miércoles, abril 06, 2016

451

Y Quilca se convirtió en una fiesta.
Ni hablar de la marcha, de la que se dicen varias cifras, 20, 30, 40 y 50 mil personas congregadas, y uno que otro infiltrado.
Mientras me dirigía a la marcha, luego de salir de la conferencia de Subirats en la que casi se mecha con Buntix, hecho que iba a motivar a que Walter y yo paremos ese posible emcontrón, pensaba en el los discursos tan equivocados y erróneos que como sociedad hemos desarrollado contra el fujimorismo, discursos que no han atacado las cimientes de su esencia, apelando más bien a consignas que más parecen gritos de guerra de barra brava que discursos pensados y objetivos. Es por ello que cada cinco años corremos el peligro del retorno de esa dictadura, ahora transfigurada, pero con muchísimo apoyo popular, para nuestra festiva infelicidad.
Me acoplé a la marcha cuando esta regresaba a la Plaza San Martín. Hice lo que siempre hago en la marcha, juntarme en los colectivos, mas no encontré a la gente de La Jauría, también buscaba alguno que otro comando, pero la cosa se entendía, porque había, al menos para mí, más de 30 mil personas. Luego de las tocadas en la plaza, me perdí. Sabía que algunos amigos estaban cerca, como “El Nazi de Puente Nuevo”, “El caminante”, “ND”, “Lorenzo Lamas chato”, “Ramones Girl”, “Mr. Chela”, “Dante Kid”, no así “Jeremy”, que no cree en estas manifestaciones, llamando poseros a los que luchan contra la Rata naranja. No lo culpo, su trauma generacional, del que aún no puede recuperarse, fue el último capítulo de Dragon Ball.
Recién cuando me dirigía a Ciro pude ver a más gente ubicable, por mí, claro, listos para la festiprotesta que colmó toda la segunda cuadra de Quilca. Una fiesta de arengas, cerveza, hierba y bulla de todo matiz. Me compré una chela en lata y prendí el primer cigarrito en cuatro horas. Cada día fumo menos y eso me sorprende, aunque siempre me ha gustado fumar, he allí el secreto de no estar matado como otros sí, al punto que mucha gente piensa que tengo menos edad de la que sí. 
En el corto lapso de cinco minutos, recibí varios mensajes de texto, me preguntaban en dónde me encontraba. Casi les respondo y me dediqué a ver la algarabía apoyado en las rejas de una tienda que estaba rayando en cervezas y toda clase de tragos cortos. No tenía sentido quedarme hasta tarde, podía acoplarme a varios grupos, pero tampoco quería hablar en demasía, solo deseaba observar, en silencio, sin hablar de los candidatos, cuando de pronto me percato de que Allen Ginsberg estaba caminando en Zigzag…

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