lunes, septiembre 12, 2016

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Para ser domingo, no espero más de lo que se supone debería esperar, o sea, todo un día dedicado a estar en cama, leyendo los libros que compré ayer y escuchando música. Se supone que debería consagrarlo a los partidos de fútbol, pero de fútbol no quiero saber nada, y no es que ande contagiado de la amarga alegría crema, al menos no hasta mañana, que será otro día, quizá el inicio de una semana en la que me llenaré de esperanzas con la idea de esperar un milagro el próximo sábado, a ver, pues, si Mosquera hace un milagro o termina largándose de una buena vez y así nos ahorramos más de un papelón con tremendo equipo con el que se cuenta.
Me pongo a leer una edición de la revista Caretas, de 1985. En portada, Lolita Ronalds, que por ese año se estaba dando a conocer, a la que más de un periodista le auguraba un gran futuro televisivo y cinematográfico. Me pongo a leer la nota, presto atención a las fotos de Bendezú y me preguntó qué tuvo que pasar para que una carrera tan promisoria haya quedado en el olvido. Si algo recuerdo de Ronalds, ahora como animadora infantil a mediados de la década siguiente, era su carácter. Bueno, desde esa edad mostraba mi predilección por las mujeres con carácter. Y a Ronalds, bajo mi ingenuidad de los siete años, la imaginaba recibiendo alguna estatuilla de la academia.
Revisar revistas setenteras y ochenteras se ha convertido en una suerte de adicción. En principio me acerco a las páginas culturales que daban cuenta de las publicaciones peruanas de esos años. Sorprende, no lo niego, encontrarme con nombres de autores que la rompían con sus libros y que ahora gozan no sé si de un justo olvido. Presto atención también a los recuentos literarios. En estos últimos días, mi atención ha estado puesta en los recuentos de los años ochenta, años en los que resultaba jodido publicar, con una industria editorial destruida, en la que más de una vocación se estrelló con una realidad a la que pudieron sobrevivir solo los elegidos, lo más reacios a no cejar en sus intenciones literarias. 
Sigo en este viaje en el tiempo, esperando la versión online de mi artículo sobre Boris Groys que acaba de publicarse en las páginas de El Dominical. Pero también pienso en el vaso de quinua con leche que tomé hace algunas horas en Barranco. Siempre he sido fanático de la quinua con leche, pero la que tomé en la esquina de San Martín con Centenario se lleva de encuentro a todas las quinuas con leche de mi vida. Creo que me volveré adicto a esa esquina.

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