jueves, marzo 10, 2016

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Anoche, o mejor dicho, hace algunas horas, se podía escuchar desde la Plaza San Martín a distintos grupos de personas, gritaban y no sé qué decían, pero igual, imagino que sus gritos obedecían al contexto político actual. Ese contexto que es la metáfora de los niveles más bajos de nuestra idiosincrasia pautada por la informalidad.
No lo pensé mucho y caminé un toque a la plaza. Efectivamente, había varios grupos políticos, cada cual haciéndole barra a sus respectivos intereses. Los morados, los rojos, los barnechéveres y los salientes acuñas. Aunque también deberíamos señalar de salientes a los morados. ¿O tachados sería la palabra?
Imposible no analizar al vuelo esta coyuntura.
Primero, la ley tiene que ser para todos. No importa si tu salida se caracterice por la idiotez, tal y como ha ocurrido con los morados. Llevaban ganando un partido y lo pierden en mesa porque no ha privilegiado la bolsa de minutos de un jugador. Así de huevón e informal resultó Guzmán. No sé de qué tanto reclaman sus seguidores, pero no habrá que confiarse, el chato tiene gente muy influyente a su lado, en cualquier momento podría dar la sorpresa y regresar al bolo electoral como si nada hubiera ocurrido. De todos, modos, sus correligionarios se hacen escuchar. Los más felices son los barnechéveres. Creo que ya lo he dicho, voy a votar por este tío pese a que tengo la impresión de que es un patán, pero nunca me he fijado en las cuestiones personales, al menos, me porto bien, sin confundir las cosas (no siempre van en el mismo plato la propuesta con la cualidad personal), sin llamarme reserva moral como sí lo es la gentita que acompaña a Mendoza, de quien no tengo un buen concepto, y no lo tendré hasta que no muestre una actitud firme y de principios con los presos políticos del gobierno de Maduro, y tampoco lo tendré porque ella ha sido una de las firmantes que aprobó la incursión de Petroperú en la amazonia peruana, incursión que nos ha traído el desastre del que ahora somos testigos.
Más de una vez lo he dicho: si la izquierda en el Perú fuera una izquierda normal y de valores consecuentes, yo no tendría el más mínimo reparo en declararme de izquierda, al punto que sería un bravo de verdad, y no como esos payasos faites zurdos que veo en las redes sociales, para quienes la revolución termina en el cruce de Javier Prado con Petit Thouars, que a la misma mínima muestra de solidaridad con el más necesitado no pueden ocultar su racismo, abanderados de la decencia que maltratan a sus subalternos… No pues, señores, de esa izquierda peruana, no soy, así es que paso en una, y me ubico en el centro, no pendiente de las cosas que haga mi candidato, sino sumándome a los miles de peruanos que ahora más que antes vienen cuidando de la democracia, impidiendo que el cáncer naranja carcoma más las cabecitas de los nuevos peruanos, esos chibolos que no vivieron la dictadura y que en abril votarán por primera vez, esas almas tiernas ahuevadas por el legado cultural del fujimorismo, ajá, eso: la yuca.
Prendo un Pall Mall rojo y se me acercan dos moraditas. Las moraditas, simpáticas, exhiben la fuerza de sus años juveniles, sus cuerpos, en especial sus culos gimnásticos, son devorados por un grupo de Acuña Kids que tienen la misma rúbrica de su Petipán: la mirada lasciva. Las moraditas me preguntan si puedo firmar una carta de apoyo que presentarán en la OEA. ¿Cómo?, pregunto. A la OEA, me dice la más alta.
Les doy las gracias por haberse acercado, pero no, señoritas, no creo en el morado, menos en la cartas. Antes de retirarme, les advierto de los Acuña Kids, sugiriéndoles que caminen de costado.
Sigo caminando hacia la Colmena, en donde tomaré mi taxi. Pero antes de cruzar la pista, me pasan la voz un par de huevones, ambos con sus inconfundibles polos de PPK.
Hey, bró, ¿tienes para compartir? ¿Un tiro?
Dudo en responder, pero respondo: no, mano, ya no me queda nada. 
Los PPK se quitan y yo sigo mi sendero, pensando en lo maravilloso que es este país.

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