viernes, septiembre 09, 2016

"la forma inicial"

Uno de los autores que más ha calado en la formación de los nuevos lectores latinoamericanos es, sin duda alguna, el escritor argentino Ricardo Piglia. Claro, más de un seguidor suyo nos podría decir que es también un nato formador de escritores, teniendo en cuenta que su obra de ficción se ha vuelto prácticamente esencial, hecho que constatamos en no pocas poéticas que se construyen bajo su sombra de influencia. En ambas orillas de la opinión, hablamos de impresiones dignas del asombro primerizo, válidas en todo sentido, porque si algo legitima la obra y discurso de un escritor es precisamente su capacidad para generar discusión y desencuentros entre sus seguidores. Pero aquellos que vienen leyendo a Piglia desde hace muchos años no se hacen tanto problema al respecto, el Piglia formador de lectores y el Piglia radioactivo, el autor de ficción, son prácticamente la misma esencia; mas no hablamos de una esencia compuesta por elementos reunidos (¿narrador?, ¿ensayista?, ¿académico?), sino de una construida por fluidos que nos permiten apreciar que no estamos ante un autor que desconecta para luego volver a construirse, sino ante uno que piensa y crea en relación a esos fluidos conceptuales y emocionales. Pensemos en lo último que viene publicándose de él, a saber, sus diarios, que no son solo un testimonio de vida, también una declaración de principios morales, éticos e intelectuales, la trastienda de la extensión de la coherencia de su poética conformada por sus cuentos, novelas, ensayos y guiones cinematográficos.
Piglia es de esos autores al que más de uno quiere abrirle la cabeza para ver qué hay en su circuito cerebral y de qué alimenta su discurso. No es para menos. El pensamiento del argentino es toda una motivación, tiene ese extraño poder que solo pocos exhiben: el contagio por leer todos los libros de los autores que nos habla. Con un magisterio como el suyo, hacemos nuestro el compromiso por la lectura, como acto no solo placentero, sino también intelectual. No hay que pensarlo mucho: si Piglia es el autor que conocemos, admiramos y valoramos, lo es gracias a su adicción por la lectura.
Más allá de sus evidentes dotes narrativas, su obra de corte ensayístico lo ha convertido como uno de los que mejor lee la narrativa contemporánea, o mejor dicho, para sintonizar con la justicia: como el mayor lector de los procesos narrativos hoy en día. Ahora, esta condición de gran lector no lo convierte en una voz legal, con nuestro autor los decretos no juegan en pared. Lo suyo es generar discusión y disconformidad tras la experiencia de la lectura. Pensemos pues en sus biblias ensayísticas, como Formas breves, Crítica y ficción y El Último lector (ejemplos cada vez más vivos y fibrosos del pensamiento Piglia). Los años han ubicado a estos títulos como piedras angulares que nos permiten transitar, en especial, por la tradición narrativa latinoamericana.
La ficción del argentino ya viene caminando sola por los senderos de la legitimidad. Ahora, la atención de los cuajados y de los primeros obnubilados por su discurso, se viene concentrado en su producción de corte ensayístico. Tal es el caso de La forma inicial. Conversaciones en Princeton (Fondo Editorial Universidad César Vallejo, 2016), que se suma a los libros arriba citados. A diferencia de ellos, Piglia se muestra en estas páginas mucho más frontal, indefectiblemente, ya dueño y sabedor de la epifanía que generan sus puntos de vista. Nos enfrentamos pues a entrevistas, conferencias y discursos en los que nos sumergimos en los circuitos del acto narrativo, en un patente viaje hacia la tensión del nervio, a la esencia plástica y nutrientes sociales en la configuración de la tradición de la naturaleza del acto de narrar, del mismo modo en la formación de la poética de los autores de quienes Piglia nos habla y escribe.
Bien lo anota Paul Firbas en el prólogo, incidiendo en el carácter de la conversación, cuyo terreno resulta propicio para el intercambio de ideas, a distancia declarada de lo que vendrían a ser las entrevistas, en las que solo  importa la opinión direccionada del entrevistado, carente de esa cuota de intercambio, de discusión. Lo podemos ver en lo que nos dice de Onetti, tan fuera del consenso común que viene escribiéndose del uruguayo, ingresando en la médula de su narrativa y explicándonos por qué Onetti es difícil, oscuro; y no solo ello, también teje relaciones entre su obra con las novelas faulknerianas y policiales, entonces el lector, ante este río de ideas, construye una imagen más fresca de Onetti, y este efecto lo siente aquel que ya recorrió al autor como el que no. Como ya indicamos, Piglia se muestra polémico, y en ello no nos debe sorprender que sus opiniones descansen y se alimenten por medio de una visión del mundo ligada y comprometida con el discurso de la izquierda. Por otro lado, prestemos atención a “Medios y finales”, entrevista en la que nos acercamos a un Piglia íntimo. La entrevista se realiza a pocas semanas de su retorno a Buenos Aires, tras mucho tiempo enseñando en Princeton, además, con los entrevistadores como testigos, Piglia firma ante los notarios lo que dentro de no mucho sería su testamento. No hablamos de una circunstancia gratuita o anecdótica, sino de una experiencia que refuerza la sensibilidad del autor al momento de conversar sobre sus años académicos en esta universidad.
En cuanto a los discursos, leídos en lugares y contextos distintos, en los que percibimos, tras una sugerente sencillez en la exposición de ideas, un afán por cuestionar e incomodar al público presente, como en “Modos de narrar”, leído en 2005, en la Universidad de Talca, de Chile, al recibir el Premio José Donoso. Podríamos decir lo mismo de los otros artículos y ensayos incluidos, que exhiben una calma aparente, y que cierran, junto a las entrevistas, una radiografía actual de uno de los escritores que más ha escrito y pensado, en las últimas décadas, sobre los procesos de la tradición narrativa, partiendo de su base original, no necesariamente ligada a la escrita en español, porque para él ese es el camino: ir hacia atrás para avanzar e iluminar.





Publicado en El Virrey de Lima

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