lunes, junio 13, 2016

"canciones desentonadas y alegres aterrizajes para evitar el suicidio"

Para ningún lector de poesía peruana existe discusión alguna sobre el peso de la tradición poética peruana. No es para menos, no solo hablamos de sus grandes nombres, sino que si incursionamos en sus distintos niveles, constataremos que su fuerza no solo depende de sus medulares voces canónicas. Obviamente, una realidad como esta no solo asegura el compromiso de sus lectores, también nos presenta un escenario por demás motivador o aplastante para los poetas que se alimentan de ella.
Bajo distintas miradas, una realidad queda clara: la tradición poética peruana dista de ser una más en el imaginario de la poesía escrita en español y no sería una locura catalogarla como la más fuerte en la parcela poética en español del Siglo XX. Pues bien, una breve cartografía a nuestra poesía, nos brinda generaciones (hasta que no tengamos otra vía de denominación, nos seguiremos ajustando a lo que entendemos por “generación”, basándonos en los principios impuestos por Ortega y Gasset, así más de un posero con pocas lecturas proteste) de poetas que, aparte de mostrar poéticas interesantes y con senderos discursivos personales, ofrecían en conjunto más de un lazo en común, lazos nutridos del contexto político e ideológico de la época que les tocó vivir.
Si hablamos de una década signada por el aura de la vida y el compromiso por la poesía, haríamos bien en detenernos y pensar en lo que hicieron los poetas enmarcados en la llamada Generación del 70. Al respecto, no poco se ha dicho de los poetas que la conformaron. En esos años nació el Movimiento Hora Zero y también aparecieron poetas con propuestas que podríamos calificar de insulares, ajenas a la manifestación en conjunto. Una década rica no solo en número de voces, puesto que somos testigos de la reciprocidad entre el número y la calidad de lo que publicaban. Para tenerlo en cuenta: los años setenta son “Los años maravillosos de la poesía peruana”.
Es cierto que hablamos de una generación de poetas a los que más de un lector conoce gracias a los condimentos de la leyenda, pero si dejamos de lado la leyenda, el discurso paralelo a la poesía, hablamos de una década que tuvo de todo en propuestas poéticas. Por esta razón, habría que prestar más atención a lo que se escribió en esos años, siendo una tarea pendiente para los celadores de la literatura peruana, que últimamente, y no sé a cuento de qué, vienen enfocándose más en lo que se hizo en poesía en la década siguiente, bajo motivaciones indudablemente extrañas que nos muestran una realidad a combatir: un ninguneo planificado de la poesía escrita durante la década del setenta. Uno de los hitos de los “Wonder Years” fue la publicación de la antología Estos 13  de José Miguel Oviedo. Esta fue una antología polémica en su momento y que con los años se ha convertido en un documento de insoslayable valor histórico no solo para los conocedores, sino también para todo aquel lector diletante de poesía peruana. Lo dicho no es poca cosa, hablamos de una antología que contiene la epifanía de la poesía peruana de los últimos cuarenta años. No hay poeta peruano que en sus inicios en la práctica poética no haya tenido como biblia a esta antología.
En E13 encontramos algunas voces que con el tiempo han ido adquiriendo resonancia, que han ido ganando gusto e identificación con el lector, algo que, dicho sea, no todos los poetas están llamados a conseguir. Pues bien, uno de los poetas a los que más se recuerda de la antología de Oviedo es Óscar Málaga. Líneas arriba señalamos el factor determinante del contexto en la construcción de la poética. Si bien es cierto que la poesía se nutrió de ese contexto de hartazgo y protesta acorde a esos años de represión y cruces ideológicos, Málaga supo conservar una mirada que no se teñía con el afán de la indignación colectiva, sino que la canalizó hacia una celebración de la vida pautada por la experiencia vital en su más amplio sentido hedonista del término.
Uno lee sus poemas de esos años y lo que encuentra es a un poeta al que le interesaba vivir para el exceso y el sexo. Los años transcurrieron y Málaga publicó poemarios y libros de narrativa muy bien saludados por la crítica y reconocidos por los lectores. En paralelo a su obra en construcción, los lectores atentos de poesía peruana hablaban y escribían (sin ahondar lo suficiente a cuenta de la escasa información que había sobre él) sobre un perdido poemario de Málaga, el cual había ganado el concurso de una organización cultural y que nunca se publicó a causa de la desaparición del texto escrito a máquina. Bajo este suceso nefasto, no se supo nada de este poemario entrampado entre las décadas del sesenta y setenta.
Por ello, debemos celebrar el rescate que llevaron a cabo los poetas y atentos lectores de poesía peruana Renzo Porcile y José Carlos Yrigoyen, puesto que gracias a su pujanza tenemos hoy en día Canciones desentonadas y alegres aterrizajes para evitar el suicidio (Apollo Studio, 2016), y vale dejar que por escrito que la edición le hace justicia a estos poemas que nos entregan a un Málaga en estado salvaje por la vida.
Así es, si una sensación reflejan estos poemas de la presente publicación es una apuesta por una sensibilidad escanciada de excesos que habla por medio de un yo poético con conocimiento de causa, es decir, una transmisión asociada a la verdad que debe proyectar todo poema. Pues bien, centrándonos en la esencia de poemas como “En torno de andar con Bob Dylan”, “Canción a nuestro amor”, “Dos poemas saturados a el viejo Hyeronymos de Hertengenbosch”, “Acerca de una forma de amar extrañamente tranquila y que me quema”, “Poema en Barranco”, “Poema para Jack Kerouac”, “Cuarta canción a Saravanda”, “Historia de Nora en la ciudad Naranja” y demás,  podemos aseverar que nos enfrentamos al manifiesto y compromiso vitales de Málaga con una actitud poética ligada a la intensidad, esa intensidad que se impone a la forma, en este caso plástica a razón de que hablamos de los poemas iniciáticos de un entonces joven Málaga. Ni hablar de los poemas que conforman la sección Anexos (un par de joyitas: “Caminando por El Pompidou” e “Himno a Lima”). Felizmente, los verdaderos lectores de poesía peruana no tenemos otro camino: el agradecimiento por este (inmerecido) flujo de intensidad. 
Señores, este es un LIBRAZO.

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