domingo, diciembre 04, 2016

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Ayer, sábado, ciertas calles de Lima me parecieron por demás extrañas. Parecía que había pasado algo en la ciudad, como si ese sábado hubiese sido invadido por el hálito de los domingos: poca gente, contados carros, silencio sepulcral, ¿o es que estuvimos caminando por las calles más aburridas de toda la ciudad?
Caminaba con ND, a quien acompañaba a un evento que tendría que cubrir, la acompañaba mientras me contaba sobre su viaje a Santiago, ciudad en la que pudo asistir a un histórico concierto de Black Sabbath. En parte, las calles por las que caminábamos tenían toda la pinta de ese Santiago que puede resultar muy desolador los domingos. Por otra parte, no había nada y el calor me estaba pasando factura, porque al tener toda mi ropa secándose, no tuve otra opción que usar una camisa que se me pegaba en la espalda a causa del sudor. En otras circunstancias, me hubiese quedado en casa, anulado por los caprichos de la comodidad, pero también sabía que solo podía ver a ND un par de horas, entonces al guerrazo, salí con la camisa sabiendo la incomodidad que también me generaría su uso, para colmo, no tenía ni un bividí a la mano. No importa, había mucho que hablar con ND, quien me contó de su periplo santiaguino, y lo hacía mientras fracasábamos en la búsqueda de un café, conformándonos al final con unos sanguchitos de un Minimarket de Canaval y Moreyra.
Cerca de las siete de la noche, regresé a casa, sabía que a las ocho de la noche se transmitiría uno de los partidos de la Copa Perú. Aún recuerdo las jornadas de los partidos de la Copa Perú a los que mi papá nos llevaba a mi hermano y a mí, en inacabables tripletes en el Estadio Nacional. Mi papá no era fanático de ninguno de los equipos que disputaban esta copa, sino que hacía lo mismo que todos los asistentes que llenaban el coloso deportivo: ser testigos de las patadas y juego brusco, de esa poesía seca pero hilarante, de la que niños ochenteros como mi hermano y yo no éramos ajenos. La Copa Perú era el Circo Romano del limeño ochentero. Quizá ese recuerdo fue lo que hizo que regrese a casa, pero no para ver la transmisión del partido, sino para escuchar el mismo en Radio Ovación y teletransportarme en el tiempo, a esos fines de semana de diciembre que íbamos al estadio para ver esas batallas deportivas que se nos quedaban en la memoria, al menos para mí, hasta el día de hoy. 
Ya avanzada la noche, busqué en Youtube un concierto de ballet, pero uno de movimientos salvajes y epifánicos, como para despejar la mente de las inevitables bajezas de las últimas semanas, de la podredumbre moral de los otros.

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