miércoles, marzo 09, 2016

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En la tarde recibo la llamada de Bruno, un pata del que no sé nada en meses. Bruno ha estudiado en varios buenos colegios de la capital (de esos que uno suele escuchar desde la niñez), en “varios” porque lo han expulsado hasta cuatro veces durante la secundaria. Cuando acabó el colegio, se dedicó a viajar por el mundo, puesto que su padre era un diplomático de carrera.
Nos conocimos en Quilca hace un par de años. Bruno buscaba libros de poesía y estaba muy pegado a la poesía española de la segunda mitad del siglo pasado. Acababa de salir de un plan de lecturas que comprendía a los mayores poetas gringos, a los que leyó en inglés en la biblioteca de su colegio, en donde trabajaba una ex compañera de promoción que le facilitó el servicio de lectura.
Le recomendé lo que supongo se debe recomendar de los poetas españoles de la segunda mitad del XX. Nunca entendí la razón de su apego por esos poetas, pero tampoco quise preguntar en detalle, ya que él estaba con toda la intención de leerlos y, para ser sincero, pocas veces uno se topa con patas y flacas así, que exhiban un compromiso más allá de la natural posería de la edad.
Mientras veía sin mirar el aburrido partido de la U con Garcilaso, recibo su llamada. Me dice que fue a buscarme al otro local de Selecta el día de ayer y que no me encontró. Le digo que estoy en mi casa, cuidándome del sol y leyendo como una bestia. Bruno me dice que tiene algunos apuros económicos y que necesita dinero; para ello, tiene un par de poemarios que quiere venderme. Me dice los títulos, los precios. Los títulos me convencen, no así los precios, pero no me hago problemas. Le lanzo una contraoferta y al toque llegamos a un entendimiento.
Nos encontramos a las cinco en la intersección de Canadá con Aviación. Y caminamos un toque a comprar algo de beber, pese a que el sol había bajado, la sensación de asfixia era muy fuerte. Muy cerca de la BNP nos pusimos a hablar brevemente de lo que veníamos haciendo.
El dinero de la venta de sus libros le ayudaría a sobrevivir hasta el viernes, día en que recibiría un dinero con el que se iría a Cusco, no a hacer ruinas, como en otras ocasiones, sino a lo que quería hacer desde hace algún tiempo y que no concretó por no sentirse preparado, es decir, participar de una sesión de Ayahuasca. Unos amigos franceses le recomendaron un centro ceremonial en Pisaq, el cual conozco bien. 
Tenía que decirle algo, para eso me estaba contando que se iba a Cusco. Nunca he querido dar consejos. Pero había que decirle la verdad, al menos la mía: muchas veces sentirse preparado es la mejor señal para no hacer las cosas que uno venía pensando en mucho tiempo.

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