miércoles, diciembre 07, 2016

"el espíritu de la ciencia ficción"

La publicación de la novela póstuma de Roberto Bolaño, El espíritu de la ciencia ficción (Alfaguara, 2016), ha generado más de una discusión y pocas tomas de posición en relación a lo vertido por sus protagonistas. Por un lado, la viuda del escritor, Carolina López, y por otro, el crítico literario Ignacio Echevarría, que ha señalado la intención de López por blanquear el pasado inmediato de Bolaño, en pos de la construcción de una memoria literaria, en la que tendría que forjarse un nuevo discurso sobre el escritor, ahora que la obra de este ha migrado de sello editorial.
Consignemos también que la presente novela viene con un prólogo del crítico Christopher Domínguez Michael. Quien esto escribe es admirador del trabajo del mexicano, pero también debo señalar que su prólogo es un texto forzado, uno que intenta cumplir un objetivo: que Bolaño dio por cerrado el proyecto que ahora se nos presenta entre manos. Sumemos también los anexos que nos brindan luces sobre el proceso de composición de la novela, que serán de la delicia de los seguidores del chileno. Sin embargo, ni el prólogo ni los anexos aportan en la apreciación que ante todo nos debe interesar: la novela como novela.
La lectura de El espíritu… nos arroja varias preguntas y una sola certeza. No estamos ante una novela acabada, en absoluto, sino ante una novela cuya escritura se hizo necesaria para su autor, con el objetivo de encausar y expandir los tópicos que desarrollaría en las cinco novelas que componen 2666, como también en la proyección del universo que veríamos en Los detectives salvajes.
Cuando nos referimos a la novela como proyección trunca, tenemos que subrayar su debilidad mayor, asociada a la configuración moral de sus protagonistas, los aspirantes a escritores Remo Morán y Jan Schrella, que contra todo persiguen el objetivo de dedicarse exclusivamente a la literatura, habitando una galaxia dependiente de las referencias literarias. Hasta cierto punto (uno muy remoto) podríamos barajar la idea de que estamos ante una novela insertada en la tradición de Las novelas de aprendizaje, pero cartografiarla en dicha tradición, aparte de demagógico, vendría a ser una mentira contraria a los postulados que Bolaño cultivó en vida. A Morán y Schrella les falta un componente vital que los libre de la plasticidad que los divorcia de la verosimilitud, ese componente que hemos sabido apreciar y admirar en los personajes de las novelas y cuentos más celebrados del autor. Este par, y del mismo modo que los demás personajes que los acompañan, adolecen de oscuro malditismo y emocionalidad quebrada. La configuración moral no pasa del mero enunciado, se resiente en fibra. Nos basta y sobre esta característica para entender por qué Bolaño mantuvo oculta la novela durante muchos años, y tengamos presente esta especulación: cuando la escribe, Bolaño era un narrador encaminado en su formación, no se consideraba un narrador cuajado, pero su decisión de no publicarla no obedeció a olfato de oficio, sino a su condición de voraz lector. Y de haberse dado el caso de que haya podido publicarla, estaríamos hablando de la novela más floja de toda su producción. Entonces, las preguntas se imponen para explicarnos por la existencia actual de esta novela que hemos recibido con mucho ánimo, pero intuyendo que no se trataba de lo mejor, ni de lo regular, del autor. Una respuesta potencial se yergue en su potencial justificación: el cambio de casa editorial debía estrenarse con un título nuevo, no con uno emblemático. Esta determinación, en esencia muy discutible, es lo que nos permite entender su presencia, pero más allá de los móviles comerciales, nos arroja una certeza que los lectores del chileno estamos llamados a agradecer.
En El espíritu… encontramos la ética de registro inicial que el autor potenciaría en los títulos que lo consagraron. Bien podríamos calificar esta novela como un documento de lujo sobre el fuego de la poética de Bolaño: el zurcido de su estilo. El estilo que vemos en estas páginas es lo mejor que nos regala Bolaño desde el más allá. Por eso, su riqueza la hallamos en los silencios, en la diafanidad de su prosa. Fijémonos en el año en que la termina, 1984. Y hagamos memoria sobre lo que era la prosa en español en esos años, revisemos el pastoso lastre que la signaba.  
Más allá de las falencias de construcción emocional de sus personajes y de la ligera estructura de la que hace uso, Bolaño triunfa en la ética de su estilo. Sabiendo de lo que hacía, desde el borrador se propuso (¿involuntariamente?), o dio señales de rescatar la prosa en español de la ciénaga, de la sonaja, del florido artificio sin sustancia, y en esta gesta, que a otro hubiera intimidado, terminó legitimando su estilo años después. Un estilo que en las páginas de El espíritu… le permite administrar la vitalidad juvenil al borde del colapso de sus personajes. Seguramente no sintonicemos con Morán y Schrella, pero eso poco o nada le importa al lector de Bolaño (ajá, resaltemos en negrita), puesto que su celebrada vitalidad refulge en ellos, lo que nos testimonia lo siguiente: a Bolaño jamás se le ocurrió hipotecar su escritura. Peleó y venció.

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