lunes, octubre 10, 2016

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Día de sol, y espero que el sol mantenga este grado de radiación hasta el sábado, que no se malee y que solo fluya en esta tibieza.
Cerca de las once de la mañana me alisto para ir a la librería, en la que estaré en la tardes hasta este sábado, puesto que Carola y José Luis han salido de vacaciones, a España y Arequipa, respectivamente. Por ello, alisto mis adminículos que usaré en aquellas jornadas que se me antojarán provechosas. Ni bien escojo la Laptop que llevaré, me suministro de las novelas que aprovecharé en leer en lo que serán las benditas horas muertas.
Cuando me dirijo a la librería, con una mochila que pesa más de lo normal, como si estuviera cargando una parte de mi vida en ella, acomodado al lado de una baranda del bus del Metropolitano, recibo la llamada de un tal Jano. Hasta donde sé, y recuerdo, no ubico a ningún Jano, ni como amigo ni conocido, y me quedo en silencio hasta que esta persona me brinde más señas suyas.
Se trataba pues de un autor, próximo a publicar una novela, la segunda en su haber, y que por esas cosas extrañas que solo invade a los propios autores, nadie ha hablado ni celebra su primera novela de corte filosófico. Para él, es inexplicable la incoherencia entre el éxito de esta primera novela en las redes sociales y el mundo real que pasa de largo de ella. Jano es, bajo todo punto de vista, un personaje ribeyriano: papeluchero, feo, desaseado, casposo y grasoso, y en cuestiones literarias sin oficio narrativo. Desde las épocas de Selecta me viene rogando por una reseña, que de hacerla sabrá recompensar mi generosidad. Jano es pues la metáfora del escribidor sin talento, del festivo resentido que habla mal de los más pintados, miembro activo de los que se quejan del ninguneo, pero también intento comprenderlo y le digo que no se desespere, entonces realizo con él una terapia al vuelo, mientras una morena intenta acomodarse a mi lado.
Luego de un intenso minuto de desahuevamiento, Jano entiende por fin. Le hago hincapié en que la verdadera literatura, la que importa, va por otro lado, no solo como ejercicio, también a modo de actitud. El exitoso novelista de Face parece entender lo que le he dicho, mas ese parecer no va más allá de la mera impresión, porque en su emoción me pregunta si puedo presentar su novela en la próxima edición de la feria Ricardo Palma.
No me hice problemas: corté la llamada. 
Este chancho embotellado nunca va a cambiar.

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