martes, diciembre 20, 2016

ingreso a la realidad

Cada vez que me levanto, y luego de un café (el primero) al vuelo, de reforzar el brazo con pesas y conversar con Onur, me sumerjo durante media hora en Jurassic Park, es decir, en el mundo de las redes sociales. Hay que estar informado y también cerrar una que otra comunicación dejada a medias. Entonces, resulta inevitable no toparse con la visión limitada de nuestros intelectuales, activistas y creadores, cuyos discursos, aparte de evidenciar una carencia de formación (llámale lecturas), no desaprovechan la ocasión para dimensionar su desconexión con aquella realidad que anhelan rescatar de la bestialidad.
Sabemos bien que una de las características de este mundo pautado por la velocidad y los apuros, característica que viene siendo señalada, es la falta de reflexión y análisis de los hechos que el sujeto y el colectivo que integra pretenden opinar. Mente y enunciado en una sola carne, es decir: estupidez de pensamiento en lenguaje elemental. Pero en este caso, pensando en la prioridad de contexto, me centro en el pensamiento, no en el lenguaje.
Un ejemplo: ¿qué pasaría si PPK hace eco del sentir de quienes le demandan una mayor actitud contra el embiste naranja? ¿Qué solución plantearían ante la crisis social que se desataría? ¿Cómo legitiman ante el pueblo la rebelión que buscan ante cada capricho de la Sra. Fujimori?
Soy testigo inevitable de las quejas y medidas que de aplicarse pondrían en jaque al país, y para colmo de males tengo que escuchar y ver las ligerezas de opinión de Indira Huilca, puesto que sus apreciaciones sobre la reunión de PPK con Keiko, a este paso, la ubicarían al nivel de la mayor lectora naranja de la realidad política nacional: Carmen Lozada de Gamboa.
Cultura es diálogo.
Cultura es convivencia.
Cultura es responsabilidad.
Cultura es autocrítica. 
La situación no es de las mejores, pero el alarmismo sobre los caprichos de la mafia naranja es no menos que irresponsable. No estamos en 1997, año en que la dictadura de Fujimori se mostró en toda su desfachatez, año en que muchos peruanos se desengañaron, año en el que los contados que se mostraron contrarios al autogolpe de 1992 vieron cumplidas sus pesadillas. Lo que nuestra intelectualidad debe entender ya sobre el fujimorismo no es su carácter mafioso, sino lanzar sus recursos contra el núcleo de la mafia: su apoyo popular. Obviamente, esta guerra se gana en la geografía del discurso, que tendrá que descansar en la paciencia. Sin apoyo popular la mafia naranja queda expuesta. Además, ya es hora de que nuestros intelectuales, creadores y activistas dejen de mirar por encima a los simpatizantes naranjas, ya es hora de que echen al tacho la superioridad moral y se pongan a mirar/estudiar la realidad, ergo: mirarla con los recursos intelectivos, porque ya vemos lo que ocurre cuando la asumimos con irreflexión e inmediatez.

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