sábado, diciembre 03, 2016

¿ya leíste a miluska benavides?

Desde hace un tiempo me vienen preguntando por una narradora peruana, a la que ubicamos entre las últimas que han aparecido, una narradora que en su primer cuentario nos revela no solo solvencia de oficio, sino también una mirada peculiar del mundo, pero ante todo, y esto es algo que habría que subrayar: ambición narrativa, que en su caso no se expresa en la extensión, sino en la fuerza de su contención.
Me refiero, pues, a la traductora y escritora Miluska Benavides y su libro La caza espiritual (Celacanto, 2015). Hablamos de una publicación que ha pasado desapercibida gracias a nuestros maravillosos periodistas culturales, que solo reseñan lo que les llega o lo que el relacionismo estratégico obliga a que reseñen, sin tener en cuenta que su función es también salir a buscar publicaciones. Felizmente, en este circuito aún quedan lectores que no se tragan las mentiras del buffet dietético del periodismo cultural, porque si algo ha generado LCE es precisamente formar una pequeña pero respetable comunidad de lectores que, señalando virtudes y reparos, posicionan a Benavides como lo mejor que le ha podido pasar a la narrativa peruana en estos tiempos de celebraciones y canonizaciones apuradas. 
No es hora de cuestionar estas celebraciones y canonizaciones, que más de un herido arrojará el análisis, sino es hora de destacar la legitimidad que consigue Benavides con un cuentario ajeno a las tendencias literarias y mandatos (modas) editoriales, de los que no se libran ni los grandes ni pequeños sellos. Lo que consigue Benavides no es más que el simple triunfo de aquello que debemos conocer como artificio narrativo, que constatamos en cuentos como “Los cuerpos celestes”, “El panteón de los próceres”, “El condenado”, “Las cuatro estaciones” y “Las ceremonias”. En estos cinco cuentos, de los ocho que conforman la publicación, somos testigos de la formación narrativa de la autora, de su innegable talento, como también de sus excesos en cuanto a densidad narrativa (que de seguro aliviará en sus próximas entregas), pero ante todo somos actuantes privilegiados (el lector debe poner lo suyo, aquí no hay cucharaditas) de una voz quebrada que la autora cubre con mantos metafóricos, puesto que la sola exposición de miserias no es lo suyo, y no tiene por qué serlo, porque si algo demuestran estos cuentos, es una propuesta sólida encausada en la ambición por representar un mundo, es decir, la verosimilitud literaria divorciada del barato efectismo.

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