viernes, septiembre 09, 2016

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Cerca de las 10 y 24 de mañana, suena mi celular. Esa llamada me despierta, quiebra el sueño en el que desayunaba con Verónica Mendoza en el Sarcletti de San Borja. Ella pidió café americano y jugo de frutas silvestres y yo un espresso doble, más un desayuno americano.
La llamada era de Roberto, un pata del que no sabía nada en mucho tiempo. Lo conocí hace años en el stand de música del “Pelícano” Javier.  Roberto era un insalvable fanático de los Beatles. Conocía al detalle toda la discografía de la banda y eso fue lo que llamó mi atención. A sus dieciocho años lo veía como un potencial crítico de rock. Consumía música y el “Pelícano” era su guía y mentor. Roberto me dice que siempre lee mi blog y me preguntó si aún tenía una revista sobre rock subte que me había prestado en el 2003. La necesita de vuelta a razón de un trabajo que viene realizando, cuando le pregunté por el trabajo, me dijo que se trataba de un documental sobre la movida subte. Le pedí que me llamara en cinco días, porque debía buscar esa ya lejana entrevista.
Deseé que la llamada acabara en ese mismo momento. Y este pata amenazaba con seguir hablando, entonces, puse una voz más gruesa y en una le espeté un “estoy apurado, bro”.
Sé que fui muy poco cordial, pero a veces hay que saber evitar los peligros. Me bastaron escuchar tres palabras suyas para saber que seguía siendo el pata inseguro y dependiente de cuando lo conocí una tarde de fines del 2002 mientras buscaba discos por Camaná. No es la primera vez que adopto hermanos menores para adiestrarlos y guiarlos en la vida. Claro, no todos avanzan, algunos terminan huachafos y torcidos como “Cachetada nocturna”. El problema con Roberto es que me preguntaba de todo. Cuando nos encontrábamos por el centro nos poníamos a conversar, entonces, y de la nada, sacaba un cuaderno en el que había escrito 20 preguntas que yo tenía que responder. Sus preguntas transitaban por la literatura, la música, el cine, la política, el fútbol, las piernas de Milagros Moy, hasta me preguntaba por el alza de los precios de la leche y el pan.
No suelo responder las llamadas que hacen al teléfono fijo, pero lo hago cuando mis padres no están en casa, por eso fue que respondí la de Roberto y volví a responder la otra llamada después de colgarle, que tenía al mismo Roberto otra vez en línea. Respiré hondo. No quise buscar culpables. Mi número sigue siendo el mismo desde 1996, y por un instante pensé en la posibilidad de cambiar de número fijo, pero lo pienso bien y no, esa posibilidad solo duró 2 segundos, porque el solo cambio de número nos significaría una catástrofe comunicativa familiar, en especial para mis padres, que lo son todo para mí.
Había que responder las inquietudes de Roberto, este proto zepita, que me pidió disculpas, puesto que su sola esencia puede sacar de quicio a cualquiera, es pues su naturaleza, que a la luz de los hechos no ha podido controlar. Le dije que no se preocupe, también que no se resienta por cortarlo tan rápido, aunque sí había motivo, puesto que me esperaba un día relativamente ocupado.
Antes de acabar la llamada, me preguntó si le podía hacer un favor. Le dije que ya y que sea al toque. Sabía de qué se trataba, “pero eso sí, compare, solo 5 preguntas”. La primera: “¿Qué opinas de Alfredo Barnechea?” 
Respondí lo más rápido que pude y en una me metí al sobre, a intentar seguir mi sueño con Verónika Mendoza, porque veníamos hablando de temas importantes para el futuro inmediato del país.

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