lunes, mayo 02, 2016

"los niños muertos"

Cuando se nos habla de la narrativa peruana última, se suele decir que atravesamos un buen momento. Por lo general, más de uno, y si es escritor, tanto mejor, opta por callar lo que en verdad piensa y se suma al coro de los campeones, o reyes, de la diplomacia literaria, tan concentrados y enfocados en hacernos creer que somos partícipes de ese ya señalado buen momento. En este juego de máscaras, especie de fiestita de egos sensibles, fiestita de ánimo tenso siempre y cuando no se cuestione ese buen momento, no pocos, por no decir todos, cumplen una función, un libreto a seguir. De no ser así, el escritor, sin importar si eres consagrado o no, se verá en el ostracismo, asumiendo el involuntario rol de resentido ante el avasallador éxito de los reyes de la diplomacia literaria.
Esta fugaz reflexión viene a cuenta de la lectura del último libro del narrador y ensayista peruano Richard Parra, la novela Los niños muertos (Demipage, 2015). Felizmente, esta novela es muchísimo más que esta fugaz reflexión. En primer lugar, nos pone en bandeja a un escritor que en obra ha conseguido una legitimidad literaria que nadie en su sano juicio puede atreverse a cuestionar. Hagamos memoria: Parra es autor del cuentario Contemplación del abismo, de las novelas cortas La pasión de Enrique Lynch y Necrofucker, y también del ensayo La tiranía del Inca, con el que ganó el Copé de Ensayo 2014. Una breve mirada a su obra de ficción nos manifiesta a un escritor que ha sabido ser honesto con su tema y que ha afinado su estilo en el tránsito de sus publicaciones, que calificaríamos de acero y heredero de una poesía seca que en su brevedad trasmite al punto de lograr la experiencia literaria: incomodar y joder al lector. Es decir, estamos ante un escritor que se ha posicionado como uno de los más atendibles de la narrativa peruana y latinoamericana de los últimos años, teniendo en cuenta que su mejor propaganda ha sido la impresión que despierta su poética y que no es producto del lobbismo literario.
En segundo lugar, lo que importa: la novela que nos reúne, LNM. Novela consagratoria para su autor y que se ubica desde ya como la mejor novela peruana del 2015. Sé que esta impresión puede ser antojadiza, sabiendo que aún faltan muchos meses por delante para acabar el año, pero la verdad es que la valla que deja LNM es demasiado alta. Si buscamos una palabra para definirla, una palabra que nos brinde una idea general, como puerta de acceso, esa palabra es violencia. Violencia que se respira en cada una de sus páginas, tema en alto relieve también presente en los demás libros de ficción de Parra, pero que en esta ocasión se pone a prueba en una historia compleja que dialoga entre un presente signado por el contexto convulsionado de la década del ochenta y el contexto de un pueblo de la sierra quince años antes. La barriada de Lima y el pueblo de adobe de Celendín. Un niño llamado Daniel descubre el mundo de la peor manera, por medio de heridas emocionales que nunca van a cicatrizar, es parte de la pobreza, la desconfianza de los seres cercanos a él, su ingenuidad infantil es trastocada paulatinamente, y no es para menos, él parece ser la única sensibilidad pura en un ambiente en el que hay espacio para todo, menos para la inocencia. Parra no solo se vale de un estilo cortante, sino también hace uso de una técnica deudora del montaje cinematográfico. Mediante este montaje narrativo somos receptores de inagotables chorros de violencia, que nos muestran el hastío y violencia ochentera como la violencia y miseria de tres lustros atrás, en un diálogo permanente en el que no hay espacio para la búsqueda de justicia, sino para la supervivencia. Esta es la única manera en que pudo contarse LNM. Mostrando, describiendo, ajeno a toda sentencia y afán de denuncia discursivo, porque la sentencia y la denuncia están presentes en precisamente lo que nos ofrece la pesada atmósfera de estas páginas.
Hablamos pues de una novela política. De una novela que denuncia. De una novela violenta en todo el sentido de la palabra. De una novela de genuina calidad literaria que habría que celebrar y que merece todas las reseñas positivas que viene recibiendo. Hay pues una ideología, la del autor, con la que no sintonizo, pero que reconozco para bien debido a su silencio, o sea, lejana del panfleto, y que como tal, presente en ausencia, nutre la atmósfera narrativa. Para lograrlo, para llevarla a buen puerto, es menester exhibir oficio. Por otro lado, LNM abre el panorama de lo que viene escribiéndose últimamente en nuestro país, pone un orden, jerarquiza la fuerza de la tradición realista peruana, últimamente tan atacada y ninguneada, o vista por encima del hombro, por cultores de otros registros a los que conviene blanquearla con la ayuda de reseñistas que cumplen la noble función del guaripolerismo. Pero este panorama no solo se limita a los nuevos registros (que de nuevos no tienen nada, la verdad), también es un llamado de atención al abuso temático que se ha estado ejerciendo sobre la violencia política, tópico por demás delicado, del que se ha “lucrado” como moda y del que se han beneficiado incluso los menos talentosos. LNM nos brinda la oportunidad de observar en serio la realidad inmediata, como también la realidad histórica, en su violencia emocional y cotidiana, rescatando ese verbo oral que hiere, verbo protagónico en esta novela, verbo de la rutina que viene siendo descuidado en nuestra narrativa actual, pasando por alto su enorme riqueza. 
LNM es también una radiografía de la poética de Parra. Una poética que supo ser honesta y coherente consigo misma, que resistió desde su inicio y que ahora brinda frutos que agradecemos los lectores de buenas ficciones.  Necesitamos más narradores como Parra, no necesariamente para que se escriba de violencia, sino para que se escriba del tema que sea, en el registro que se ajuste a la voz del autor, pero eso sí, con sangre, venas y nervio.

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