lunes, abril 11, 2016

anticuchos

Los próximos días serán, aunque sea, un poco más tranquilos. La rata naranja y PPK pasan a la segunda vuelta.
Uno de ellos será el próximo presidente.
Obviamente, voté por el lobista PPK, porque era el único de los candidatos que podía hacerle frente al clan Fujimori.
Claro. No dejamos de ser una vergüenza como país.
Quince años por las huevas.
Quince años en los que no hemos forjado un discurso que extermine en el pensamiento y en su respectiva praxis absolutamente todo lo que significa el fujimorismo. Más bien, hemos estado entregados al supuesto bienestar material y a las consignas ideológicas, sin percatarnos que ese mounstruo naranja seguía vivo y alimentando su hambre de poder y venganza.
 A estas alturas es insuficiente pensar que el fujimorismo tiene un límite. No, los gobiernos de derecha e izquierdas se han encargado de alimentar esa atroz realidad, enfocados en el cumplimiento de principios estratégicos, sin enfocarse en el problema central: la desigualdad social.
Por ello, con una derecha inculta y una izquierda demagoga, el patriarca ha visto fortalecida su imagen en los últimos años. Tenemos pues la derecha e izquierdas que requiere el fujimorismo para regresar al poder. Así de cagados estamos.
Creímos que bastaba y sobraba con las consignas, mas no ha sido así. Y a los resultados me remito. Somos testigos de una derecha entregada al clientelismo y el lobby, a la apuesta salvaje por la inversión extranjera que no respeta derechos laborales esenciales y alocada por la explotación de los recursos naturales sin la vigilancia estatal. Ni hablar de las izquierdas, demagogas e hipócritas, cuya High Class racista no toma en cuenta el sentir de sus compañeros de provincia a menos que sí tengan dinero y buenos contactos, izquierdas a las que no les importó apoyar en la campaña presidencial del 2011 a un sospechoso violador de derechos humanos. Esas mismas izquierdas que ahora izaron la bandera de la decencia por Veronika Mendoza, sin tener en cuenta la gravedad de sus vínculos con la dictadura izquierdista de Venezuela (a lo mejor me estoy hueveando y solo vale señalar a las dictaduras de derecha), que en lo personal me tenía sin cuidado (más de un izquierdista se orina de miedo si tiene que deslindar de Chávez); sin embargo, no dudo en calificarla de “Chavista” por la manera, para algunos lamentable, y para mí condenable/execrable, en la que se refirió a los presos políticos de Chávez y Maduro, razón más que suficiente para sindicarla como la topo chavista a la que le vale madre que se mate, torture, viole y encarcele a los que sí luchan por recuperar la democracia en el vecino país.
Para un creyente de la democracia, el respeto a la vida y a la libertad de expresión es crucial. Está fuera de debate y discusión. Si paso de estos dos aspectos, puedo ser cualquier huevada, menos un demócrata. Así es la nuez.
 Pero no, la consigna para las izquierdas era apoyar a Verónika como la más decente. Es decir, las izquierdas a lo bestia al poder, a saber, el plan económico que le estalló en la cara a Verónika cuando Toledo le preguntó, en el debate, de dónde conseguiría los recursos que canalizarían los profundos cambios que proponía para el país, respondiendo cojudez y media la candidata de la decencia.
Esa es nuestra realidad: nos tocará votar por un lobista para impedir la llegada de la rata naranja a la presidencia.
Y para ello, se necesitará de la reciprocidad de las izquierdas, que en el 2011 nos obligaron a votar por un sospechoso violador de derechos humanos para impedir que la hija del dictador se siente en el trono de Palacio. Ahora las izquierdas tienen que practicar la reciprocidad. La reciprocidad no cuesta mucho, solo el valor de una bolsa de papel para el inminente vómito.
La historia es cíclica, se repite.
En 1990 Fujimori venció a Vargas Llosa con el apoyo de las izquierdas, de ellas depende que no vuelva el Fujimorismo este 2016. 
Nos vemos en las marchas, señores.

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