en la que no, algo en su estómago que lo adelgazaba.
Cuando mi padre llegó de recoger sus pruebas, el mundo se nos detuvo, pero felizmente no por mucho tiempo, porque lo que dijo nos libró de lo que temíamos, la presencia del cáncer, y que había solución para su problema, que no es más que una bacteria a la que tendremos que matar durante un mes. 
En la noche me dispuse a agasajar a mis padres. De paso, me sentía mucho más despejado, el principal problema de estas últimas semanas estaba bajo control y se había alejado todo tipo de potencial desgracia. Ahora, en los próximos días me enfrentaré a otros problemas, pero como si las huevas, la batalla importante es la que se ganó.

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