martes, noviembre 22, 2016

radiactivo

Este 2016 llega a su fin en materia literaria y al respecto no hay mucho que decir sobre lo que será la mayor publicación del año, la misma que llena un vacío editorial que durante mucho tiempo venía siendo reclamado por los lectores y amantes de la tradición literaria peruana. Nos referimos a los cinco tomos que conforman la Obra Completa (Sur Librería Anticuaria – Real Academia de la Lengua) de César Moro.
No podemos dejar de ser justos, semejante monumento de edición se lo debemos al editor, crítico, traductor y poeta Ricardo Silva-Santisteban, que en calidad de editor ya debe ser considerado el principal hacedor de libros literarios del Perú, fácil de los últimos cuarenta años. Silva-Santisteban cumple con las actuales y futuras generaciones de interesados en la obra de Moro, quienes ahora sí podrán trabajar, estudiar y difundir la obra de este escritor considerado como un autor de culto.
En este sentido, la realidad de esta publicación es también el cierre de un periplo por difundir a Moro, el mismo que se acentuó en las dos últimas décadas. Hablamos de años de interés, en principio silencioso, que pude percibir en los estudiantes de Literatura de San Marcos a mediados de los noventa, que hechizados por la poesía de Moro, como también por su vida, fueron tras toda la información disponible que pudiera encontrarse del escritor. En esos años, tres poetas peruanos se imponían como nuevos satélites, como gurús de una generación que se formaba bajo la sombra del fujimorismo, teniendo como desfogue el nihilismo drogo. Había necesidad pues de irracionalidad y manifestaciones lúdicas ancladas en la cotidianidad. Por ello, no es extraño que hayan sido tres poetas peruanos los que abandonaron su condición de culto hasta convertirse de inmediato en polos culturales, en recurrencia pop. Pensemos en Luis Hernández, Jorge Eduardo Eielson y César Moro, en ese orden. Con Hernández el camino fue más fácil, sin duda, la leyenda sobre su vida ayudó en su difusión; con Eielson el trabajo fue constante, siendo a la fecha uno de los poetas más influyentes en el imaginario poético peruano. ¿Pero qué pasaba con Moro? ¿Por qué su poesía resultaba tan adictiva si solo se conocía una parte de la misma, teniendo en cuenta que también estaba escrita en francés? ¿En verdad quién era ese poeta del que habla Vargas Llosa en El pez en el agua? Había que descubrir más de Moro, cuya leyenda vital había resistido el olvido del tiempo.
La vigencia de Moro es pues un triunfo a la persistencia de esos jóvenes noventeros. Lo sabemos: sin interés, no hay culto, mucho menos difusión. Y ese interés no decayó en los años siguientes, por el contrario, se vio reforzado. Sino, hagamos memoria lo que Moro ha venido significando en los últimos lustros, prácticamente hablamos de un Best Seller poético.
Moro jala.
Moro radiactivo.
Todas las ediciones preparadas por RSS se han agotado en cuestión de meses a cuenta del “hambre” existente sobre la obra escrita de este escritor. Los cinco tomos de esta OC: los tres primeros dedicados a la integridad de su poesía, el cuarto La poesía surrealista y otras traducciones y el quinto tomo Los anteojos de azufre.
La presente edición nos arroja una gratificante impresión, y por ello también desconcertante: Moro fue un escritor productivo que no solo se ciñó al ejercicio de la poesía, también hizo prosa y traducciones, a la par de esto, también se desempeñó como gestor cultural y artista plástico.
Los dos últimos tomos nos brindan una imagen de Moro que tendría que conocerse más. Imagen de una actualidad pop que deberíamos subrayar: la del artista esforzado y comprometido. Esforzado en el trabajo que llevó adelante para dar a conocer la poesía surrealista (y de paso, la suya, no lo vamos a negar, ni menos vamos a pecar de ingenuos), y comprometido en cuanto a su actitud vital, de la que podemos tener indicios en su poesía, pero muy poco en cuanto a postura ética y moral, no al nivel que podíamos esperar, mas sí intuir. No podíamos acceder a este Moro por medio de la poesía, sino en la prosa, el canal de su pensamiento ajeno a la imagen y sensibilidad vistas en su poesía.
En el último tomo, Los anteojos de azufre, es el que más llama mi atención, por tratarse de una faceta de Moro que conocía muy poco. En sus 347 páginas accedemos al Moro cerebral, dueño de un estilo del que brotan también la ironía y el espíritu confrontacional. Moro, pues, como actor incómodo que arremete no solo contra el circuito literario, sino también contra la plástica indigenista que se hacía en el Perú de entonces. Moro embistiendo a una vaca sagrada, el poeta chileno Vicente Huidobro. Un Moro muy distinto, pero a la vez cercano. En la actitud que nos refleja su prosa, hallamos a un artista que no apelaba a la estrategia diplomática, vemos a un hombre en constante alerta. Es que no Moro no fue un creador acomodaticio.

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Publicado en El Virrey de Lima

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